Enamorado de Gracie
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
– Estabas un poco desquiciada.
– Tal vez, pero es que tenía una visión algo trastornada del mundo. Por cierto, Pam me está dejando perpleja.
– ¿Pam? ¿Mi ex?
– Sí. Como he estado utilizando su cocina en el hotel, me la encuentro de vez en cuando. Es muy… agradable.
– ¿Estamos hablando de la misma Pam?
– Sí. Alta, delgada, rubia. Con maravillosas ropas, Me molesta decírtelo, pero la verdad es que es muy agradable. Incluso no deja de hablar de ti.
– Vaya.
– Resulta muy extraño. Casi deseo sentir simpatía por ella, pero no puedo. Sin embargo, no sé por qué se comporta así. Jill me dijo que seguía siendo igual que entonces, pero conmigo se ha portado fenomenal. ¿Crees que está tramando algo?
– ¿No crees que de verdad pueda ser así?
– Sé que está mal que yo la juzgue; pero no puedo evitarlo. Quiero que me caiga bien, pero, cada vez que lo intento, una voz en mi interior empieza a gritar, lo que significa que o me está engañando o soy una persona realmente mala.
– No eres una mala persona.
– No me conoces lo suficientemente bien como para decidir.
– Creo que sí.
Riley se puso de pie y le tomó la mano. Entonces, hizo que ella se levantara y la abrazó.
– No importa que Pam no te caiga bien -dijo, besándola en la frente-. No se lo voy a decir.
– Gracias -susurró ella, acurrucándose contra él. Resultaba tan agradable-. Se supone que tú no deberías estar haciendo esto ¿Y eso de usar y tirar?
Riley la miró a los ojos. En aquel momento, habría jurado que podía ver hasta el fondo del alma de Gracie. No había secretos ocultos. Nada.
– Ya te he dicho que no puedo olvidarme de ti -dijo.
– Yo tampoco. Anoche hicimos el amor, ¿verdad? Fue algo diferente a lo de usar y tirar…
– Sí, Gracie, hicimos el amor.
Aquellas palabras surgieron de un lugar muy profundo de su interior. No creía haberlas dicho antes. Hasta Gracie.
¿Qué diablos estaba haciendo? La soltó y dio un paso atrás.
– Tengo que marcharme.
– Bien. Gracias por venir.
Riley se despidió de ella y salió corriendo de la casa. Gracie recordó sus prioridades. Las tenía y no podía olvidarse de ellas. No se implicaba con ninguna mujer, no le importaba y no se quedaba a su lado. Nada iba a cambiar eso. Ni aquella ciudad ni Grade.
Riley se pasó la mañana del debate en su despacho del banco. El departamento de préstamos acababa de mandarle el informe semanal, que Diane le había entregado.
– Esta semana tenemos muchos préstamos de vivienda.
– Ya lo veo -dijo él.
– Esas personas, nuestros clientes, esperan tener treinta años para pagar sus deudas. ¿Qué les va a ocurrir?
Riley no contestó. Los dos sabían lo que ocurriría. Si él cerraba el banco los préstamos tendrían que liquidarse. Todos los clientes tendrían menos de tres meses para asegurarse una nueva financiación. Si no podían hacerlo perderían su casa.
– Sé que piensas que tu tío era una canalla, Riley, pero, ¿estás seguro de que estás obligando a pagar por ello a los responsables?
Riley se quedó atónito. Se quedó mirando a Diane, preguntándose qué le resultaba más sorprendente, que ella lo hubiera llamado por su nombre de pila o que hubiera utilizado palabras algo subidas de tono.
– Estás caminando por una línea muy delgada.
– ¿Vas a despedirme? -le espetó ella, con una sonrisa.
– No.
– Entonces, no veo peligro alguno. Podrías hacer mucho bien aquí. Te gusta el trabajo. Esto es mucho más importante que tu tío. Es la comunidad.
– ¿Quieres que te recuerde que me importa un comino?
– Entonces, me equivoqué al esperar más de ti.
Diane se marchó sin decir nada más. Cuando Riley volvió a quedarse a solas, hizo girar la silla y se puso a mirar el cuadro de su tío.
– Lo siento. No me interesa salvar tu ciudad. Creías que habías ganado esta ronda, que yo haría lo que tú querías sólo para quedarme con el dinero: Sin embargo, las cosas no van a salir tal y como tú esperabas. Voy a ganar yo. Lo único que me apena es que tú no estás vivo para verlo.
Graciee llegó al salón de actos poco antes de las tres. Tenía muchos recuerden sobre el viejo edificio, muchos acontecimientos escolares y muchas reuniones de la infancia. Sabía que el debate se realizaría en la sala más grande, pero no se dirigió hacía allí. Se encaminó hacia la puerta trasera para no causar ningún revuelto. Allí se encontró a Jill.
– He reservado un par de asientos -dijo Jill-. Date prisa. Están a punto de comenzar.
Gracie la siguió al interior. Habían bajado las luces, para dejar sólo iluminado el escenario, en el que ya se encontraban los dos candidatos.
– Hay mucha gente -comentó Jill, cuando se hubieron sentado-. Dudo que nadie se dé cuenta que estás aquí.
– Eso espero. No esperaba tanta gente.
– Yo tampoco, dado que van a retransmitir el debate por la radio.
– Probablemente yo me debería haber quedado allí escuchándolo.
Habría sido lo más sensato, pero quería ver a Riley. Suponía que debía de estar disgustada porque hubieran hecho el amor, pero no era así. Se había sentido tan a gusto entre sus brazos. Y la noche anterior, cuando la abrazó… Le habría gustado que no la soltara jamás.
Se esforzó por ignorar las señales de peligro. Sabía que tener una relación con Riley era un error. La idea que él tenía de una relación era la que duraba dos noches. Ella quería que durara para siempre. Hasta hacía muy poco, Riley había vivido en la plataforma petrolífera y había viajado por todo mundo. Ella casi no salía de su vecindario. No tenían nada en común y…
Frunció el ceño.
A excepción de su aparente incapacidad para comprometerse con una mujer durante más de veinticuatro horas, ¿cuál era el problema? Riley era un tipo genial, a ella le gustaba, se divertían juntos…
– ¿Qué te pasa? -le preguntó Jill-. ¿Te va bien con tu negocio de pasteles?
– Sí. Estoy muy ocupada en esta época del año. Lo de Pam me está resultando difícil.
– ¿Qué ocurre? ¿Se deshacen hasta los pasteles? -comentó Jill riendo.
– En realidad, no. Es muy maja.
– Es imposible.
– Lo sé. Eso me parece a mí también, pero… Es cierto. Resulta agradable, simpática y buena persona. Incluso habla bien de Riley. No sé si debería aceptarla tal y como parece o seguir con cuidado.
– Ya sabes lo que te aconsejo yo.
– Sí. Que mantenga las distancias y que lleve un crucifijo constantemente.
– Exactamente. ¿Va todo lo demás bien?
Gracie asintió. Aunque le hubiera gustado contarle a Jill lo ocurrido con su familia, no era el lugar adecuado. Tampoco le podía contar lo que había ocurrido con Riley. Se lo contaría, pero cuando estuvieran a solas.
Tal vez debería arrepentirse de lo ocurrido. No podía. Lo del posible embarazo le resultaba algo preocupante. Se colocó una mano sobre el vientre y se dijo que no era posible. Le daba la sensación de que, aunque estuviera embarazada, Riley no se casaría con ella por lo ocurrido con Pam en el pasado. No estaba segura de cómo se sentía al respecto. Aunque jamás había planeado ser madre soltera, no podía darle la espalda a su hijo. Si Riley no estaba dispuesto a participar, no importaba. Le entristecía que fuera a alejarse de su hijo, pero sabía que casarse por un embarazo era sembrar la semilla del desastre. No quería una relación basada en imposiciones. Quería amor eterno hasta que la muerte los separase.
– ¿En qué estás pensando? -le preguntó Jill-. Tienes un gesto muy extraño en el rostro.