Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Buenas noches, señoras. —La puerta se cerró con suavidad detrás de Fred Guisler. Llevaba puesta una camisa azul perfectamente planchada y unos pantalones de traje, y se había quitado el sombrero para saludarlas. Alice se quedó un poco sorprendida al verlo sin su habitual camisa de cuadros y su mono—. He visto la luz encendida, pero he de decir que no esperaba encontrarlas aquí esta noche. Por el espectáculo que hay en el pueblo, me refiero.
—La verdad es que no soy admiradora suya —dijo Alice, cerrando el cuaderno de escribir.
—¿No podría convencerla? Aunque no le gusten las habilidades de los vaqueros, Tex Lafayette tiene un buen chorro de voz. Y hace una noche preciosa. Demasiado bonita como para quedarse aquí.
—Es muy amable, pero estoy bien aquí. Gracias, señor Guisler.
Alice, que esperaba que le dijera lo mismo a Sophia, se dio cuenta, un tanto asqueada, de lo que, por supuesto, era obvio para todos salvo para ella, de por qué las demás tampoco le habían insistido para que las acompañara. Una plaza llena de muchachos blancos borrachos y pendencieros no era un lugar seguro para Sophia. De pronto, Alice se percató de que tampoco tenía muy claro qué lugar podía ser seguro para Sophia.
—Bueno, voy a dar un paseíto para echar un vistazo. Pero después me pasaré por aquí y la llevaré a casa, señorita Sophia. Hay bastante licor pululando por esa plaza esta noche y no estoy seguro de que vaya a ser un lugar agradable para una dama pasadas las nueve.
—Gracias, señor Guisler —dijo Sophia—. Se lo agradezco.
—Debería usted ir —le dijo Sophia, sin levantar la vista de su labor, mientras las pisadas de Fred se desvanecían en la calle oscura.
Alice removió unas cuantas hojas de papel sueltas.
—Es complicado.
—La vida es complicada. Por eso divertirse un poco cuando se puede es importante. —La mujer miró con el ceño fruncido una de las puntadas, antes de deshacerla—. Es difícil ser diferente a todos los demás de por aquí. Eso lo entiendo. De verdad. En Louisville, yo llevaba una vida muy distinta —comentó Sophia, y exhaló un suspiro—. Pero esas muchachas se preocupan por usted. Son sus amigas. Y aislarse de ellas no le va a facilitar las cosas.
Alice observó cómo una polilla revoloteaba alrededor de la lámpara de aceite. Al cabo de un rato, incapaz de soportarlo más, la cogió con cuidado entre las manos, cruzó la puerta entreabierta y la soltó.
—Se quedaría aquí sola.
—Ya soy mayorcita. Y el señor Guisler vendrá a recogerme.
Alice oyó cómo la música empezaba a sonar en la plaza y el rugido de satisfacción que anunciaba que el Vaquero Cantor había subido al escenario. La joven miró por la ventana.
—¿De verdad cree que debería ir?
Sophia dejó a un lado su labor.
—Por Dios, Alice, ¿necesita que escriba una canción sobre ello? ¡Eh! —le gritó la mujer, mientras Alice iba hacia la puerta delantera—. Deje que le arregle el pelo antes de salir. Las apariencias son importantes.
Alice se apresuró a volver y cogió el espejito. Se frotó la cara con el pañuelo, mientras Sophia le pasaba un cepillo por el pelo, se lo sujetaba con horquillas y chasqueaba la lengua mientras trabajaba con dedos ágiles. Cuando Sophia acabó, Alice buscó el carmín en el bolso y se pintó los labios de color coral, haciendo un mohín antes de frotarlos entre sí. Satisfecha, bajó la vista y se sacudió la camisa y los pantalones de montar.
—Mi indumentaria no tiene mucho remedio.
—Pero la mitad superior es hermosa como un sol. Y eso es lo que verá la gente.
Alice sonrió.
—Gracias, Sophia.
—Vuelva para contármelo todo. —La mujer regresó a su mesa y empezó de nuevo a dar golpecitos con el pie, ya medio perdida en la música distante.
Alice iba a mitad de camino, cuando aquel animalillo apareció. Cruzó furtivamente la sombría carretera y la mente de la muchacha, que ya estaba medio kilómetro por delante, en la plaza, tardó un rato en darse cuenta de que había algo delante de ella. Alice aminoró la marcha. ¡Era una ardilla de tierra! Se sentía rara, como si de tanto hablar de cerdos asesinados una niebla de tristeza se hubiera cernido sobre ella esa semana y se hubiera sumado a su ligera depresión. Para vivir en plena naturaleza, los habitantes de Baileyville no la respetaban en absoluto. Alice se detuvo, esperando a que la ardilla cruzara por delante de ella. Era muy grande, con una cola enorme y gruesa. En aquel momento, la luna se asomó por detrás de una nube y Alice cayó en la cuenta de que, al final, no era una ardilla, sino algo más oscuro y grande, con rayas blancas y negras. Observó al animal con el ceño fruncido, perpleja, y entonces, justo cuando la joven iba a dar un paso hacia delante, el bicho le dio la espalda, levantó la cola y la roció con un líquido. En un segundo, aquella sensación fue sustituida por el hedor más asqueroso que jamás había olido. Alice se quedó sin aliento y sintió náuseas, e intentó cubrirse la boca con la mano, resoplando. Pero no había escapatoria: tenía las manos, la camisa y el pelo llenos de aquel líquido. El bicho se alejó tranquilamente en medio de la noche, dejando a Alice sacudiéndose la ropa, como si agitando las manos y gritando pudiera hacer que aquello desapareciera.
El piso de arriba del Nice ’N’ Quick estaba lleno de personas apiñadas contra la ventana repartidas en tres hileras, algunas gritando de emoción al ver al vaquero vestido de blanco que estaba abajo. Margery y Sven eran los únicos que seguían sentados en un reservado, uno al lado del otro, como les gustaba. Entre ellos estaban los restos de dos tés helados. Dos semanas antes, un fotógrafo local había pasado por allí y había persuadido a las bibliotecarias, que estaban en sus caballos delante del cartel de la Biblioteca Itinerante de la WPA, y las cuatro, Izzy, Margery, Alice y Beth, habían posado, una al lado de la otra, sobre sus monturas. Una copia de esa fotografía, con las cuatro mirando a la cámara, ocupaba ahora un lugar de honor en la pared de la cafetería, decorada por una hilera de banderines, y Margery no podía dejar de mirarla. No recordaba haber estado tan orgullosa de algo en toda su vida.
—Mi hermano está pensando en comprarse algunos de los terrenos de North Ridge. Bore McCallister dice que le hará un buen precio. Tal vez debería ir a medias con él. No puedo trabajar en las minas para siempre.
Margery volvió a centrarse en Sven.
—¿De cuánto terreno estás hablando?
—De unas ciento sesenta hectáreas. Hay mucha caza.
—Así que no te has enterado.
—¿De qué?
Margery extendió el brazo para sacar la plantilla de las cartas del bolso. Sven la abrió con cuidado y la leyó, antes de volver a dejarla en la mesa, delante de ella.
—¿Dónde has oído esto?
—¿Sabes algo al respecto?
—No. Dondequiera que vamos, ahora mismo solo se habla de acabar con la influencia del Sindicato de Mineros de Estados Unidos.
—He descubierto que ambas cosas van de la mano. Daniel McGraw, Ed Siddly, los hermanos Bray, todos esos sindicalistas viven en North Ridge. Si la nueva mina echa a esos hombres y a sus familias de sus hogares, será mucho más difícil para ellos organizarse. No querrán acabar como en Harlan, con una maldita guerra entre los mineros y sus patrones.
Sven se recostó en el asiento. Resopló y analizó la cara de Margery.
—Supongo que la carta es tuya —dijo Sven. Ella le sonrió con dulzura. El hombre se pasó la palma de la mano por la frente—. Por Dios, Marge. Ya sabes cómo son esos matones. ¿Es que llevas los problemas en la sangre? No, no me contestes a eso.
—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras destrozan estas montañas, Sven. ¿Sabes qué hicieron en Great White Gap?
—Sí, lo sé.
—Volaron el valle entero, contaminaron el agua y desaparecieron de la noche a la mañana cuando se agotó el carbón. Todas esas familias se quedaron sin trabajo y sin casa. No permitiré que hagan lo mismo aquí.