Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Matt por su parte, profundizó aún más sus caricias. Ella gimió de placer y se agarró con fuerza a los hombros de su amante.
– Oh… oh…
Tragó saliva y sintió como si todo su ser estuviera centrado en aquella pequeña parte que él frotaba con tanta intensidad. Ella se estiró. Sudaba como si estuviera presa de la fiebre y sentía que aquella tormenta iba a hacerse más fuerte y más salvaje.
– Esa es mi chica -susurró él, sobre los senos de Kelly-. Déjate llevar…
A ella le pareció que el mundo comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Los labios de Matt volvieron a encontrar los de ella, para delinearle la boca con la lengua y acalorarle aún más la arrebolada piel con su cálido aliento.
– Por favor… -murmuró ella, con una voz que casi no reconoció-. Por favor… Matt… oh, por favor…
– Lo que tú quieras, cariño.
Kelly le agarró la cinturilla de los vaqueros y sintió cómo su erección se erguía contra la tela.
– En ese caso…
Con la mano que le quedaba libre, él le agarró la muñeca.
– Espera, cariño, espera…
El ritmo de sus caricias se incrementó. Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, retorciéndose y gritando de placer al sentir el primer espasmo, que la mandó a la gloria a través del espacio.
– Ooohh… -susurró, gimiendo de placer.
Sin embargo, Matt no había terminado. Le volvió a introducir los dedos más profunda y rápidamente, volviendo a empujarla hasta los límites. Kelly le clavó las uñas en los hombros y gritó de placer a medida que las convulsiones se iban adueñando de ella.
– Matt… oh… Matt.
Casi no podía respirar ni pensar, pero sabía que necesitaba sentirlo dentro, sentirlo por completo, anhelaba el contacto pleno de la unión de ambos cuerpos.
Agarró el cinturón. Le costó un poco desabrochar la enorme hebilla de rodeo que él llevaba puesta. Antes de que él pudiera negarse, lo besó, le tocó la punta de la lengua con la suya y lo invitó a penetrarla.
Matt se estiró a su lado para facilitarle el acceso. Ya no se oponía…
Clic.
La hebilla estaba abierta. Al segundo, también la cremallera del pantalón.
Matt sintió una oleada de aire fresco sobre la piel. Se mordió los labios al sentir cómo ella le acariciaba el miembro viril con la yema de los dedos.
Ding.
En algún lugar de la casa, sonó una campana. Un timbre.
– Oh, no… -susurró Kelly. Apartó la mano inmediatamente y se sonrojó.
– ¿Estabas esperando a alguien? -preguntó él. Parecía muy divertido.
– No.
El timbre volvió a sonar. Con insistencia.
– Alguien tiene muchas ganas de verte.
– Maldita sea… ¡Es Karla! Yo… yo le dejé un mensaje antes en su contestador… probablemente se ha traído también a sus hijos -dijo, presa del pánico, mientras se apartaba el cabello de los ojos.
– ¿Quién es Karla?
– Oh. Es mi hermana. Sólo… espera -respondió.
Kelly se bajó de la cama y se dirigió corriendo a toda velocidad hacia el armario. Allí, agarró una camisa y un par de vaqueros. Después, se dirigió al cuarto de baño.
Matt se abrochó los pantalones y el cinturón. El maldito timbre volvió a sonar. Aquella vez, la voz preocupada de una mujer sonó después.
– ¿Kelly? ¿Estás en casa? Soy yo.
– Lo sé, lo sé… -gruñó Kelly mientras salía del cuarto de baño.
Descalza pero vestida, se estaba recogiendo el cabello con una goma elástica. Entonces, al ver que Matt seguía sobre la cama, susurró:
– Tú ve a sentarte en el salón, por el amor de Dios. Sírvete una copa de vino o lo que quieras. Que parezca que llevas aquí toda la tarde. Que parezca que… estábamos hablando del caso, por el amor de Dios, y luego… y luego…
Ella desapareció por la puerta del dormitorio y Matt oyó que bajaba rápidamente las escaleras. Él se dirigió al salón. Allí, encontró una botella de vino abierta. Fue al aparador y encontró una copa. Entonces, oyó voces en la planta de abajo.
– Maldita sea, Kelly. ¿Es que no oías el timbre? ¡He estado a punto de congelarme ahí fuera, esperando que abrieras! -comentó una voz. Matt oyó que subían las escaleras-. ¿Por qué has tardado tanto en…?
Una mujer menuda, con cabello rojo muy corto y enormes ojos verdes que clavó en Matt inmediatamente, apareció en el salón.
– Oh…
La mujer se detuvo en seco. La relajada sonrisa que había llevado hasta entonces en los labios desapareció.
– Kelly… ¿qué está pasando aquí? -preguntó, y centró su atención en la copa que Matt tenía en la mano.
– Oh, bueno. Matt ha venido a hablar del caso.
– ¿Matt? -repitió la mujer.
Kelly entró en el salón y, a pesar de las circunstancias, permaneció tranquila.
– Sí. Matt McCafferty. Esta es mi hermana Karla.
– Encantado de conocerte -dijo Matt a pesar de que la hermana de Kelly parecía completamente desconcertada. Extendió la mano y Karla se la estrechó de mala gana.
– Oh, sí, claro. Yo también -replicó ella-. Espera un minuto. ¿Esto es de verdad?
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Kelly-. Matt y yo estamos repasando el caso…
– Vaya… -dijo Karla, y, atravesó a Kelly y a Matt con la mirada-. No digas tonterías. Tengo ojos, Kelly. Sólo espero que sepas lo que estás haciendo.
– Por supuesto que sí.
– ¿Te apetece beber algo? ¿Una copa de vino? -preguntó Matt mientras agarraba otra copa del aparador y comenzaba a servirle.
– Sí, pero creo que necesito algo más fuerte que el vino.
– No hay nada más fuerte. Ya he preguntado yo.
Karla ni siquiera parpadeó. Tomó la copa que Matt le ofrecía y, con una última mirada de condenación a su hermana, se sentó en una silla de ratán.
– Bueno, entonces, ¿cómo va la investigación? -preguntó con la voz llena de sarcasmo.
– Tenemos ciertos contratiempos y no hacemos más que encontrarnos con callejones sin salida, pero creo que estamos haciendo progresos.
– Hmmm -comentó Karla. Tomó un trago del vino. Evidentemente, no se estaba creyendo nada de la historia.
Matt sirvió otra copa y se la dio a Kelly.
– Me marcho mañana a Seattle -explicó ella. Entonces, comenzó a contestar las preguntas que le hacía Karla.
Por lo que Matt pudo sacar en claro de la conversación, Karla, después de escuchar el mensaje de su hermana, había decidido ir a verla. Había dejado a sus hijos con sus padres y se había dirigido hacia la casa de su hermana para encontrar a Matt allí. Por alguna razón, su presencia en la casa había molestado mucho a Karla, y parecía que dicha desilusión se debía a mucho más que al hecho de tener que compartir a su hermana con él durante aquella tarde. No. Matt percibía resentimiento en la actitud y en la mirada de la recién llegada.
Rodeó la barra de la cocina americana y se reunió con las dos hermanas en el pequeño salón. Había esperado que la casa de Kelly fuera limpia y ordenada, funcional y espartana, pero, como con todo lo que se refería a Kelly, se había equivocado. La casa no estaba desordenada, pero no se notaba que viviera alguien en ella. Un mostrador separaba la cocina del salón. Junto con la silla de ratán, había una mecedora, un sofá con cojines mullidos y una mesa de cristal, además de una estantería repleta de libros. Un aparador ocupaba un rincón y, sobre la chimenea, había una colección de fotografías.
– En el mensaje me decías que estarías de vuelta para el día de Acción de Gracias -dijo Karla.
– Ese es el plan.
– Bien. No me gustaría tener que explicarles a mamá y a papá que no ibas a presentarte en la casa por el trabajo.