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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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– Quizá no -replicó ella, esperanzada.

Lester y Reginald ya habían abierto la puerta trasera. El caballo se encontraba en un estado de shock. Con los ojos desorbitados, dio un violento respingo cuando el veterinario se inclinó hacia él.

– Parece una fractura. Los huesos de la articulación -dijo Lester mientras Steve procedía a examinarlo.

El veterinario frunció el ceño nada más ver la herida. Cuando intentó ponerle una férula en la pata, el animal se revolvió.

– Hay que llevarlo inmediatamente a la clínica -reflexionó en voz alta-. Necesitaré hacerle una radiografía y probablemente habrá que operar. Ojalá no tenga nada roto. Sin embargo, debo ser realista. Me temo que Lester está en lo cierto.

A Savannah se le hizo un nudo en la garganta. Travis procuraba consolarla en silencio.

– Será mejor que nos pongamos en marcha -aconsejó Steve.

– Adelante -dijo Reginald-. Travis, ¿querrías conducir tú la camioneta?

– Claro -respondió, ceñudo.

– Yo también voy -afirmó Savannah con tono firme-. Esta vez no me vais a dejar aquí sola.

– No. Tú tienes que quedarte aquí -replicó su padre.

– ¿Por qué?

– Es evidente. Necesitas descansar.

– ¡Estoy perfectamente!

Reginald montó en cólera.

– ¡Ya has jugado bastante a la heroína saliendo a buscar a Josh! Ya está bien. Te necesitamos aquí. Piensa un poco. ¿Y si Charmaine llama para darnos noticias de Josh? ¿Es que no quieres enterarte de su estado?

Savannah miró impotente a su padre y luego a Travis.

– Está bien -cedió, reacia-. Pero esto empieza a parecer una conspiración…

– No te creas -repuso Reginald, ya más tranquilo-. Necesito que alguien se quede aquí para encargarse de todo. Tan pronto como sepamos algo más sobre Mystic, te llamaremos.

Steve ya se dirigía hacia su todo terreno. Reginald y Lester subieron a la camioneta. Travis parecía terriblemente cansado. Pese a ello, Savannah vio brillar una promesa en sus ojos.

– Volveré. Pronto.

– Te estaré esperando -sonrió alzando una mano para acariciarle la barbilla.

Savannah se quedó donde estaba mientras veía alejarse la camioneta. Nunca en toda su vida se había sentido tan sola. Josh estaba de camino al hospital. Travis, Lester y Reginald se llevaban a Mystic hacia un destino en el que prefería no pensar. Mientras ella se quedaba sola como única responsable del rancho.

Estremecida, volvió a la casa y dejó entrar a Arquímedes. Era su única compañía.

Miró las primeras luces del alba por la ventana de la cocina y sacudió la cabeza. En aquel instante lo habría dado todo por estar en brazos de Travis.

Nueve

El tiempo parecía arrastrarse con desesperante lentitud mientras esperaba a saber algo de Josh y de Mystic. Ya casi había oscurecido cuando por fin sonó el teléfono. Era Charmaine. Parecía exhausta.

– Josh se pondrá bien.

Savannah se apoyó en la pared de la cocina, aliviada.

– ¡Gracias a Dios!

– Pero tendrá que quedarse unos días en el hospital. Tiene la clavícula y varias costillas rotas, aparte de un buen montón de moratones y arañazos. Afortunadamente no hay señal alguna de hemorragia interna. En dos o tres días debería estar fuera del hospital.

– Menos mal.

– Y que lo digas -Charmaine suspiró-. Dime, ¿sabes algo de Mystic? Josh no deja de preguntar por esa maldita criatura.

– Todavía no. El veterinario estuvo aquí y se lo llevó a la clínica de Sacramento. Todo el mundo, incluido el propio Steve, parece pensar que se ha roto una pata.

– ¿Se trata de una lesión grave?

– Muy grave.

– Entiendo -susurró Charmaine-. Pero se pondrá bien aunque ya no pueda volver a correr, ¿verdad?

– No lo sé. Supongo que muchos caballos lo hacen -reflexionó Savannah en voz alta-. Todo depende del caballo, de su fuerza mental, de la calidad de la atención veterinaria y de la suerte, entiendo yo. El problema es que el temperamento de Mystic trabaja en su contra. Estaba muy alterado. Y eso no es bueno.

– Pero seguro que podrán salvarlo.

– Eso espero, por el bien de todos -repuso Savannah. Sabía que si Mystic no sobrevivía, la culpa consumiría a Josh.

– Conservemos entonces la esperanza. Mira, te llamaré si cambiamos de planes… pero, al menos, por esta noche, Wade y yo nos quedaremos aquí.

– ¿Cómo está Wade?

– No muy bien. Josh ha admitido que si se llevó el caballo fue porque estaba enfadado con su padre. También me dijo que su intención era escaparse de casa. Incluso me contó cómo había arrancado el cable del sistema de alarma otra noche para poder entrar en los establos de noche.

Savannah soltó un profundo suspiro. Así que había sido él…

– Y ahora Josh tiene verdadero pánico a que su padre lo castigue… y le prohíba que vuelva a ver a Mystic. Un desastre, vamos.

– ¿Hay algo que yo pueda hacer?

– Ahora no.

– Llamaré a Josh por la mañana, cuando se encuentre mejor.

– Le encantará.

– ¿Cómo está mamá?

– Bien. Se queda aquí con nosotros.

Savannah pensó en la frágil salud de su madre.

– ¿Sabes? Creo que es la que mejor lo lleva de todos -comentó Charmaine antes de darle el número del hotel donde iban a alojarse-. Llámame si sabes algo nuevo de Mystic.

– Lo haré -le prometió.

Después de colgar el teléfono, miró el reloj. Las cuatro y media. Había pasado las seis últimas horas asegurándose de que los caballos estuvieran bien cuidados y las cuadras limpias y calientes. El cansancio le estaba pasando factura. Apenas podía tenerse de pie.

Todavía preocupada por Mystic y Josh, se duchó y cayó rendida en la cama.

Cuando se despertó, ya era noche cerrada. Una mirada al reloj de la mesilla le confirmó que habían transcurrido otras cuatro horas. Estaba intentando levantarse de la cama para llamar al veterinario cuando escuchó unas voces familiares en el piso de abajo. ¡Travis había vuelto a casa! ¡Quizá Mystic estuviera de regreso en las cuadras!

Se puso una bata y bajó apresurada las escaleras. Travis y Lester estaban hablando en la cocina. Ambos tenían aspecto de no haber dormido durante una semana entera.

Travis estaba sentado en el mostrador, los codos sobre las rodillas. Sin afeitar desde hacía dos días, tenía una expresión tensa y sus ojos grises habían perdido su brillo habitual. Se le veía completamente agotado.

Lester, por su parte, parecía haber envejecido diez años. El menudo y enjuto preparador estaba sentado ante la mesa de la cocina tomando café y fumando un cigarrillo. Tenía una mirada triste, deprimida. Instintivamente, Savannah se preparó para lo peor.

– ¿Cómo está Mystic?

Los dos hombres cruzaron una mirada de preocupación.

– Ha muerto -respondió Travis-. No tenía la menor oportunidad -disgustado, se bajó del mostrador y lanzó el resto de su café al fregadero con gesto rabioso.

– ¿Qué? Oh, no…

– Tu padre lo ha sacrificado -la informó Lester-. Era lo único que podía hacer por él.

– Pero ¿por qué? -inquirió Savannah, dejándose caer en una de las sillas.

– No es culpa de nadie. Steve hizo todo lo posible por salvarle la pata -le explicó Lester-. Pensó que podía hacerlo, pero… -el preparador sacudió la cabeza, soltando una bocanada de humo-. Mystic, sencillamente, no pudo soportarlo.

– ¿Qué pasó exactamente?

– Por lo que yo sé, la operación fue todo un éxito -Travis se frotó el mentón, oscurecido por la barba-. Después de sedar a Mystic, Steve limpió la herida, retiró parte de los huesos rotos, le cosió los ligamentos, juntó los huesos principales y le escayoló la pata.

– Entonces ¿qué es lo que falló?

– Mystic se puso como loco cuando se despertó de la anestesia -dijo Lester, fumando su cigarrillo de pie ante la ventana-. No podíamos controlarlo.

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