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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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– Yo volveré a buscar el caballo mientras tú te ocupas de Josh. Asegúrate de que llaman a la ambulancia. Y no te olvides del veterinario.

– Descuida -echó a correr hacia la casa.

Después de quitarse las botas en el porche, entró en la cocina y sonrió al ver a Arquímedes bajo la mesa.

– Sadie te despellejará vivo como te encuentre aquí.

Se quitó los guantes y los dejó sobre el mostrador. Frotándose las manos, se dirigió al despacho. Wade acababa de colgar el teléfono.

– ¿La ambulancia? -preguntó.

– Está en camino.

– Bien. ¿Qué tal está Josh?

– Charmaine lo ha subido a su habitación -contestó, preocupado-. No tiene buen aspecto.

– No me extraña. Se cayó del caballo y ha pasado veinticuatro horas bajo una tormenta de nieve.

– Espero que se recupere.

Savannah entrecerró los ojos. De repente volcó sobre su cuñado toda la furia y frustración que había acumulado durante las últimas horas.

– ¡Estaría bastante mejor si tú lo hubieras tratado como a un verdadero hijo!

– Yo lo intento…

– ¡Tonterías!

– No se me dan bien los niños…

– Es tu hijo, maldita sea. No quiero excusas. Lo único que quiere ese niño es una oportunidad. ¡Necesita tu amor y tu cariño!

– Lo sé, lo sé -admitió Wade, pasándose una mano por el pelo-. Pero no puedo evitar que me saque de quicio.

– Dios mío, has estado a punto de perder a tu hijo y lo único que se te ocurre es que te saca de quicio. Eso es sencillamente repugnante, Wade. ¡Piensa en lo mucho que ha sufrido!

– Savannah, no es momento para ponerse así… -repuso, pálido-. ¿Qué pasa con Mystic? ¿Dónde está?

– Sigue en las montañas. Travis y Lester van a ir a buscarlo -se apartó de él, asqueada, y marcó el número del veterinario del rancho, Steve Anderson.

Cuando le explicó la situación, el veterinario le aseguró que estaría allí lo antes posible. Acaraba de colgar cuando entró Reginald. Tenía aspecto de no haber dormido en toda la noche.

– ¿Qué es eso que he oído de que te has escapado de casa esta noche? ¿Has salido con esta tormenta?

– No podía dormir.

– Acabo de bajar de la habitación de Josh. Ese niño ha vivido un verdadero infierno. Y tú has cometido la mayor estupidez del mundo al salir con esta tormenta. Dios mío, Savannah… ¡Podríamos haberte perdido a ti también!

– Pero no ha sido así. Y Josh está a salvo.

– Gracias a Dios. Creo que necesito una copa.

– Yo también -lo secundó Wade, dirigiéndose al mueble de las bebidas.

– ¿Y tú qué haces que no estás arriba con tu hijo? -exclamó Reginald, airado.

Wade se detuvo en seco y se volvió para mirar a su suegro.

– Acabo de llamar a la ambulancia.

– Ya.

– Estoy tan preocupado como tú por Josh, pero pensé que sería mejor que pasara un rato a solas con su madre.

Savannah estaba harta de las excusas de su cuñado. Suspirando, informó a su padre de que Travis y Lester se disponían a salir a buscar a Mystic.

– Los acompañaré.

– Antes tienes que saber algo, papá. Mystic está herido.

– ¿Es grave?

– No lo sé, pero tiene una lesión en una pata delantera, a la altura del tobillo. Bueno, ya lo verás por ti mismo. Ya he llamado al veterinario.

– El caballo se pondrá bien -afirmó Wade, buscando la mirada de su cuñada en busca de apoyo.

– Eso espero -repuso ella antes de dirigirse hacia el vestíbulo-. Quiero ver a Josh antes de que llegue la ambulancia.

– Antes entra a ver a tu madre -le pidió Reginald mientras la acompañaba y descolgaba su abrigo del perchero-. Está terriblemente preocupada por el chico.

– Por supuesto.

– Dile a Josh que subo en un minuto -dijo Wade a Savannah-. Antes quiero asegurarme de que hay gente suficiente para salir a buscar a Mystic.

– Claro -suspiró, cansada. «Vuelve a dejar tu hijo para lo último», le reprochó en silencio mientras subía las escaleras.

El niño estaba en la cama.

– ¿Cómo te encuentras, campeón?

Josh intentó sonreír, pero no pudo. A Savannah se le desgarró el corazón al verlo.

– La ambulancia estará aquí enseguida. Ellos re curarán, ya lo verás.

– ¿Y Mystic? -inquirió con un hilo de voz.

– El abuelo y Travis lo traerán enseguida. Y ahora no pienses más en él. Tienes que concentrarte en curarte, ¿de acuerdo?

Josh se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos, rendido de cansancio.

La ambulancia llegó poco después. Dos sanitarios lo pasaron a una camilla y bajaron las escaleras. Savannah vio que Wade paseaba nervioso entre el despacho y el salón.

– ¿Tía Savvy? -susurró Josh, haciendo detenerse a los sanitarios en la misma puerta.

– ¿Qué, cariño?

– ¿Vendrás conmigo?

– Por supuesto -respondió, pero Wade alzó una mano para protestar.

– Ni hablar, Savannah. Quiero que dejes a mi hijo en paz. Si no lo hubieras animado a montar ese caballo, ahora mismo no nos encontraríamos en esta tesitura.

– Pero papá…

– Yo sólo he querido y quiero lo mejor para Josh.

– Por favor -suplicó el niño en tono desgarrador-. Ven conmigo…

Tragándose las ganas de llorar, Savannah lo miró y sacudió la cabeza.

– Iré a visitarte después, Josh. Antes tengo que recibir al veterinario para que pueda curar a Mystic.

– ¿Es que está herido?

– No lo sabemos, pero lo ha pasado tan mal como tú. Te prometo que en cuanto sepamos algo, te avisaré.

– De acuerdo -repuso con evidente esfuerzo.

– Bien. Y en cuanto vuelvas a casa, celebraremos la Navidad.

– Pero Navidad es mañana…

– Te esperaremos para celebrarla.

– ¿Me lo prometes?

– Te lo prometo -se separó de él, conteniendo las lágrimas.

– Yo iré con Josh -dijo Charmaine mientras majaba las escaleras cargando con un saco de dormir-. Wade nos seguirá en el coche.

– Yo también voy -declaró Virginia, apareciendo de pronto en el rellano. Se había vestido para salir.

– No tendrías que estar levantada -le reprochó Charmaine.

– Ya lo sé, pero Josh es mi nieto y quiero hacerle compañía en el hospital.

– ¿Señora? -le preguntó uno de los sanitarios a Charmaine, a la espera de su decisión.

– No hay tiempo que perder: nosotros nos vamos ya. Vosotros arreglaros como queráis -dijo a Wade y a Virginia antes de seguir a los sanitarios a la ambulancia.

– Ya está todo dicho -afirmó Virginia, tozuda.

– Pero mamá… -protestó Savannah. No llegó a acabar la frase, acallada por la mirada de desafío de su madre.

– ¿Estás segura? -preguntó Wade-. Sabes que deberías descansar y…

– Pienso ir al hospital. Será una buena oportunidad para que tú yo hablemos de tu relación con Josh.

– No creo que…

– Tendremos tiempo para hacerlo. Vamos, en marcha -Virginia terminó de bajar las escaleras.

– Está bien -cedió Wade, tenso, pero de inmediato se volvió hacia Savannah- Quiero que me avises enseguida cuando el veterinario examine a Mystic.

– Yo espero lo mismo de ti cuando el médico examine a Josh.

Y lo vio salir de la casa detrás de Virginia, con expresión preocupada.

Travis y Lester regresaron una hora después. Steve Anderson, el veterinario del rancho, ya estaba esperando en la oficina situada encima de las cuadras cuando la gran camioneta entró en el patio.

– Bueno, vamos a ver esa lesión -dejó la taza sobre la mesa y se levantó.

Travis bajó primero de la camioneta. Savannah dedujo por su expresión que traer de vuelta a Mystic les había costado más de lo que esperaban. La tensión resultaba evidente en sus rasgos.

– No tiene buen aspecto -admitió, pasándole un brazo por los hombros-. Lester está de acuerdo conmigo. Creemos que se ha roto la articulación.

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