Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Jefe, puede que quiera echarle un vistazo a esto.
Sven se volvió, una maniobra ya bastante complicada de por sí, y miró hacia donde señalaba el guante de Jim McNeil. Las galerías subterráneas estaban interconectadas, en lugar de tener accesos individuales desde el exterior, algo bastante común en una mina en la que para el dueño primaban más los beneficios que la seguridad. El hombre atravesó como pudo el paso para ir a la siguiente galería y se ajustó la luz del casco. Había unos ocho puntales en un hueco poco profundo, todos ellos visiblemente combados por el peso del techo que sostenían. Sven movió la cabeza lentamente, examinando aquel espacio vacío, mientras la superficie negra brillaba a su alrededor al ser rozada por la luz de la lámpara de carburo.
—¿Puedes ver a cuántos han sacado?
—Parece que aún queda la mitad.
Sven maldijo.
—No sigáis más adelante —dijo, y se volvió hacia los hombres que tenía detrás—. Nadie va a entrar en la Número Dos, ¿entendido?
—Dígaselo a Van Cleve —señaló una voz a sus espaldas—. Hay que cruzar la Número Dos para llegar a la Número Ocho.
—Pues entonces nadie entrará en la Número Ocho. Al menos hasta que todo esté bien apuntalado.
—No le hará caso.
—Pues tendrá que hacérmelo. —El aire era denso a causa del polvo y Sven escupió hacia atrás, con la espalda ya dolorida. Luego se volvió hacia los mineros—. Necesitamos, al menos, diez puntales más en la Siete antes de volver a entrar. Y que el jefe de bomberos compruebe si hay metano antes de que nadie regrese al trabajo.
Se oyó un murmullo de aprobación. Gustavsson era uno de los pocos hombres con autoridad que los mineros sabían a ciencia cierta que estaba de su lado, y Sven condujo a su equipo a la galería de carga y luego hacia el exterior, agradeciendo ya la perspectiva de volver a ver la luz del sol.
—¿Cuáles son los daños, Gustavsson?
Sven estaba de pie en la oficina de Van Cleve, con el olor del azufre todavía en las fosas nasales, mientras sus botas dejaban una fina huella polvorienta sobre la gruesa alfombra roja, esperando a que Van Cleve, vestido con un traje claro, levantara la cabeza de sus papeles. Al fondo de la habitación estaba el joven Bennett, observándolos desde su escritorio. Llevaba puesta una camisa azul de algodón cuyas mangas estaban perfectamente planchadas con raya. El joven nunca había parecido sentirse muy a gusto en la mina. Raras veces salía del edificio administrativo, como si la tierra y su naturaleza impredecible le resultaran repugnantes.
—Bueno, ya hemos sacado al chico, aunque ha estado cerca. Tiene la cadera bastante dañada.
—Excelentes noticias. Muchas gracias a todos.
—He hecho que lo lleven al médico de la empresa.
—Sí, sí. Muy bien.
Al parecer, Van Cleve consideraba que aquel era el fin de la conversación. El hombre le dedicó una sonrisa a Sven, alargándola un poco de más, como para preguntarle por qué seguía allí todavía, y luego revolvió sus papeles con energía.
Sven esperó un rato.
—Tal vez le interese saber por qué se ha venido abajo el techo.
—Ah. Sí. Desde luego.
—Al parecer, quitaron los puntales que sostenían el techo de la zona agotada Número Dos para apuntalar la nueva galería de la Siete. Eso desestabilizó toda la zona.
En la cara de Van Cleve, cuando este finalmente volvió a levantar la vista, se dibujó exactamente la expresión de falsa sorpresa que Sven esperaba.
—Vaya. Los hombres no deberían reutilizar los puntales. Se lo hemos dicho infinidad de veces. ¿No es cierto, Bennett?
Bennett, sentado tras su escritorio, bajó la vista. Era demasiado cobarde hasta para mentir. Sven se tragó las palabras que quería decir y eligió cuidadosamente las que pronunció en su lugar.
—Señor, también me gustaría señalar que la cantidad de polvo de carbón que hay en el suelo de todas sus minas es un peligro. Tiene que echar más piedras no combustibles sobre él. Y mejorar la ventilación, si quiere evitar más accidentes. —Van Cleve garabateó algo en un pedazo de papel. No parecía que siguiera escuchándolo—. Señor Van Cleve, de todas las minas en las que trabajan nuestros equipos de seguridad, he de informarle de que las condiciones de Hoffman son, con diferencia, las menos… satisfactorias.
—Sí, sí. Ya se lo he comentado a los hombres. Solo Dios sabe por qué no solucionan los problemas. Pero no le demos más importancia de la que tiene, Gustavsson. Es un descuido temporal. Bennett llamará al capataz y lo solucionaremos. ¿Verdad, Bennett? —Sven bien podría haber señalado, y con razón, que Van Cleve había dicho exactamente lo mismo la última vez que las sirenas habían sonado, hacía dieciocho días, debido a una explosión en la entrada de la Número Nueve, causada por un joven picador que no sabía que no debía entrar con la luz encendida. El muchacho había tenido la suerte de escapar con quemaduras superficiales. Pero los trabajadores salían baratos, a fin de cuentas—. En fin, todo ha ido bien, gracias a Dios. —Van Cleve se levantó de la silla con un gruñido para rodear su enorme escritorio de caoba y dirigirse hacia la puerta, lo que significaba que la reunión había finalizado—. Gracias a usted y a sus hombres por sus servicios, como siempre. Se merecen hasta el último céntimo que nuestra mina le paga a su equipo.
Sven no se movió.
Van Cleve abrió la puerta. Se produjo un largo y penoso silencio.
Sven lo miró a la cara.
—Señor Van Cleve, sabe que no soy un hombre de política. Pero debe entender que este tipo de condiciones son las que dan origen a las luchas sindicales.
El rostro de Van Cleve se oscureció.
—Espero que no esté insinuando que…
Sven levantó las palmas de las manos.
—Yo no estoy afiliado. Solo quiero que sus trabajadores estén a salvo. Pero he de decirle que sería una lástima que esta mina fuera considerada demasiado peligrosa para que mis hombres vinieran aquí. Estoy seguro de que eso no sería bien recibido en el pueblo.
La sonrisa de Van Cleve, que ya era poco entusiasta, se desvaneció por completo.
—Bien, puede estar seguro de que le agradezco su consejo, Gustavsson. Y como le he dicho, haré que mis hombres se ocupen de ello de inmediato. Ahora, si no le importa, tengo asuntos urgentes que atender. El capataz les dará a usted y a su equipo toda el agua que necesiten.
Van Cleve continuó sujetando la puerta. Sven asintió. Y, mientras se iba, le tendió al dueño de la mina una mano ennegrecida que este, tras unos instantes de vacilación, se vio obligado a aceptar. Después de estrechársela con la firmeza suficiente como para asegurarse de que, al menos, le había dejado alguna marca, Sven la soltó y se alejó por el pasillo.
Con la primera helada en Baileyville, llegó el momento de la matanza del cerdo. El mero hecho de oír hablar de ella hacía que Alice, que no era capaz de matar ni a una mosca, se sintiera un poco mareada, sobre todo cuando Beth le describió, con deleite, lo que pasaba en su propia casa cada año: cómo reducían al cerdo mientras chillaba de pánico, cómo le cortaban el cuello mientras los muchachos se sentaban sobre él, la forma en que pateaba con furia, la sangre caliente y oscura que manaba sobre la tabla de despiece. La joven emuló con gestos cómo los hombres vertían agua hirviendo sobre el cerdo, le rasuraban el pelo con cuchillas planas y reducían al animal a carne, cartílago y huesos.
—Mi tía Lina estará allí esperando, con el mandil abierto, preparada para coger la cabeza. Hace el mejor escabeche de lengua, oreja y pata de este lado de Cumberland Gap. Pero mi momento favorito del día, desde que era niña, es cuando papá mete las entrañas en un balde y elegimos la mejor parte para asar. Yo les daba codazos en los ojos a mis hermanos para conseguir aquel preciado hígado. Luego lo pinchaba en un palo y lo asaba en el fuego. Madre mía, no hay nada igual. Hígado de cerdo fresco asado. Mmmm.