Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
– Idiota -gruñó.
Agarró con fuerza el volante y se dirigió a Grand Hope como si estuviera poseída. Aparcó y subió a su casa. Aquel maldito caso la estaba volviendo loca. De eso se trataba. Estaba perdiendo la perspectiva.
Se pasó el resto de la noche repasando el manuscrito impreso de la novela de Randi, tomando notas, leyendo ciertos pasajes una y otra vez y tratando de adquirir cierta perspectiva sobre la personalidad de la hermanastra de Matt. El ama de llaves de los McCafferty parecía estar convencida de que el libro era importante. Kelly no veía cómo. Por lo que ella podía ver, era ficción. No encontró pista alguna sobre la identidad del atacante de Randi ni tampoco halló nada que pudiera indicar quién era el padre de J.R.
Sin embargo, el hecho de que la novela tuviera lugar en el mundo de los rodeos le preocupaba. El padre de Randi no sólo había seguido el circuito de rodeos, sino que dos de sus hermanastros, Matt y Slade, también. Además, estaba la propia Randi.
Resultaba evidente que el mundo de los vaqueros le resultaba fascinante hasta el punto de que, recientemente, había mantenido una breve relación con Sam Donahue, un hombre muy vinculado también a ese ambiente desde una edad muy temprana.
¿Cómo encajaba todo aquello en el libro de Randi? ¿Era significativo o se trataba de otra falsa pista? Una de tantas.
– Esto es una pérdida de tiempo -se dijo estirándose en la silla mientras miraba el reloj. Era más de medianoche.
Como estaba ya muerta de sueño, se metió en la cama, donde pasó una noche muy inquieta. No hacía más que dar vueltas, soñando con un apuesto vaquero cuyos besos le quitaban el aliento.
Cuando entró en la oficina al día siguiente, fue al despacho de Espinoza y dejó el manuscrito sobre la mesa.
– Esto ha sido más o menos todo lo que ha encontrado Striker -dijo mientras Espinoza empezaba a hojear el manuscrito. Colocó el CD también sobre la mesa.
– ¿Significa algo?
– Sólo que tiene una imaginación muy viva -respondió Kelly. Entonces, le hizo un resumen de la noche anterior.
– Me preocupa que la policía de Seattle no encontrara esto -comentó Espinoza.
– A mí también.
– Creo que es mejor que hables con ellos y les preguntes sobre Striker cuando estés allí -dijo. Abrió un cajón y sacó un sobre, que colocó inmediatamente sobre la mano de Kelly-. Tu billete de avión -explicó-. Te marchas mañana.
– ¡Maldita sea…! -exclamó Matt. Colgó con fuerza el teléfono y captó una mirada de advertencia de Thorne, que estaba sentado a la mesa de la cocina con Nicole, J.R. y las gemelas.
Thorne estaba tratando de enseñarles a las niñas las reglas de un juego de mesa. Nicole tenía al bebé sobre el regazo. Encima de la mesa, había tazas de chocolate caliente a medio tomar y un enorme bol de palomitas que, en aquellos momentos, se había visto reducido a unas pocas semillas de maíz sin explotar.
La escena resultaba demasiado doméstica para Matt. ¿Quién habría podido pensar que Thorne se convertiría en un hombre de familia? Allí estaba, hablando de los preparativos de su inminente boda con su prometida, riéndose con las gemelas y relajándose.
– ¿Problemas? -le preguntó a Matt.
– Sí. Ha caído mucha nieve en las montañas y ha tirado muchos de los postes de la luz y del teléfono. No me puedo comunicar con Kavanaugh…
Matt miró por la ventana y lanzó una silenciosa maldición. Había trabajado muy duro para conseguir aquel trozo de tierra, que era su orgullo, la prueba de que podía salir adelante solo, sin la ayuda de John Randall. Sin la de nadie. Siempre se había imaginado que encontraría a una buena mujer para sentar la cabeza allí, criar a su familia y morir en la tierra que le pertenecía. Cuando llegara ese momento, sus cenizas se esparcirían al viento, cerca del estanque que había junto al granero.
Sin embargo, últimamente había estado pensando en dejarlo todo, en abandonar su sueño.
¿Y por qué?
Por Kelly Dillinger.
Demonios, ¿qué era lo que le había ocurrido en las últimas dos semanas?
– Tendrás que ser paciente -le dijo Thorne mientras tomaba una carta de un montón y tiraba otra-. Mike te llamará cuando pueda.
A Matt no le gustaba. Se sirvió una taza de café y se puso a mirar por la ventana. Necesitaba regresar a su casa, comprobar el estado de su ganado y recobrar el contacto con lo que era suyo. Día a día, se iba sintiendo menos parte de su propio rancho y más sincronizado con la vida en Grand Hope. Sus hermanos, los niños, Randi… y, aunque no quería admitirlo, Kelly Dillinger… Todos lo estaban ayudando a echar raíces de nuevo en el Flying M.
Tomó un sorbo del café y, al notar lo amargo que estaba, tiró el resto al fregadero. Entonces, trató de luchar contra la inquietud que parecía ser su compañera constante aquellos días.
– Creo que me voy a marchar un rato a la ciudad -dijo. Se dirigió a la puerta trasera y agarró su chaquetón-. Voy a ver cómo está Randi.
– ¿No quieres jubar? -le preguntó Mindy.
– Ahora no, cariño -respondió-. Ya jugaremos en otra ocasión, ¿de acuerdo?
– De acuerdo -replicó la niña. Matt tuvo una sensación extraña en el corazón. Sí. Efectivamente, se estaba atando demasiado a aquel lugar.
Se marchó, acompañado por un coro de palabras de despedida. Por un lado, se alegraba de que su hermano se fuera a casar. Ya iba siendo hora, y Nicole, con su familia ya hecha, era un buen partido, una hermosa mujer que podía manejar a Thorne como ninguna otra. Resultaba evidente que se querían mucho. Pensaban quedarse en la casa, alquilar la de Nicole y construirse algo cerca cuando Randi se hubiera recuperado.
Es decir, si Randi se recuperaba alguna vez. Matt miró al cielo y se dirigió hacia su coche. Decidió que, en primer lugar, iría al hospital para ver cómo estaba Randi y que luego se dirigiría a la oficina del sheriff para ver si la detective Dillinger estaba trabajando y si no…
¿Si no, qué?
Salió a la carretera y condujo hacia Grand Hope sin haber podido encontrar una respuesta.
– Iba a invitarte a casa para que te tomaras conmigo una copa de vino, pero, como ya estás fuera, tendremos que esperar hasta que regrese de Seattle -dijo Kelly. Acababa de dejar un mensaje en el contestador automático de su hermana-. Regresaré la noche antes del día de Acción de Gracias. Hasta pronto.
Colgó el teléfono y se estiró. Se sirvió una copa de vino. Había esperado que su hermana se reuniera con ella, pero, dado que no podía localizarla, tendría que cambiar ligeramente de planes. En vez de hablar con ella de cosas de chicas o de jugar a algo con los hijos de su hermana, decidió que utilizaría su tiempo en darse un buen baño y leer un buen libro. Aquello era algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo, dado que nunca tenía tiempo suficiente. Solía ducharse por las mañanas y, si volvía a necesitarlo, otra vez por las noches. Rápido y fácil. Sin embargo, aquella noche, después de haberse pasado el día trabajando en la calle, estaba congelada, por lo que decidió que se merecía ese lujo.
Se quitó el uniforme, se recogió el cabello en lo alto de la cabeza y encendió dos pequeñas velas antes de llenar la bañera de agua caliente. Dejó su copa de vino y su libro sobre el borde de la bañera y se sumergió en el agua cálida y aromática.
Era como estar en el paraíso.
Se hundió un poco más y cerró los ojos. El calor empezó a caldearle la sangre y a relajarle la tensión de los músculos. La mente se le desaceleró por completo hasta llegar al lugar de su pensamiento que ocupaba Matt McCafferty. A pesar de que sabía que no debía hacerlo, no hacía más que pensar en cómo lo había besado y cómo había respondido ella. El corazón se le detuvo. Se quedó sin aliento. El la había dejado con la sensualidad latiéndole con fuerza en su interior.