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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Sven cogió la carta y volvió a leerla.

—¿Alguien más lo sabe?

—Hay dos familias que ya han acudido al consultorio jurídico. He encontrado libros de Derecho en los que pone que los propietarios de las minas no pueden volar los terrenos si las familias no han firmado esos contratos genéricos que ceden todos los derechos a las minas. Casey Campbell ayudó a su padre a leer todo el papeleo. —Suspiró satisfecha y dio un golpe en la mesa con el dedo—. No hay nada más peligroso que una mujer armada con algunos conocimientos. Aunque tenga doce años.

—Si alguien en Hoffman descubre que eres tú, habrá problemas. —Ella se encogió de hombros y le dio un trago a su bebida—. En serio. Ten cuidado, Marge. No quiero que te suceda nada. Van Cleve tiene a hombres en nómina detrás de esta lucha sindical. Hombres de fuera del pueblo. Ya has visto lo que ha ocurrido en Harlan. No podría… No podría soportar que te pasara algo.

Margery levantó la vista hacia él.

—No irás a ponerte sentimental conmigo, ¿verdad, Gustavsson?

—Lo digo en serio. —El hombre se volvió hasta que su cara estuvo a solo unos centímetros de la de ella—. Te quiero, Marge.

Ella estuvo a punto de hacer una broma, pero captó algo poco familiar en la cara de Sven, cierta seriedad y vulnerabilidad, y las palabras se apagaron en sus labios. Los ojos de Sven buscaron los de ella y sus dedos envolvieron los de Margery, como si su mano pudiera decir lo que él no podía. Margery lo miró a los ojos hasta que se oyó un clamor en la cafetería y, entonces, apartó la vista. Allá abajo, Tex Lafayette empezó a cantar Yo nací en el valle, entre gritos de emoción.

—Madre mía, esas muchachas se van a volver locas —murmuró Margery.

—Creo que lo que has querido decir es: «Yo también te quiero» —contestó Sven, al cabo de un instante.

—Esos cartuchos de dinamita deben de haberte hecho algo en los oídos. Estoy segura de habértelo dicho hace siglos —replicó Margery y, negando con la cabeza, Sven la atrajo de nuevo hacia él y la besó hasta que ella dejó de sonreír.

Mientras intentaba abrirse camino a través de la plaza atestada del pueblo, Alice pensó que daba igual dónde hubiera quedado con sus amigas: aquello estaba tan oscuro y lleno de gente que las posibilidades de encontrarlas eran escasas. El aire olía a la cordita de los petardos, a humo de tabaco, a cerveza y al azúcar quemado del algodón de los puestos que habían montado para esa noche, aunque ella apenas podía distinguir ninguno de esos olores. Allá donde iba, la gente aguantaba la respiración ruidosamente, retrocedía frunciendo el ceño y se tapaba la nariz.

—¡Señora, la ha rociado una mofeta! —le gritó un muchacho pecoso, cuando pasó a su lado.

—No me digas —le espetó ella, malhumorada.

—Santo Dios —exclamaron dos chicas, mientras se apartaban y hacían un mohín mirando a Alice—. ¿Esa es la esposa inglesa de Van Cleve?

Alice notaba que las personas se apartaban como olas a su alrededor, a medida que se iba acercando al escenario.

Al cabo de unos instantes, lo vio. Bennett estaba de pie, cerca de la esquina del bar provisional, sonriendo y con una cerveza Hudepohl en la mano. Ella se quedó mirándolo, observando su sonrisa distendida y sus hombros sueltos y relajados bajo su camisa azul buena. Alice se fijó, distraídamente, en que parecía estar mucho más a gusto cuando no estaba con ella. La sorpresa que le causó que él no estuviera en realidad trabajando se vio reemplazada por una especie de melancolía, por el recuerdo del hombre del que se había enamorado. Mientras lo observaba, preguntándose si debería acercarse para hablarle de su desastrosa noche, una muchacha que estaba justo a la izquierda de Bennett se volvió y levantó una botella de refresco de cola. Era Peggy Foreman. La joven se acercó a él y le dijo algo que le hizo reír. El hombre asintió, todavía con la mirada puesta en Tex Lafayette. Luego miró a la chica y en su cara se dibujó una sonrisa bobalicona. A Alice le entraron ganas de ir corriendo hacia él y quitar de en medio a esa muchacha. De ocupar su lugar en los brazos de su marido, de que él le sonriera con dulzura, como hacía antes de que se casaran. Pero mientras seguía allí parada, la gente se alejaba de ella riéndose o murmurando: «Una mofeta». Los ojos se le llenaron de lágrimas y, cabizbaja, empezó a abrirse camino de nuevo para retroceder entre la multitud.

—¡Eh!

Alice apretó la mandíbula mientras caminaba entre los cuerpos que se empujaban entre sí, ignorando las burlas y las risas que parecían aumentar a su alrededor, mientras la música se desvanecía a lo lejos. Agradeció que la oscuridad impidiera que vieran quién era, mientras se secaba las lágrimas.

—Dios santo. ¿Habéis olido eso?

—¡Eh! ¡Alice!

Giró la cabeza y vio a Fred Guisler, que se abría camino entre la multitud para llegar hasta ella, con un brazo extendido.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó el hombre, que tardó un par de segundos en reparar en el olor. Ella vio la sorpresa dibujada en su rostro, como un «puaj» silencioso, y, casi de inmediato, su resuelto intento de ocultarlo. Fred le rodeó los hombros con un brazo y la guio con decisión entre la multitud—. Venga. Volvamos a la biblioteca. ¿Queréis moveros? Tenemos que pasar.

Les llevó diez minutos volver andando por la oscura carretera. En cuanto dejaron atrás el centro del pueblo, lejos de la multitud, Alice abandonó el cobijo de su brazo y se alejó hacia un extremo de la calzada.

—Es muy amable. Pero no es necesario.

—No pasa nada. En realidad, casi no tengo sentido del olfato. El primer caballo que domé me dio una coz en la nariz con una de las patas traseras y, desde entonces, no he vuelto a ser el mismo.

Alice sabía que estaba mintiendo, pero le dedicó una sonrisa taciturna por su amabilidad.

—No la pude ver bien, pero creo que era una mofeta. Se paró delante de mí y…

—Era una mofeta, desde luego. —El hombre intentó no reírse.

Alice lo miró, con las mejillas encendidas. Estaba a punto de echarse a llorar, pero algo en la expresión de Fred pudo con ella y, para su sorpresa, en lugar de ello se echó a reír.

—Es lo peor del mundo, ¿verdad?

—¿Sinceramente? Ni se acerca.

—Vale, ahora estoy intrigado. ¿Qué es lo peor, entonces?

—No puedo decírselo.

—¿Dos mofetas?

—Deje de reírse de mí, señor Guisler.

—No pretendía herir sus sentimientos, señora Van Cleve. Es que es tan inverosímil… Una muchacha como usted, tan bonita y refinada y todo eso… Y ese olor…

—Eso no ayuda.

—Lo siento. Oiga, pase por mi casa antes de ir a la biblioteca. Puedo darle ropa limpia para que, al menos, pueda volver a casa sin que se arme un revuelo.

Caminaron en silencio los últimos metros y abandonaron la carretera principal para subir por el sendero que conducía a la casa de Fred Guisler. Alice se percató de que, como estaba detrás de la biblioteca y alejada de la carretera, apenas se había fijado en ella hasta entonces. Había luz en el porche y la muchacha subió las escaleras de madera detrás de él, mirando hacia la izquierda, donde, a unos cien metros de distancia, la luz de la biblioteca aún seguía encendida, solo visible desde ese lado de la carretera a través de una pequeña grieta en la puerta. Se imaginó a Sophia dentro, trabajando duro remendando libros viejos para dejarlos como nuevos, canturreando al son de la música. Entonces, Fred abrió la puerta y se apartó para dejarla entrar.

Por lo que había visto hasta el momento, los hombres que vivían solos en Baileyville llevaban una vida muy austera, sus cabañas eran funcionales y apenas tenían muebles, sus hábitos eran frugales y, a menudo, su higiene cuestionable. La casa de Fred tenía el suelo de madera pulida, encerada y brillante por los años de uso; había una mecedora en una esquina, una alfombra azul de jarapa delante de ella, y una gran lámpara de latón que emitía un suave resplandor sobre una estantería repleta de libros. La pared estaba llena de cuadros y, enfrente de ella, había una silla tapizada con vistas a la parte de atrás de la cabaña y al gran establo de Fred, abarrotado de caballos. El gramófono estaba sobre una mesa de caoba pulidísima y una intrincada colcha antigua de retales estaba pulcramente doblada a su lado.

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