Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Sabía que estaba jugando con fuego con aquel hombre. Besarlo era un lujo que no se podía permitir, al menos, no hasta que se resolviera el misterio que rodeaba a Randi, y sólo Dios sabía cuándo iba a ser eso. Sólo podía esperar, y desear, que ocurriera pronto.
Se tomó un trago de vino y trató de empezar a leer. Muy pronto, se dio cuenta de que estaba leyendo el mismo párrafo una y otra vez. Entonces, se preguntó por la novela inacabada de Randi McCafferty y se preguntó qué significado podría tener en medio de aquel misterio. Rodeos, caballos… Matt McCafferty. Casi se lo podía imaginar allí, con una mano levantada y la otra agarrando con fuerza al fuerte y testarudo caballo de rodeo. Con un suspiro, trató de apartar aquella imagen de su pensamiento.
– Olvídate de él -se ordenó.
Cerró los ojos y estuvo a punto de quedarse dormida. Seguramente lo habría hecho si el timbre de su puerta no hubiera sonado suavemente por encima de la música de la radio.
Kelly abrió los ojos de par en par.
¿Quién diablos podría ser?
Karla.
Seguramente, su hermana había llegado a casa, había escuchado el mensaje y había decidido ir a visitarla.
– ¡Ya voy! -exclamó.
Salió de la bañera y se puso un albornoz, cuyo cinturón se ató con fuerza alrededor de la cintura. Se puso unas zapatillas y bajó corriendo las escaleras para abrir la puerta. Una vez allí, miró por la mirilla, pero no vio a Karla por ninguna parte. Tan sólo consiguió vislumbrar la imagen de Matt McCafferty a través de la lente.
El corazón se le sobresaltó. Quitó el cerrojo y abrió la puerta antes de darse cuenta de que no llevaba nada debajo del albornoz amarillo.
El abrió los ojos sólo una fracción y, durante un segundo, pareció haberse quedado completamente sin palabras.
– No me había dado cuenta de que era tan tarde -dijo.
Kelly se tragó una sonrisa. Evidentemente, estaba esperando que la detective Dillinger fuera la que abriera la puerta, vestida como siempre con su uniforme.
– ¿Puedo hacer algo por ti? -le preguntó.
– Sí -dijo él-. Estaba en la ciudad y pensé que… Bueno, supongo que debería haber llamado -concluyó-. Apretó los labios y miró hacia un lado-. Pensé que tal vez te apeteciera salir a tomar algo… Debería haber llamado.
– Sí, normalmente eso es lo que se hace, sí -dijo ella, sin ceder ni un ápice. A pesar de todo, se sentía muy halagada. El pulso le latía con rapidez en las venas y el corazón no era menos.
«Dios, es tan guapa…», pensó Matt mientras se preguntaba qué era lo que lo había llevado a la puerta de la casa de Kelly. Se había asegurado que lo hacía para vigilar el desarrollo de la investigación, que sólo tenía que ver con el caso, pero si era sincero consigo mismo, sabía que era por mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Allí estaba, víctima de sus propios impulsos sexuales. Quería ver a Kelly porque resultaba una mujer intrigante y hermosa. Había esperado encontrarla vestida como siempre con su uniforme, pero aquella… aquella fascinante mujer resultaba así más irresistible. Kelly parecía más menuda, más vulnerable, más femenina y más sexy con aquel albornoz amarillo. Llevaba el cabello recogido y tenía el rostro sonrojado, unos pómulos increíbles y una atractiva boca que se curvaba en una sonrisa.
– Supongo que es demasiado tarde.
– ¿Para una cita? ¿Esta noche? -preguntó ella-. Creo que sí.
Matt se sintió como un adolescente. No hacía más que darle vueltas a su sombrero entre los dedos.
– Tal vez mañana.
– No estaré en la ciudad. Regresaré dentro de dos días…
– Tal vez podamos vernos entonces.
– No creo que eso sea buena idea.
– ¿No? -replicó él. Algo en la voz y en el gesto de Kelly lo estaba desafiando.
– Bueno, no creo que sea lo más adecuado.
– ¿Te preocupa lo que pueda ser adecuado y lo que no?
– Sí. No me gustaría hacer nada por lo que se pudiera dudar de mi profesionalidad o de mi objetividad.
¿Eran imaginaciones suyas o los ojos de Kelly brillaban con un desafío? Notó el aroma de jazmín y no pudo contenerse.
– Al diablo con la profesionalidad -gruñó.
La rodeó con sus brazos.
– Eh, espera un momento.
– Y con la objetividad.
Le cubrió la boca con la suya. Kelly tenía los labios muy cálidos y sabían ligeramente a vino. Ella gimió suavemente, lo que animó a Matt a besarla con más pasión, frotándole la boca con la suya, abrazándola con fuerza y sintiendo cómo ella se deshacía contra él.
La sangre le ardió. Agarró con fuerza los suaves pliegues del albornoz y sintió cómo ella temblaba. Aquello fue todo lo que necesitó sentir. Con un rápido movimiento, se inclinó un poco y la tomó en brazos para cruzar el umbral con ella.
– Eh… -susurró Kelly-. ¿Qué crees que estás haciendo?
Matt cerró la puerta con un movimiento de talón.
– Lo que he querido hacer desde el momento en el que te vi -dijo. Subió con ella las escaleras y la condujo hacia el dormitorio.
Las velas del baño contiguo proporcionaban una suave luz, que los acompañó cuando él se dejó caer con ella sobre la cama.
Kelly sabía que debería oponerse, que debería resistirse a la tentación de aquellas caricias, pero los labios de Matt eran mágicos y sus manos cálidas y persuasivas. Le besó los párpados, las mejillas y el cuello. De algún modo, él se quitó el chaquetón y lo dejó caer al suelo. Con los dedos endurecidos por el trabajo físico le abrió el albornoz lo justo para poder apretar los labios contra la curva de su suave y desnudo hombro.
Las llamas del deseo hicieron hervir la sangre de Kelly. Matt le desabrochó el nudo del cinturón. Kelly notó el cálido aliento contra los pechos y sintió un hormigueo en el centro de su ser, las primeras indicaciones del despertar del deseo.
«No lo hagas, Kelly. No lo hagas. Este es el mayor error de tu vida. Piensa, maldita sea…».
No podía hacerlo. Las manos y la boca de Matt resultaban de lo más seductoras, provocando que ella no pudiera encontrar credibilidad en ninguna de las razones que esgrimía para tratar de poner fin a lo que estaba ocurriendo entre ellos. Sabía que sus padres se disgustarían mucho, que su jefe consideraría aquello un acto de traición y que ella podría poner en juego la investigación e incluso su placa, que su hermana le diría que no se podría haber buscado un amante peor que un McCafferty, pero a pesar de todo… Los labios de Matt eran demasiado seductores y el deseo que sentía en su interior era ya imposible de negar.
El le quitó las horquillas del cabello y se lo soltó por los hombros. A continuación, deslizó una mano por debajo del albornoz. La oleada de deseo que Kelly sintió fue imposible de negar. Deseaba tanto a aquel hombre… Se ofreció más a él y Matt no lo rechazó. Tomó un pezón entre los labios y le arañó suavemente la piel con los dientes para luego lamérselo ávidamente.
Kelly sintió que se estaba deshaciendo por dentro. Se sentía cálida, húmeda, entre las piernas. Como si él le hubiera leído el pensamiento, deslizó la mano hacia abajo, acariciándole suavemente el abdomen hasta hundirse en los rizos que le adornaban la entrepierna. Siguió buscando más allá para encontrar por fin el pequeño montículo que la hacía volverse loca de pasión. Comenzó a estimulárselo sin dejar de besarle los pechos. Poco a poco, la lujuria fue apoderándose de ella. Kelly comenzó a gemir y a agitarse, deseando mucho más… todo lo que él pudiera darle. La piel le ardía y el sudor le empapaba la frente.
Kelly prácticamente le arrancó los botones de la camisa. Deslizó las manos por debajo de la tela para encontrar un musculoso torso cubierto de mullido vello negro. Tocó los fuertes y fibrosos músculos, sintió cómo él gozaba, pero no le resultó suficiente. Necesitaba sentirlo aún más, sentirlo en su totalidad, frotarse contra él, piel contra piel, corazón contra corazón…