Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
La caída de Mack Maguire, de Amherst Archer (nota: ya han leído todas las ediciones disponibles, preguntan si podemos averiguar si hay más)
Margery le echó un vistazo al registro, donde la elegante caligrafía de Sophia transcribía con claridad la fecha y las rutas en la parte superior de cada página. Al lado de aquel había un montón de libros recién reparados, con los ribetes cosidos y las ajadas cubiertas remendadas con páginas de libros que no tenían salvación. Junto a todo eso había un nuevo álbum de recortes —La gaceta de Baileyville—, que comprendía cuatro páginas de recetas de números estropeados de la revista Woman’s Home Companion, un relato corto titulado «Lo que ella no quiso decir» y un largo artículo sobre la recogida de helechos. La biblioteca estaba ahora inmaculada y tenían un sistema de etiquetado que consistía en marcar el lomo de cada uno de los libros de las estanterías, para que les resultara fácil encontrar su sitio. Además, los libros estaban meticulosamente ordenados por categorías.
Sophia solía llegar sobre las cinco de la tarde y, normalmente, ya había trabajado un par de horas cuando las chicas volvían de sus rutas. Los días eran cada vez más cortos, así que tenían que volver antes porque se hacía de noche. A veces, simplemente se sentaban y charlaban entre ellas mientras descargaban las bolsas y compartían lo que habían hecho durante el día, antes de irse a sus casas. Fred había estado instalando una estufa de leña en un rincón en su tiempo libre, aunque todavía no estaba lista: el hueco que había alrededor del tubo de la salida de humos aún estaba lleno de trapos, para evitar que entrara la lluvia. A pesar de ello, todas las mujeres parecían encontrar razones para quedarse cada día un poco más y Margery sospechaba que, una vez que la estufa funcionara, tendría problemas para persuadirlas de que se fueran a casa.
La señora Brady se había quedado un tanto asombrada cuando Margery le había explicado la identidad de la última incorporación al equipo, pero, tras haber visto lo cambiado que estaba el pequeño edificio, se limitó —lo cual dijo mucho a su favor— a apretar los labios y a llevarse los dedos a las sienes.
—¿Se ha quejado alguien?
—Nadie la ha visto, así que no han podido quejarse. Entra por la puerta de atrás, por la casa del señor Guisler, y hace lo mismo para irse a casa.
La señora Brady meditó sobre ello unos instantes.
—¿Sabe lo que dice la señora Nofcier? Conoce a la señora Nofcier, por supuesto. —Margery sonrió. Todos conocían a la señora Nofcier. La señora Brady metería con calzador su nombre en una conversación sobre linimento para caballos, de darse el caso—. Pues bien, hace poco tuve la suerte de asistir a una charla para profesores y padres que la buena mujer dio, en la que dijo… Un momento, lo tengo apuntado: «Todo el mundo debería tener acceso a una biblioteca, tanto la población rural como la urbana, tanto la gente de color como la blanca». Eso es. «Tanto la gente de color como la blanca». Eso fue lo que ella dijo. Creo que deberíamos ser tan conscientes de la importancia del progreso y la igualdad como lo es la señora Nofcier. Así que, por mi parte, no tengo ningún reparo en que contrate a una mujer de color —comentó la señora Brady, antes de frotar una marca del escritorio y mirarse el dedo—. Aunque a lo mejor… no deberíamos hacerlo público todavía. No hay necesidad de crear controversia, dado que nuestra colaboración es aún muy reciente. Estoy segura de que me comprende.
—Opino exactamente lo mismo, señora Brady —dijo Margery—. No me gustaría causarle problemas a Sophia.
—Hace un gran trabajo. Eso lo reconozco —comentó la señora Brady, mirando a su alrededor. Sophia había hecho un bordado que estaba colgado en la pared, al lado de la puerta, en el que se leía: «Procurar conocimientos es expandir nuestro propio universo», y la señora Brady le dio unos golpecitos, con aire de satisfacción—. He de decir, señorita O’Hare, que estoy orgullosísima de lo que han logrado en solo unos cuantos meses. Ha superado todas nuestras expectativas. Le he escrito a la señora Nofcier para contárselo en diversas ocasiones y estoy segura de que, en algún momento, le trasladará dichas opiniones a la mismísima señora Roosevelt. Es una auténtica lástima que no toda la gente de nuestro pueblo opine lo mismo. —La mujer apartó la vista, como si hubiera decidido no añadir más a ese respecto—. Pero, como le he dicho, creo que esta es una biblioteca itinerante modélica. Y deberían estar orgullosas de ustedes mismas.
Margery asintió. Probablemente, era mejor no hablarle a la señora Brady de la iniciativa extraoficial de la biblioteca: cada día ella se sentaba a su escritorio, desde que llegaba por la noche hasta el amanecer, y escribía, siguiendo una plantilla, media docena más de las cartas que estaba distribuyendo entre los habitantes de North Ridge.
Estimado vecino:
Ha llegado a nuestros oídos que los dueños de Hoffman pretenden crear nuevas minas en su vecindario. Ello implicaría la eliminación de cientos de hectáreas de bosque, la voladura de nuevas canteras y, en muchos casos, la pérdida de hogares y sustentos. Le escribo en confianza, dado que por todos es sabido que en las minas contratan a individuos arteros y hostiles en aras de salirse con la suya, pero en mi opinión es ilegal e inmoral que hagan lo que pretenden, algo que no traería más que miseria abyecta y pobreza.
Para tal fin, según los libros de legislación que hemos consultado, parece que existe un precedente para detener tal violación indiscriminada de nuestro paisaje y proteger nuestros hogares, y le animo a leer el texto adjunto o, si dispone de los medios, a consultar al representante legal del juzgado de Baileyville, con el fin de poner los obstáculos necesarios para evitar su destrucción. Entretanto, le recomendaría que se abstuviera de firmar cualquier ESCRITURA DE DERECHO DE EXPLOTACIÓN DE MINERALES, ya que, a pesar del dinero y las garantías ofrecidos, otorgará el derecho a los dueños de las minas a excavar bajo su propia casa.
Si necesita ayuda en relación con dichos documentos, las bibliotecarias itinerantes se la prestarán de buen grado y, por supuesto, con discreción.
Confidencialmente,
Un amigo
Al acabar, Margery dobló las cartas con cuidado y guardó una en cada alforja, salvo en la de Alice. Ya entregaría ella misma la que sobraba. No tenía sentido complicarle más aún las cosas a la muchacha.
El niño por fin había dejado de llorar y su voz sonaba como una serie de gemidos contenidos a duras penas, como si se hubiera recordado a sí mismo que estaba entre hombres hechos y derechos. Tenía la ropa y la piel igualmente negros a causa del carbón que casi lo había sepultado; solo el blanco de sus ojos era visible y lo traicionaba, revelando su conmoción y su dolor. Sven observó cómo los camilleros lo levantaban con cuidado. La escasa distancia que había hasta el techo dificultaba su trabajo y, encorvados, empezaron a arrastrarse hacia fuera, gritándose instrucciones por el camino los unos a los otros. Sven se recostó contra la áspera pared para dejarlos pasar y luego alumbró a los mineros que estaban apuntalando la zona donde el techo se había desplomado, maldiciendo mientras se esforzaban por colocar los pesados maderos en su sitio.
Era carbón de veta baja, las galerías de las minas eran tan reducidas en algunos puntos que los hombres apenas podían ponerse de rodillas. Era el peor tipo de minería. Sven tenía amigos que se habían quedado tullidos a los treinta años, o que necesitaban bastones simplemente para sostenerse en pie. Odiaba aquellas madrigueras de conejos, donde la mente te jugaba malas pasadas en la semioscuridad y te hacía creer que la negrura que se cernía sobre ti estaba cada vez más cerca. Había visto demasiados derrumbamientos de techo repentinos, en los que solo quedaban a la vista un par de botas indicando dónde podía estar el cuerpo.