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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Le va el chocolate, Frederick Guisler? ¿Por eso se fue su mujer?

—De todos modos, su puntería es una mierda. ¡Lo he visto cazando!

A Alice le entraron ganas de vomitar. Se recostó sobre la pared del fondo de la biblioteca. Una fina capa de sudor le empapaba la espalda. Su corazón solo se calmó cuando los muchachos desaparecieron al doblar la esquina. Oyó a Fred dentro, recogiendo libros y poniéndolos sobre la mesa.

—Lo siento, señorita Sophia. Debería haber venido antes.

—Tranquilo. La culpa es mía, por haber dejado la puerta abierta.

Alice subió lentamente los escalones. Sophia ni se había inmutado, o eso parecía. Estaba inclinada recogiendo libros y comprobando si habían sufrido daños, limpiando el polvo de sus cubiertas y chasqueando la lengua al ver las etiquetas rotas. Pero cuando Fred se volvió para colocar una estantería que se había salido de los anclajes, Alice vio que Sophia extendía la mano para apoyarse en el escritorio, apretando fugazmente los nudillos sobre el borde. La joven decidió entrar y, sin mediar palabra, empezó también a recoger. Los álbumes de recortes que Sophia había estado haciendo con tanto esmero estaban hechos trizas delante de ella. Los libros cuidadosamente remendados estaban de nuevo rotos y esparcidos por la habitación, con las páginas sueltas todavía revoloteando en su interior.

—Me quedaré hasta más tarde esta semana y le ayudaré a arreglarlos —dijo Alice—. Es decir…, si decide volver —añadió, al ver que Sophia no respondía.

—¿Cree que un puñado de mocosos engreídos me va a impedir hacer mi trabajo? Todo irá bien, señorita Alice. —La mujer hizo una pausa y esbozó una sonrisa tensa—. Pero me vendría bien su ayuda, gracias. Hay mucho que hacer.

—Hablaré con los Mitchell —dijo Fred—. No pienso tolerar que esto vuelva a suceder.

Su voz se fue suavizando y su cuerpo se fue tranquilizando mientras se movía por la pequeña cabaña. Pero Alice se fijó en que, cada pocos minutos, volvía a mirar por la ventana y solo se relajó cuando las dos mujeres estuvieron en el coche, listas para que las llevara a casa.

8

Dada la rapidez con que se propagaban las noticias en Baileyville, donde los chismes empezaban como un goteo y acababan extendiéndose entre sus habitantes como un torrente incontenible, los comentarios sobre el puesto de Sophia Kenworth en la Biblioteca Itinerante y los destrozos que habían causado en ella tres hombres del lugar se consideraron de inmediato suficientemente serios como para justificar la celebración de una reunión en el pueblo.

Alice estaba de pie al fondo, en una esquina, con Margery, Beth e Izzy, mientras la señora Brady se dirigía a la concurrencia. Bennett estaba sentado en la segunda fila, al lado de su padre.

—¿No te sientas, muchacha? —le había preguntado el señor Van Cleve, mirándola de arriba abajo al entrar.

—Estoy bien aquí, gracias —había respondido ella, viendo cómo el hombre se volvía hacia su hijo con cara de desaprobación.

—Siempre nos hemos enorgullecido de ser un pueblo amable y pacífico —estaba diciendo la señora Brady—. No queremos convertirnos en el tipo de lugar donde los camorristas campan a sus anchas. He hablado con los padres de los jóvenes involucrados y les he dejado claro que no podemos tolerar esto. Una biblioteca es un lugar sagrado. Un templo del aprendizaje. Y no debería convertirse en una diana solo porque sus empleadas sean mujeres.

—Me gustaría añadir algo, señora Brady. —Fred dio un paso al frente. Alice recordó la forma en que la había mirado la noche del espectáculo de Tex Lafayette, la extraña intimidad de su baño, y notó que su piel se enrojecía, como si hubiera hecho algo de lo que avergonzarse. Le había dicho a Annie que el vestido verde era de Beth. Y esta había elevado la ceja izquierda hacia el cielo—. La biblioteca está en mi viejo establo —dijo Fred—. Eso significa, en caso de que alguien tenga alguna duda, que se encuentra dentro de mi propiedad. Así que no me hago responsable de lo que les pueda pasar a los intrusos. —El hombre recorrió la sala con la mirada, lentamente—. Todo aquel que crea que puede entrar ahí dentro sin mi permiso o sin el de estas damas, tendrá que responder ante mí.

Fred miró a Alice mientras volvía a sentarse y la joven notó que volvía a ruborizarse.

—Entiendo que quiera defender su propiedad, Fred —dijo Henry Porteous, poniéndose en pie—. Pero hay problemas más importantes que tratar aquí. Muchos de nuestros vecinos, yo entre ellos, estamos preocupados por el impacto que esta biblioteca está teniendo en nuestro pueblo. Hay rumores de que las mujeres ya no se hacen cargo de la casa porque están demasiado ocupadas leyendo revistas de moda o novelitas baratas. Hay niños que aprenden conceptos perturbadores en los libros de historietas. Nos resulta difícil controlar el tipo de influencias que entran en nuestras casas.

—¡Solo son libros, Henry Porteous! ¿Cómo cree que aprendieron los grandes eruditos de antaño? —La señora Brady cruzó los brazos sobre el pecho formando una repisa sólida e infranqueable.

—Apostaría un dólar contra diez centavos a que esos grandes eruditos no leían El apasionado jeque de Arabia, o con lo que fuera que mi hija estuviera perdiendo el tiempo el otro día. ¿De verdad queremos que sus mentes se contaminen con esas cosas? A mí no me hace ninguna gracia que mi hija crea que puede fugarse con un egipcio.

—Su hija tiene tantas posibilidades de volverse loca por un jeque de Arabia como yo de convertirme en Cleopatra.

—Nunca se sabe.

—¿Quiere que revise todos los libros de la biblioteca en busca de cosas que le puedan resultar folletinescas, Henry Porteous? Hay más historias controvertidas en la Biblia que en una revista como el Pictorial Review, y lo sabe.

—Vaya, empieza usted ya a sonar igual de sacrílega.

La señora Beidecker se levantó.

—¿Puedo hablar? Me gustaría dar las gracias a las señoras de los libros. Nuestros alumnos disfrutan mucho de los nuevos libros y del material didáctico, y los libros de texto han demostrado ser muy útiles para ayudarles a progresar. Yo hojeo todos los libros de historietas antes de dárselos, solo para conocer su contenido, y no he descubierto absolutamente nada que pueda preocupar ni siquiera a las mentes más sensibles.

—Pero ¡usted es extranjera! —la interrumpió el señor Porteous.

—La señora Beidecker ha entrado a formar parte de nuestra escuela con unas referencias inmejorables —exclamó la señora Brady—. Y lo sabe perfectamente, Henry Porteous. ¿O es que su propia sobrina no asiste a sus clases?

—Bueno, tal vez no debería.

—¡Calma! ¡Calma! —El pastor McIntosh se puso en pie—. Nos estamos alterando. Y sí, señora Brady, es cierto que algunos de nosotros tenemos nuestras reservas sobre el impacto de esta biblioteca sobre las mentes en desarrollo, pero…

—Pero ¿qué?

—Obviamente, aquí hay otro problema subyacente… Que es el hecho de emplear a una persona de color.

—¿Y por qué iba a ser eso un problema, pastor?

—Puede que usted esté a favor de los aires progresistas, señora Brady, pero mucha gente de este pueblo no cree que las personas de color deban entrar en nuestras bibliotecas.

—Eso es verdad —dijo el señor Van Cleve, levantándose y escrutando aquel mar de rostros blancos—. La Ley de Vivienda Pública de 1933 autoriza, y cito textualmente: «La creación de bibliotecas segregadas para las diferentes razas». La chica de color no debería estar en nuestra biblioteca. ¿Cree estar por encima de la ley, Margery O’Hare?

A Alice le dio un vuelco el corazón, pero Margery dio un paso hacia delante, sumamente tranquila.

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