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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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«¿Y Josh? ¿Qué pasará con Josh?», se preguntó, deprimida, pero procuró concentrarse en el trabajo que tenía por delante. La visión de los potrillos no pudo menos que arrancarle una sonrisa. La mayoría nunca había visto la nieve antes, de manera que saltaban y hacían cabriolas nada más salir de los establos.

De repente oyó el sonido de un motor. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Un todo terreno plateado aparcó cerca de la casa. No reconoció el vehículo, pero podía pertenecer a alguno de sus vecinos. ¡Quizá alguien había visto a Josh!

Casi resbaló mientras subía los escalones del porche. Al entrar en el salón, vio a Charmaine de pie junto a la chimenea, nerviosa, muy pálida. Dos jóvenes desconocidos estaban sentados en el sofá. Uno de ellos, el más bajo, llevaba una cámara y el otro, una grabadora.

– Te presento a John Herman y Ed Cook, del Register. Mi hermana, Savannah Beaumont.

Ambos se levantaron para estrecharle la mano.

– Es un placer, señorita Beaumont.

– Se han enterado de lo de Mystic y Josh -la informó Charmaine. Su voz apenas era un susurro. Se apoyaba en la repisa de la chimenea como si fuera a caerse al suelo en cualquier momento.

– No creo que podamos decirles gran cosa -admitió Savannah, forzando una sonrisa. ¿«Qué diablos está haciendo la prensa aquí y quién los habrá enviado?», se preguntó para sus adentros-. Al menos de momento.

– Pero seguro que podrá confirmarnos el rumor de que Mystic ha desaparecido… -sugirió John, el más alto.

– Sí, es verdad. Desapareció anoche.

– Lo robaron.

– No, no lo robaron -lo interrumpió Charmaine-. Al parecer mi hijo Josh lo sacó a dar un paseo.

John Herman arqueó las cejas, escéptico.

– ¿Con esta tormenta? -sacudiendo la cabeza como si no creyera una sola palabra, encendió la grabadora-. Deben de estar ustedes muy preocupadas. De lo contrario no habrían llamado a la policía. ¿Qué ocurrió realmente?

– Ya se lo hemos dicho todo.

– ¿Adonde cree que puede haber ido su hijo montado en un caballo así? -preguntó el periodista a Charmaine.

– No tengo ni idea.

– ¿Es que se ha escapado?

– ¡No! -exclamó Charmaine, furiosa, apartándose de la chimenea para acercarse a la ventana.

– Entonces ¿quién anda ahí fuera, buscándolo?

– Algunos de los trabajadores del rancho. Hemos avisado a los vecinos, claro está, así como a la oficina del sheriff.

– Quizá nosotros podamos serles de alguna ayuda.

– ¿Cómo?

– Si nos facilitan una fotografía de Josh, la publicaremos en el periódico. Tal vez alguien que haya podido ver al chico lo reconozca. En cuanto al caballo, tenemos numerosas imágenes suyas en el archivo, ¿verdad, Ed?

– Sí, unas treinta, creo.

– Bien.

– Bueno, merece la pena intentarlo, ¿no? -sonrió John.

– Sí -afirmó Charmaine-. Tengo una foto muy reciente de Josh. Arriba, en su habitación. Voy a buscarla -contenta de tener una excusa para abandonar el salón, y entusiasmada también por aquella nueva oportunidad de encontrar a su hijo, subió apresuradamente las escaleras.

– Les agradeceré toda la ayuda que puedan brindarnos -dijo Savannah, relajándose un tanto.

– Bien. Entonces quizá quiera explicarnos algunas cosas…

– Ustedes dirán.

– ¿Por qué ha regresado Travis McCord al rancho Beaumont? Aquí es donde se crió, ¿verdad?

– Vino a vivir con nosotros cuando tenía diecisiete años -respondió con un nudo de emoción en el pecho.

– Y ahora ha vuelto. Circulan varios rumores sobre él. Hay gente que sostiene que ha renunciado a presentarse a gobernador del Estado.

– Ignoraba que hubiera anunciado siquiera su candidatura -replicó, tensa.

– Oficialmente no. Pero ciertas personas, entre ellas la empresaria Eleanor Phillips, afirman haber donado dinero para su campaña.

– ¿Sin haber anunciado formalmente su candidatura? -preguntó Savannah, procurando disimular una punzada de temor-. Eso no parece un movimiento muy inteligente por su parte. ¿Está seguro de haber cotejado bien esa información?

El periodista esbozó una sonrisa incómoda.

– Sí, pero de todas formas me gustaría solicitar una entrevista con el señor McCord.

– Ahora mismo no está.

– Entonces quizá usted o alguna persona quiera contarnos su versión de los hechos. Ya sabe, por qué McCord regresó aquí procedente de Los Ángeles con la idea de dejar la abogacía y renunciando a sus intenciones de presentarse a gobernador.

– No puedo decirle nada porque nada sé al respecto -mintió Savannah-. Y aunque lo supiera, tampoco estoy muy segura de que quisiera contárselo. Lo que haga Travis McCord con su vida es asunto de su exclusiva incumbencia.

– ¡Aquí tienen! -Charmaine se presentó de pronto, tendiéndoles la reciente foto de Josh-. Les agradezco sinceramente su ayuda.

– No es nada -repuso el periodista, sosteniendo la mirada helada de Savannah-. Si cambia de idea o tiene algo que añadir a la historia, ya sabe… -le ofreció su tarjeta-. Ah, y dígale por favor a McCord que nos pondremos en contacto con él.

– Lo haré -prometió Savannah mientras su hermana los acompañaba hasta la puerta. Una vez que se hubieron marchado, lo primero que hizo fue tirar la tarjeta al fuego de la chimenea.

Charmaine se detuvo en el vestíbulo antes de volver a subir las escaleras.

– ¿Crees que la publicación de la foto de Josh en el periódico servirá de algo?

– No lo sé, pero nunca está de más. Daño no hará. Esperemos, sin embargo, que Josh esté de vuelta para cuando el Register salga a la calle.

– Oh, Dios mío, sí -susurró Charmaine, desesperada-. Si no aparece esta noche… -contempló por la ventana el cielo cada vez más oscuro.

– Aparecerá -le prometió Savannah.

Sus propias palabras le sonaban vacías.

A la caída de la noche, Lester y el mozo de cuadra volvieron para informar de que no habían encontrado rastro alguno ni de Josh ni de Mystic. Mientras el preparador revisaba los caballos, Savannah lo acompañó para ponerlo al tanto de lo acontecido en la casa.

– ¿Por qué no se ha presentado ese maldito electricista para reparar el cable del sistema de alarma?

– La tormenta. O, al menos, eso fue lo que me dijo cuando lo llamé -respondió Savannah.

– Justo lo que necesitamos. ¿Qué tal está reaccionando tu madre?

– No muy bien -admitió-. Josh siempre ha sido muy especial para ella.

– Para ella y para todos -el preparador frunció el ceño-. Excepto quizá para su propio padre. ¿Sabes?, no entiendo por qué ese hombre lo trata tan mal. Si yo fuera Reginald… -se interrumpió-. Bueno, supongo que tu padre sabrá lo que se hace. Que Wade sea un mal padre no significa que no sepa llevar un rancho. Y aunque me cueste admitirlo, creo que en ese sentido ha hecho un trabajo pasable.

– Pasable pero no brillante, ¿verdad?

– Como te dije una vez, Wade es un contable, un contable más o menos bueno, supongo. Pero jamás imaginé que un día querría ponerse a trabajar con caballos…

Una hora después Savannah estaba en la casa, revisando los libros de contabilidad y preguntándose por lo que Travis habría estado consultando la víspera. Nunca se le habían dado bien los números y ese día, con todas las preocupaciones que la asaltaban, era absolutamente incapaz de concentrarse en nada. Así que cerró los libros y se recostó en el sillón, pensativa.

Apenas la noche anterior había estado durmiendo en brazos de Travis. Nunca se había sentido más segura, más querida. Y en ese momento él estaba allí afuera, con aquella tormenta, buscando a Josh en la oscuridad…

Se levantó al escuchar el distante rumor de un motor. El corazón se le aceleró cuando reconoció el jeep de su padre. Recogió su abrigo y salió precipitadamente de la casa.

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