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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Charmaine no tardó en reunirse con ella en el porche.

– Oh, Dios mío -susurró en el instante en que apareció el jeep-. Que traigan a Josh con ellos, por favor… -echó a correr hacia el garaje, seguida de su hermana.

Reginald apagó el motor y bajó del vehículo. Parecía exhausto. Sus ojos cansados buscaron los de su hija mayor.

– Supongo que esa mirada quiere decir que no habéis localizado a Josh… -Charmaine estuvo a punto de desmayarse-. ¿No lo habéis encontrado? -preguntó, angustiada.

Wade bajó también del jeep. Cuando iba a pasarle un brazo por los hombros a Charmaine, ésta lo rechazó bruscamente. Tenso, lanzó una helada mirada a Savannah.

– Ahora supongo que me echas la culpa a mí -dijo a su esposa.

– Yo no culpo a nadie -susurró Charmaine antes de golpear el capó del vehículo con el puño cerrado-. ¡Sólo quiero que Josh vuelva sano y salvo a casa!

– ¿Y Travis? -inquirió Savannah, angustiada-. ¿Por qué no ha regresado con vosotros?

– La última vez que lo vimos no había tenido mucha suerte -explicó Reginald-. Iba a intentar seguir el rastro todo lo posible. Tuvimos que volvernos porque parecía como si el caballo se hubiera evaporado.

– Yo ni siquiera estoy seguro de que ése fuera el rastro de Mystic -añadió Wade, pellizcándose nervioso las guías del bigote-. Lo peor de todo es que Travis no lo encontrará, al menos esta noche. Esas huellas apenas eran visibles. Ahora que ya ha oscurecido, seguir rastreando sería una pérdida de tiempo. Tendremos que avisar a la policía para que mañana lo busquen con helicópteros.

– ¡No! -chilló Charmaine, sacudiendo enérgicamente la cabeza y mirando airada a su marido-. ¡Tenemos que encontrarlo! ¡Esta misma noche! ¡Morirá congelado si no lo localizamos pronto!

Savannah no podía menos que estar de acuerdo con su hermana. Ella misma se moría de ganas de incorporarse a la partida de búsqueda. Travis y Josh estaban en alguna parte, tal vez heridos… Sin embargo, procuró controlarse y pasó a relatarle a su padre lo ocurrido durante el día.

– Hace un rato hemos estado hablando con la oficina del sheriff.

– Será mejor que volvamos a llamar -reflexionó Reginald en voz alta.

Una vez dentro de la casa, Savannah telefoneó al ayudante Smith y le contó que la partida de rastreo había vuelto sin Josh y sin Mystic. Charmaine, intentando dominarse, le habló a Wade de los periodistas, de la entrevista con el ayudante del sheriff y de lo que había dicho.

– ¿Dónde podrá estar? -exclamó Wade, rabioso, mientras se servía una copa.

– Tiene que estar en alguna parte del rancho -repuso Reginald.

– Pero hemos registrado hasta el último rincón.

– Sólo las zonas a las que podía acceder el jeep.

– El resto es cosa de McCord. Tendrá que bajar a los barrancos e internarse en los bosques. Como te dije antes, nuestra única esperanza son los helicópteros de mañana.

Savannah entró en aquel momento en el salón. Sólo alcanzó a escuchar la última frase de la conversación, pero, por el brillo de temor de los ojos de Charmaine, dedujo que no se había tomado ninguna decisión importante.

– Voy a subir a ver a tu madre -informó Reginald. Lo dijo con tono temeroso, como si le diera miedo hablar con ella-. ¿Cómo ha pasado el día?

– Muy preocupada, como todos.

Sadie entró en aquel momento con la intención de levantarles el ánimo.

– La cena está preparada. Vamos, a comer todos. Ya idearéis algún plan mientras cenáis. Hay que llenar el estómago.

– Yo no tengo hambre -dijo Charmaine, pero Sadie la miró con severidad.

– La mesa está puesta para todos, incluida Virginia. ¡Una buena cena caliente os sentará bien!

Tanto insistió el ama de llaves que, finalmente, todo el mundo se sentó a la mesa. La conversación transcurrió en un ambiente tenso, tirante. Pese a lo sabroso de la comida, Savannah apenas la probó. Su cerebro funcionaba a toda velocidad. Si Travis no volvía a casa durante la próxima hora, ella misma saldría a buscarlo. Su padre se pondría furioso, por supuesto, así que tendría que salir sigilosamente y convencer al vigilante apostado en las cuadras.

No podía permanecer cruzada de brazos en aquella casa ni un minuto más. Estaba decidida a encontrar a Josh y a Travis esa misma noche, antes de que amaneciera.

Ocho

A las once en punto, Savannah se hallaba sola. Todo el mundo se había acostado después de escuchar las noticias. Agotada tras un día que había sometido sus nervios a tan dura prueba, se sentó en la cama. Pese a su cansancio, estaba demasiado inquieta. Y preocupada.

Con renovada determinación, se acercó al armario, se puso su ropa de montar y bajó sigilosamente las escaleras. Se detuvo en la cocina para recoger dos cajas de fósforos, dos bengalas y una interna de armario. Añadió a todo eso unas cuantas barritas energéticas y se las guardó en un visillo del abrigo.

«Salir con este tiempo es una locura», se dijo reentras se ponía los guantes y se enrollaba una bufanda al cuello, antes de salir por la puerta trasera. El aire frío de la noche penetraba el cuero de su abrigo como si fuera un cuchillo. Atravesó el patio y tomó el sendero que llevaba a las cuadras.

El viento silbaba y ululaba entre los árboles. Tenía que encontrar a Josh y a Travis, sin tiempo que perder. Según las últimas noticias, la tormenta no levantaría hasta pasados varios días. «Ahora o nunca», se dijo mientras caminaba por la nieve.

– ¡Alto! -gritó una voz masculina cuando ya se disponía a abrir la cuadra principal-; ¡Señorita Beaumont! ¿Qué está haciendo?

Era Johnny, el mozo de cuadra que se había ofrecido a hacer de vigilante.

– Voy a salir a buscar a Josh.

– ¿Esta noche? ¿Está loca?

– Quizá, pero no puedo seguir de brazos cruzados ni un minuto más.

El joven se puso muy nervioso. Estaba acostumbrado a recibir órdenes de Savannah, pero no podía creer que pensara seriamente en desafiar una tormenta de aquellas características y, además, de noche.

– Su padre me ordenó que no dejara salir ninguno de los caballos de las cuadras.

– Ya lo sé, Johnny, pero Mattie es «mi» yegua.

– Pero salir ahora con esta tormenta…

– Tendré cuidado -prometió ella.

– Pero señorita Beaumont…

– No tienes que responder de mí ante mi padre. Yo asumo la plena responsabilidad de mis actos -al ver que seguía sin convencerlo, continuó insistiendo-. Mira, te prometo que no saldré de los límites del rancho. Si la tormenta empeora, volveré. Ya conoces a Mattie: sabría encontrar el camino de vuelta a las cuadras en medio de un terremoto.

– Bueno, usted es la jefa -cedió al fin-. Pero creo que debería informar a Wade o a Reginald.

– ¿Y preocuparlos aún más? Porque si les gusta como si no, pienso salir en busca de Josh.

Terminó de abrir la puerta y entró en la cuadra. Ya no oyó ninguna protesta más de Johnny. «Quizá se lo diga a mi padre», pensó mientras ensillaba a Mattie. La yegua, viendo interrumpido su descanso, soltó un relincho.

– Tranquila, chica -susurró-. Por el momento todo va bien.

Al parecer, Johnny había decidido no informar inmediatamente a Reginald. Si lo hubiera hecho, su padre se habría presentado allí corriendo. Le dio las gracias en silencio.

Sacó la yegua de la brida por la puerta trasera y atravesó los potreros, encorvada contra el viento. Luego montó y picó espuelas.

– Vamos.

Decidida a guiarse por su intuición, ignoró el rumbo de las primeras huellas de Mystic y enfiló hacia el estanque. Mientras rodeaba lentamente el pequeño lago, llamó varias veces a Josh. Nada. Gritó de nuevo. Ninguna respuesta.

– Primera derrota -masculló. Alejándose del lago, llegó hasta un campo cercano, con un antiguo manzano y una casa-árbol que Josh se había construido el verano anterior. Después de atar a Mattie, desmontó y subió por la escala de tablas provista de una linterna. El interior del escondite estaba desierto. No había señal alguna del niño.

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