Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—¿Puedo ayudarte?
—No creo que nadie pueda hacerlo.
Margery se recostó contra el muro y alzó la vista hacia las montañas que había detrás de ellas.
—No hay muchas cosas que no haya visto u oído en estos treinta y ocho años. Estoy segurísima de que lo que tienes que decir no me va a sorprender.
Alice cerró los ojos. Si lo verbalizaba, se convertiría en algo real, en algo auténtico y verdadero, y tendría que hacer algo al respecto. Volvió a mirar a Margery y apartó de nuevo la vista.
—Y si crees que soy de las que van hablando por ahí, Alice van Cleve, es que no me conoces en absoluto.
—El señor Van Cleve no para de preguntar por qué no tenemos hijos.
—Ya, es lo normal por aquí. En cuanto te pones un anillo en el dedo, todos empiezan la cuenta atrás.
—De eso se trata. Es Bennett —dijo Alice, retorciéndose las manos—. Ya han pasado meses y… él no…
Margery dejó reposar las palabras. Esperó, como para comprobar que había oído bien.
—¿Él no…?
Alice respiró hondo.
—Todo empezó muy bien. Llevábamos tanto tiempo esperando, con lo del viaje y todo, y en realidad fue maravilloso y luego justo cuando las cosas… estaban a punto de… Bueno… El señor Van Cleve gritó algo desde el otro lado de la pared, creo que él pensó que lo estaba animando, y ambos nos quedamos un poco azorados, y luego todo se cortó y yo abrí los ojos y Bennett ni siquiera me estaba mirando y parecía muy molesto y distante, y cuando le pregunté si iba todo bien él me dijo que… —Alice tragó saliva—. Que era impropio de una dama preguntar eso. —Margery esperó a que continuara—. Así que volví a tumbarme y aguardé. Y él… Bueno, creí que entonces aquello iba a pasar. Pero oímos al señor Van Cleve paseando ruidosamente por la habitación de al lado y bueno… Eso fue todo. Y yo intenté susurrarle algo, pero él se molestó y actuó como si fuera culpa mía. Pero en realidad yo no lo sé. Porque nunca… Así que no puedo saber a ciencia cierta si estoy haciendo algo mal yo o si es él, pero, en cualquier caso, su padre está siempre en la habitación de al lado y las paredes son tan finas que…, bueno, Bennett… Actúa como si no quisiera volverse a acercar a mí nunca más. Y no es una de esas cosas de las que se puedan hablar. —Las palabras le salieron de forma atropellada, sin control. Notó que su rostro se ruborizaba—. Quiero ser una buena esposa. En serio. Pero me parece algo… imposible.
—A ver si lo he entendido bien. Entonces, no has…
—¡No lo sé! ¡Porque no sé cómo se supone que tiene que ser! —Alice negó con la cabeza y se cubrió la cara con las manos, como si le horrorizara estar pronunciando aquellas palabras en voz alta.
Margery bajó la vista, con el ceño fruncido.
—Espérame aquí —dijo.
Desapareció dentro de la cabaña, donde las chicas cantaban cada vez más alto. Alice aguzó el oído, preocupada, temiendo que las voces cesaran de repente, lo que implicaría que Margery la había traicionado. Pero, en lugar de ello, la canción sonó aún con más fuerza, un pequeño aplauso festejó una floritura musical y Alice escuchó cómo Beth reprimía un grito de alegría. Luego la puerta se abrió, las voces se hicieron más intensas por un instante y Margery volvió a bajar los escalones con un librito azul, que le entregó a Alice.
—Vale, esto no está en el registro. Se lo dejamos a mujeres que necesitan un poco de ayuda con algunos de los temas que has mencionado.
Alice se quedó mirando el libro, encuadernado en piel.
—Solo es un poco de información. Le prometí a una mujer de Miller’s Creek que se lo dejaría en la ruta del lunes, pero puedes echarle un vistazo el fin de semana y ver si hay algo que te sirva de ayuda.
Alice hojeó el libro y se alarmó al leer palabras como «sexo», «desnudo» y «útero». La muchacha se ruborizó.
—¿Esto va con los libros de la biblioteca?
—Digamos que es parte extraoficial de nuestro servicio, ya que tiene un historial un tanto accidentado en los tribunales. No está en el registro, ni en nuestras estanterías. Es algo que queda entre nosotras.
—¿Lo has leído?
—De principio a fin y más de una vez. Y puedo asegurarte que me ha reportado una buena dosis de regocijo. —Margery arqueó una ceja y sonrió—. Y no solo a mí, precisamente.
Alice parpadeó. Le resultaba impensable que su situación actual pudiera ser motivo de regocijo, por mucho que lo intentara.
—Buenas noches, señoras.
Las dos mujeres se volvieron y vieron a Fred Guisler bajando el sendero hacia ellas, con una lámpara de aceite en la mano.
—Parece que hay una fiesta.
Alice vaciló y le devolvió bruscamente el libro a Margery.
—Mejor… Mejor no.
—Solo es información, Alice. Nada más.
Alice pasó rápidamente por delante de ella y volvió a la biblioteca. —Puedo solucionarlo sola. Gracias. —Subió las escaleras a todo correr y cerró la puerta de golpe tras entrar.
Fred se detuvo al llegar al lado de Margery. Ella percibió un leve gesto de decepción en su cara.
—¿He dicho algo malo?
—No van por ahí los tiros, Fred —respondió Margery, posando una mano sobre su brazo—. Pero ¿por qué no entras y te unes a nosotras? Salvo por esos cuatro pelos que tienes en la barbilla, bien podrías ser nuestra bibliotecaria honorífica.
Más tarde, Beth dijo que apostaría lo que fuera a que aquella había sido la mejor reunión de bibliotecarias que jamás había tenido lugar en el condado de Lee. Izzy y Sophia habían cantado todas las canciones que recordaban, se habían enseñado la una a la otra las que no sabían y se habían inventado algunas sobre la marcha, con unas voces cada vez más descontroladas y estridentes a medida que iban ganando confianza, pataleando y gritando, mientras las chicas aplaudían al compás. Habían convencido a Fred Guisler, que, efectivamente, les había dejado con gusto su gramófono, para que bailara con todas ellas, y su estilizada figura tuvo que encorvarse para adaptarse a Izzy, que disimuló su cojera con algunos giros de lo más oportunos, perdiendo la vergüenza y riendo hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas. Alice sonreía y daba golpecitos al ritmo de la música, pero evitaba mirar a Margery a los ojos, como si todavía le avergonzara haber hablado de más, y Margery se dio cuenta de que lo mejor era no decir nada y esperar a que su sensación de vulnerabilidad y humillación, aunque fuera injustificada, desapareciera. En medio de todo aquello, Sophia cantaba y balanceaba las caderas, como si ni siquiera su rigor y su cautela pudieran resistirse a la música.
Fred, que había declinado todos los ofrecimientos para que bebiera licor, las llevó a casa en la oscuridad, apiñadas en el asiento de atrás de su camioneta. Primero dejó a Sophia, bajo la supervisión del resto, y todos vieron cómo se alejaba, todavía canturreando, por el camino de entrada de su pulcra casita de Monarch Creek. Luego llevaron a Izzy. Los neumáticos del automóvil recorrieron el enorme camino de acceso y todos vieron la cara de sorpresa de la señora Brady al ver el cabello empapado en sudor de su hija y su cara sonriente. «Nunca había tenido unas amigas como vosotras», había exclamado Izzy mientras iban a toda velocidad por la carretera oscura, aunque sabían que en parte era el licor el que hablaba. «En serio, ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudieran caerme bien otras chicas, hasta que me hice bibliotecaria». La muchacha las había abrazado una por una, con un vertiginoso entusiasmo infantil.
Alice estaba ya completamente sobria cuando la dejaron en casa, y apenas dijo nada. Los dos hombres Van Cleve estaban sentados en el porche, a pesar del aire frío y de lo tarde que era, y Margery percibió una clara renuencia en la forma de caminar de la joven, mientras esta recorría lentamente el sendero hacia ellos. Ninguno de los dos se levantó. Nadie sonrió bajo la parpadeante luz del porche, ni se acercó a saludarla.
Margery y Fred hicieron el resto del camino hasta la cabaña de ella en silencio, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos.