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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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– ¿Del rancho?

– Sí.

– ¿Por qué?

– Simple curiosidad -estaba mirando al suelo. Fue entonces cuando él también descubrió las otras huellas en la nieve-. ¿De quién son estas huellas? Lester es el primero en llegar, pero son demasiado pequeñas para que sean suyas -frunció el ceño-. Y mira el dibujo de las suelas. No son botas de montaña, sino más bien calzado deportivo.

A Savannah le dio un vuelco el corazón. Los copos de nieve caían sobre su melena de ébano y tenía las mejillas enrojecidas por el frío.

– ¿Como las zapatillas de Josh?

– Exacto -asintió Travis mientras seguía con la mirada la hilera de huellas que llegaba hasta la cuadra de los sementales. Frunció el ceño.

– Pero ¿qué puede estar haciendo ahí tan temprano?

– Eso es lo que vamos a averiguar ahora mismo.

Travis abrió la puerta de la cuadra y encendió la luz.

– No parece que haya nadie -comentó Savannah-. Esto se parece a lo de ayer por la mañana. Lester me dijo que había oído un ruido, pero que no vio a nadie.

– Extraño.

– Más bien, inquietante.

Varios sementales relincharon casi con desprecio, alertados. Travis se detuvo bruscamente al final del pasillo.

– ¿Dónde está Mystic?

– ¿Qué quieres decir? Está aquí, en el cubículo del fondo… -echó a correr hacia allí con el corazón acelerado. Se le hizo un nudo en la garganta al descubrir el pesebre vacío.

– ¿Dónde más puede estar?

– En ninguna parte -Savannah retrocedió lentamente sobre sus pasos y contó los sementales. Eran siete, todos en sus respectivos cubículos. Menos Mystic, que parecía haberse evaporado.

– ¿No decía Joshua que quería montar a Mystic? -le preguntó Travis.

– Pero no es posible… No ha podido llevárselo -estaba tan afectada que tuvo que apoyarse en la puerta de las cuadras.

– ¿Por qué no?

– Sólo es un niño…

– Un niño furioso y humillado.

– Ay, Dios mío. No creo que Josh haya podido marcharse así. No en medio de una nevada. Y montando a Mystic, por el amor de Dios…

– Anoche Wade puso a su hijo en una situación desesperada -afirmó Travis. Recorrió también el pasillo central, con los puños apretados, rabioso-. Lo mataré -masculló entre dientes-. Si a ese niño le ha pasado algo… ¡puedes estar segura de que mataré a su padre con mis propias manos!

– ¡Espera! Antes de dar el aviso en la casa, creo que deberíamos revisar el resto de las cuadras y los potreros. Quizá Mystic se haya escapado solo.

– ¿Lo crees sinceramente?

– No, pero, de todas formas, hemos de asegurarnos. Tú mira en las otras cuadras. Yo voy a avisar a Lester.

Travis se puso en marcha. Savannah se quedó para llamar a Lester por el teléfono del establo.

– ¿Diga?

– ¡Lester!

– Me disponía a salir para allá. ¿Qué sucede?

– Es Mystic. No está en las cuadras.

– ¿Qué?

– Se ha ido.

El preparador maldijo entre dientes.

– Pero si yo mismo lo encerré anoche…

– ¿Estás seguro?

– Claro que sí.

A Savannah le flaquearon de nuevo las rodillas.

– ¿Alguna pista? -preguntó Lester.

– Sí, unas huellas que van de la casa a las cuadras. Más pequeñas. Quizá Josh sepa algo al respecto.

– Bueno, pregúntaselo.

– Lo haré -le prometió. «Si es que sigue aquí», añadió para sus adentros.

– Te veré dentro de veinte minutos.

Travis regresó justo cuando colgaba el teléfono.

– No ha habido suerte -la informó, sombrío.

– Lester encerró a Mystic en la cuadra.

– Entonces parece que se lo ha llevado Josh -descorrió la puerta del fondo. Se usaba muy rara vez, sólo para la descarga del grano-. Y esto lo confirma -en la nieve había dos tipos de huellas: las del caballo y otras idénticas a las que habían visto antes.

– Dios mío -exclamó Savannah. Las huellas del caballo se perdían en dirección a las colinas-. Se congelará -susurró con los ojos llenos de lágrimas.

– No si podemos evitarlo -dijo Travis-. Vamos.

Echaron a correr hacia la casa. Savannah no se molestó en quitarse las botas antes de subir corriendo las escaleras.

– ¿Qué pasa? -inquirió Charmaine, soñolienta, saliendo de su habitación.

Sin detenerse a responder a su hermana, Savannah entró en la habitación del niño. Las sábanas estaban por el suelo. En el armario faltaba su abrigo, así como su sombrero y sus deportivas favoritas. Charmaine entró detrás.

– ¿Dónde está Josh? -inquirió, aterrada.

– No lo sé -admitió Savannah-. Creemos que se ha llevado a Mystic.

– ¡Mystic! ¿Qué quieres decir?

– Lo único que sabemos es que Mystic no está -la informó Travis-. Hay unas huellas pequeñas que van a las cuadras y parece que alguien lo sacó de su cubículo y cabalgó hacia las colinas.

– ¡No! No puede haber sido Josh -musitó Charmaine, sacudiendo la cabeza-. Él no habría hecho eso. Tiene que estar aquí, en el rancho, por alguna parte, escondido quizá…

– Él me dijo que quería montar a Mystic -le aseguró Savannah.

– ¿Qué diablos está pasando aquí? -Wade apareció de pronto en la puerta, con cara de sueño.

– Dicen que Josh ha desaparecido -susurró Charmaine, desesperada.

– ¿Desaparecido?

– Se ha ido, Wade -señaló a Savannah y a Travis-. Y piensan que se ha llevado a Mystic.

– ¿Que Josh se ha llevado a Mystic? Eso es imposible. Ese demonio de caballo no deja que nadie se le acerque. Dios mío, ¿no estaréis hablando en serio? -inquirió, espabilándose al momento.

– Por supuesto que sí -le confirmó Travis.

– No me lo creo. Tiene que estar aquí, en alguna parte -insistió Charmaine, buscándolo frenéticamente en la habitación-. ¿Josh? ¡Josh!

Travis la agarró de un brazo.

– Ya hemos mirado por todas partes. Si no, no os habríamos avisado.

– Pero… ¡está helando fuera! -Charmaine se liberó bruscamente-. Josh no puede haber salido con este frío… y no se llevaría el caballo -poco a poco fue asimilando la gravedad de la situación-. Dios mío…

– Hay que llamar al sheriff -propuso Savannah.

– ¡Al sheriff! -Charmaine estaba horrorizada. Fuera de sí, se desahogó con la persona que tenía más cerca-. Si todo esto es cierto, la culpa es tuya, Savannah. Tú le has contagiado esa pasión tuya por los caballos… ¡y le habrás metido en la cabeza la estúpida idea de montar a esa fiera!

Travis se interpuso entre las dos.

– ¡No es momento de acusar a nadie! Tenemos que encontrar a Josh.

– Esto es una locura -masculló Wade-. Josh no se llevaría a Mystic. ¿Para qué iba a llevarse a un caballo de carreras?

– Quizá porque es el único amigo que tiene. O al menos eso piensa él… -señaló Savannah, esforzándose por contener las lágrimas.

– ¡Te equivocas! -Wade se puso a pasear por la habitación, nervioso-. No es más que una de esas rabietas suyas. Seguro que estará escondido en alguna parte, riéndose de nosotros…

– Sólo tiene nueve años… -gimoteó Charmaine.

– ¡Sí, y tú lo maltrataste y lo humillaste anoche! -espetó Savannah a Wade sin poder contenerse.

– Vamos, dejadme en paz de una vez… ¿Sabes una cosa, Savannah? Tu hermana tiene razón. Le has estado llenando la cabeza al chico con todo tipo de ideas absurdas. Nunca debiste haberle transmitido tu afición por los caballos. Si algo le sucede a mi hijo… ¡te hago personalmente responsable de ello!

– Y si algo le sucede a Savannah o a Josh… -intervino Travis, colérico-, ¡tú tendrás que responder ante mí, Benson! Y ahora, basta de discutir y en marcha. Savannah, ¿quieres llamar al sheriff? Quédate aquí con Virginia por si acaso llama alguien. Los demás nos dedicaremos a seguirle el rastro.

– Yo voy contigo -insistió Savannah.

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