La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Serás la primera en saberlo.
Charmaine pasó de largo a su lado sin mirarla siquiera. Minutos después, Savannah escuchó el portazo del despacho. Se abrazó, desesperada. Seguro que Travis encontraría a Josh y que, en cuestión de un par de horas, todo estaría arreglado. Era una cuestión de tiempo…
Volvió a echar un vistazo a su madre: se había quedado dormida. Recogió de la mesilla la taza de café, que no había probado, y bajó a la cocina. Luego, dejándose llevar por un impulso, marcó el número de Sadie Stinson. El ama de llaves vivía a un par de kilómetros del rancho, en dirección opuesta a las colinas, pero existía la remota posibilidad de que Josh hubiera buscado consuelo en su compañía. Nadie respondió.
Recogió su abrigo para ir a las cuadras. No dejaba de repetirse que todo se acabaría arreglando. Mientras tanto, tenía trabajo que hacer. Había que dar agua a los caballos.
El ayudante del sheriff, un joven pelirrojo de mirada seria y sonrisa tensa, se presentó esa mañana en la granja. Tras disculparse por no haber acudido antes, tomó declaración a todo el mundo y luego fue con Savannah hasta la oficina situada encima de las cuadras de los potrillos.
– ¿Así que usted no cree que el caballo haya sido robado? -inquirió. Savannah le ofreció una taza de café y se sentó al lado de la ventana.
– No, todo indica que fue Josh quien se lo llevó.
– ¿El chico dejó alguna nota?
– Ninguna que hayamos encontrado.
– Y no se molestó en despedirse de nadie.
El joven ayudante de sheriff anotó algo en su libreta.
– Bien. Ahora el caballo: Mystic. ¿Es el mismo que ganó el Gran Premio de este año?
– Sí.
– Así que es muy valioso.
– Mucho.
– Y estará asegurado, supongo.
– Por supuesto. ¿Adonde quiere ir a parar?
– Sólo estoy revisando todos los supuestos. ¿Diría usted que Mystic es el caballo más valioso del rancho?
– Sin duda alguna.
– ¿Y sería fácil que otra persona, alguien ajeno al rancho, lo reconociera?
– No lo sé. Su pelaje es negro brillante, así que supongo que sí. La mayor parte de los purasangre son zainos o castaños.
– ¿Y los otros potros?
– Tenemos otro negro, Black Magic, pero es algo mayor que Mystic. De hecho, es su padre.
– Entiendo. Pero ¿podría alguien diferenciarlos?
– Temperamentalmente son como la noche y el día. Black Magic es muy dócil y Mystic, todo lo contrario. Y Magic tiene las patas blancas. Ambos están registrados en el Jockey Club, con sus descripciones. Supongo que alguien con un mínimo conocimiento previo no se habría equivocado de caballo -reflexionó Savannah-. Pero no creo que tengamos que preocuparnos de eso. Josh ha desaparecido. Estaba muy encariñado con Mystic y esa noche había tenido una horrible discusión con su padre.
– Ya. ¿Así que usted piensa que el niño se escapó con el animal más valioso del rancho durante la peor tormenta de nieve de los últimos quince años? -inquirió, suspicaz.
– Sólo tiene nueve años y estaba muy afectado, de modo que… sí, eso creo yo.
– Bueno -se guardó la libreta y apuró su taza de café-. Echemos un vistazo a la cuadra de donde desapareció el caballo.
Savannah lo guió por el sendero que llevaba a las cuadras de los sementales. Smith entró y se dedicó a observarlo todo, tomando notas. Después de registrar todos los rincones y preguntarle de nuevo por qué Lester creía haber oído a alguien allí la noche anterior, salió por fin del edificio.
Para cuando hubo terminado con la investigación y se alejaba ya del rancho a bordo de su vehículo, Savannah estaba tan agotada como deprimida.
– Yo creía que ese policía iba a hacer algo útil, aparte de husmearlo todo y hacer unas cuantas preguntas -comentó Charmaine con tono amargo cuando la vio entrar en la cocina.
– Me ha prometido que peinará todas las carreteras y que facilitará la descripción de Josh y de Mystic a todos los agentes del condado -le informó Savannah mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba detrás de la puerta-. Y cuando tenga más agentes libres, volverán. No sé qué más pueden hacer.
– Yo albergaba la esperanza de que, a estas horas, Josh ya hubiera regresado a casa.
– Y yo.
Charmaine bajó la mirada al suelo, mordiéndose el labio.
– Soy consciente de que me he portado mal contigo, Savannah. No debí haberte echado la culpa.
– Lo sé.
– Antes te dije unas cosas horribles…
– Bueno, siempre lo haces cuando te enfadas.
– Pero entonces ¿por qué lo soportas?
– Porque sé que estás haciendo todo lo posible y que estás terriblemente preocupada por Josh. Y… -vaciló por un momento, pero finalmente decidió decirle lo que pensaba- porque te empeñas en no culpar a Wade.
– Tienes razón -admitió Charmaine cerrando "os ojos-. Gracias por ser tan comprensiva.
– Para eso somos hermanas, ¿no?
Savannah desvió la mirada hacia la ventana y contempló las cuadras con el telón de fondo de las colinas. Sus pensamientos estaban con Travis y Josh… allí donde se encontraran.
Travis volvió a estudiar las huellas en la nieve y maldijo entre dientes. Los cascos de Mystic se habían ido desdibujando hasta casi desaparecer en un bosque de abedules, cerca de un arroyo helado.
Se encontraba en los límites del rancho de los Beaumont. La tierra que se extendía al otro lado de la cresta rocosa era propiedad del gobierno federal.
– No puede haber entrado allí -se dijo por tercera vez-. No hay puerta, y Mystic es demasiado listo para intentar saltar la cerca.
Frunciendo el ceño, pensó en el chico. Debía de estar terriblemente asustado. Quizá Reginald y Wade ya lo habrían encontrado. Habían transcurrido dos horas. Rezó para que el niño estuviera en aquel momento en su casa.
Aquel tiempo era una maldición para cualquier persona o animal. Se había levantado un viento muy fuerte y la nieve seguía cayendo, helada. Un niño de nueve años no podía sobrevivir en aquellas condiciones.
Pensó en Savannah, en su hermoso rostro y sus fascinantes ojos azules. Menos de doce horas antes, la tenía en sus brazos, desnuda, febril de pasión… Se quedaría destrozada si el niño no aparecía. Volvió a montar y se esforzó nuevamente por encontrar el rastro.
– ¡Josh! -gritó, haciendo bocina con las manos enguantadas-. ¡Josh!
La única respuesta fue el silbido del viento.
Durante varias horas, Savannah intentó mantenerse ocupada en la casa. Cuando finalmente consiguió contactar con Sadie Stinson para contarle lo de Josh, el ama de llaves insistió en desafiar la tormenta y conducir hasta el rancho. Pese a sus protestas, no cedió.
En aquel momento, sin embargo, se alegraba de que Sadie estuviera con ella. El simple sonido de los cacharros en la cocina y el aroma a estofado consiguieron que se sintiera algo más relajada.
– Cuando ese niño vuelva a casa, tendrá hambre -había asegurado-. ¡Y seguro que los hombres también comerán algo! No te preocupes, Savannah. Josh es un chico muy listo: seguro que se las arreglará. Y en cuanto a Travis, no dudo ni por un momento de que acabará encontrándolo.
Aunque Savannah conocía el inveterado optimismo de aquella mujer, le agradeció sus palabras de ánimo. Reinaba en la casa un ambiente opresivo, asfixiante. Al mirar por la ventana, observó que el cielo seguía oscuro y nublado, pero al menos ya no nevaba tanto. «Quizá la tormenta esté empezando por fin a amainar», pensó sin demasiadas esperanzas.
Salió de la casa y se dirigió a las cuadras para ordenar a los escasos mozos que permanecían en el rancho que sacaran a los caballos para ejercitarlos un poco.
– Mantenedlos en los potreros cercanos -dijo a uno de ellos-. Quiero que estiren un poco las patas -alzó la mirada al cielo-. No sé cuándo parará esta tormenta. Si hiela, quiero a todos los caballos dentro.