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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Saluda a Sven de mi parte —dijo el hombre, mientras ella abría la cancela y Bluey bajaba la cuesta dando saltos para recibirla.

—Lo haré.

—Es un buen hombre.

—Tú también. Tienes que buscarte a otra, Fred. Ya ha pasado mucho tiempo.

Él abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero volvió a cerrarla.

—Que tengas una buena noche —dijo finalmente. Luego inclinó la frente, como si aún llevara puesto el sombrero, giró el volante y volvió a la carretera.

7

A finales del siglo XIX y principios del XX, los agentes de las empresas que buscaban terrenos recorrían las montañas [de Kentucky] comprando derechos de explotación minera a los residentes, a veces por solo 50 céntimos el acre […]. Las extensas escrituras a menudo transferían los derechos de «verter, depositar y abandonar en dichos terrenos cualquier tipo de escombros, huesos, esquisto, agua u otros residuos», de usar y contaminar las corrientes de agua de cualquier forma y de hacer todo aquello que fuera «necesario y conveniente» para extraer los minerales del subsuelo.

CHAD MONTRIE,

«The Environment and Environmental

Activism in Appalachia»

El príncipe le dijo que era la muchacha más bella que había visto jamás y luego le pidió que se casara con él. Y fueron felices y comieron perdices —leyó Mae Horner, antes de cerrar de golpe el libro, satisfecha.

—Lo has hecho muy bien, Mae.

—Ayer lo leí cuatro veces, después de recoger la leña.

—Se nota. Desde luego, lees igual de bien que cualquier otra chica del condado. —Es muy lista. —Alice levantó la vista y vio a Jim Horner en la puerta—. Como su madre. Su madre aprendió a leer a los tres años. Se crio en una casa llena de libros, cerca de Paintsville.

—Yo también sé leer —señaló Millie, que estaba sentada a los pies de Alice.

—Lo sé, Millie —dijo la joven—. Y también lees muy bien. Sinceramente, señor Horner, creo que nunca había conocido a dos niñas tan aplicadas como las suyas.

El hombre disimuló una sonrisa.

—Cuéntale lo que has hecho, Mae —la animó el hombre. La niña lo miró como pidiendo su consentimiento—. Vamos.

—He hecho un pastel.

—¿Un pastel? ¿Tú sola?

—Con una receta. De la revista Country Home que nos dejó. Un pastel de melocotón. Le ofrecería un trozo, pero nos lo hemos comido todo.

Millie se rio.

—Papá se comió tres pedazos.

—Yo estaba de caza en North Ridge y ella encendió el viejo fogón y todo. Cuando entré por la puerta, olía… —El hombre levantó la nariz y cerró los ojos, recordando el aroma. Su rostro perdió por un instante su dureza habitual—. Entré y ahí estaba ella, con el pastel sobre la mesa. Había seguido las instrucciones al dedillo.

—Aunque se me quemaron un poquito los bordes.

—Bueno, a tu madre siempre le pasaba lo mismo.

Los tres guardaron silencio un instante.

—Un pastel de melocotón —dijo Alice—. No sé si seremos capaces de seguirle el ritmo a la joven Mae. ¿Qué puedo dejaros esta semana, niñas?

—¿Ha llegado ya Azabache?

—¡Sí! Y he recordado que lo queríais, así que lo he traído. ¿Qué os parece? Eso sí, en este las palabras son un poco más largas, así que puede que os resulte un poco más difícil. Y tiene partes tristes. —A Jim Horner le cambió la cara—. Me refiero a los caballos. Hay partes tristes para los caballos. Los caballos hablan. No es fácil de explicar.

—A lo mejor puedo leértelo, papá.

—Mis ojos no están muy allá —explicó el hombre—. Ya no enfoco como antes. Pero vamos tirando.

—Ya veo —comentó Alice, sentada en el medio de aquella cabañita que antes tanto miedo le daba. Aunque Mae solo tenía once años, parecía haberse hecho cargo de ella, de barrerla y organizarla, así que lo que en su día había sido lúgubre y oscuro, era ahora claramente hogareño. Incluso había un cuenco con manzanas en medio de la mesa y una colcha sobre la silla. Alice recogió los libros y confirmó que todos estaban satisfechos con lo que les había llevado. Millie se abrazó a su cuello con fuerza. Hacía tiempo que nadie la abrazaba y aquello le hizo tener sentimientos extraños y encontrados.

—Pasarán siete días enteros hasta que la volvamos a ver —anunció la niña con solemnidad. El pelo le olía a madera quemada y a algo dulce que solo existía en el bosque. Alice inhaló el olor.

—Tienes toda la razón. Y estoy deseando ver cuánto habrás leído hasta entonces.

—¡Millie! ¡Este también tiene dibujos! —exclamó Mae, desde el suelo. Millie soltó a Alice y se agachó al lado de su hermana. Alice las observó unos instantes, antes de ir hacia la puerta y ponerse el abrigo, una chaqueta de tweed que en su día había estado de moda y que ahora estaba llena de musgo, polvo e hilos sueltos y mugrientos que se habían enganchado en arbustos y ramas. Esos días hacía bastante más frío en la montaña, como si el invierno estuviera asentando sus cimientos.

—¿Señorita Alice?

—¿Sí?

Las niñas estaban inclinadas sobre Azabache y Millie recorría con el dedo las palabras, mientras su hermana leía en voz alta.

Jim miró hacia atrás, como para cerciorarse de que estaban concentradas en otra cosa.

—Quería pedirle disculpas. —Alice, que se estaba poniendo la bufanda, se quedó parada—. Tras la muerte de mi mujer, hubo un tiempo en que no era yo mismo. Me sentía como si el cielo se me cayera encima, ¿sabe? Y no fui muy… «hospitalario», la primera vez que vino. Pero en estos últimos dos meses, he visto a las niñas dejar de llorar por su madre, ilusionarse por algo cada semana, y ha sido… Bueno, solo quería decirle que se lo agradezco mucho.

Alice entrelazó las manos delante de ella.

—Señor Horner, puedo decirle sinceramente que me hace tanta ilusión ver a sus hijas como a ellas mis visitas.

—Es bueno para ellas ver a una dama. Hasta que mi Betsy se fue, no me daba cuenta de lo que una cría extraña el lado… más femenino de las cosas. —El hombre se rascó la cabeza—. Hablan sobre usted, ¿sabe? Sobre su forma de hablar y todo eso. Mae dice que quiere ser bibliotecaria.

—¿Sí?

—Me he dado cuenta de que no puedo retenerlas a mi lado para siempre. Quiero algo más que esto para ellas, ¿sabe? Las dos son tan listas. —El hombre guardó silencio un instante, antes de continuar—. Señorita Alice, ¿qué opina de esa escuela? La de la dama alemana.

—¿La señora Beidecker? Señor Horner, creo que sus hijas la adorarían.

—Ella… ¿No usará la vara con los niños? Se oyen algunas cosas… A Betsy le pegaban muchísimo en la escuela, por eso nunca quiso que las niñas fueran.

—Sería un placer presentársela, señor Horner. Es una mujer amable y, al parecer, los estudiantes la adoran. Me resulta imposible imaginarla poniéndole la mano encima a ningún niño.

El hombre lo sopesó.

—Es duro tener que ocuparse de todo esto —dijo el hombre, mirando hacia las montañas—. Creí que solo tendría que hacer el trabajo de un hombre. Mi propio padre se limitaba a traer comida a casa, y luego se tiraba a la bartola mientras mi madre hacía el resto. Y ahora, tengo que ser madre además de padre. Y tomar este tipo de decisiones.

—Mire a esas niñas, señor Horner. —Ambos miraron hacia donde estaban las niñas, tumbadas boca abajo, fascinadas por algo que acababan de leer. Alice sonrió—. Creo que lo está haciendo bien.

Finn Mayburg, Upper Pinch Me - un número de la revista The Furrow, de mayo de 1937

Dos números de la revista Weird Tales, de diciembre de 1936 y febrero de 1937

Ellen Prince - Eagles Top (última cabaña) - Mujercitas, de Louisa May Alcott

De la granja a la mesa, de Edna Roden

Nancy y Phyllis Stone, Arnott’s Ridge - Mack Maguire y la muchacha india, de Amherst Archer

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