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Enamorado de Gracie

Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:

A los catorce años, Gracie se había enamorado de chico mayor que ella, Riley. Tan grandes habían sido las locuras que había hecho para atraer su atención que ni siquiera después de tantos años la gente del pueblo de Los Lobos la dejaba olvidarse de su enamoramiento de adolescencia.
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
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La mujer, que tendría unos setenta años, parecía muy nerviosa. Además de estar oscuro, había un ligero viento procedente del océano. Lo último que Gracie deseaba hacer era tirarse a una gélida piscina, pero se obligó a asentir.

– Déjeme que vaya a por los zapatos -dijo-. Volveré enseguida.

Se dio la vuelta y se encontró con Riley en el recibidor. Estaba terminando de meterse la camisa por el pantalón.

– El perro de la vecina se ha caído a la piscina' -explicó.

– Ya lo he oído. Yo me ocuparé.

– ¿Cómo dices?

– Que yo lo haré. Hace mucho frío. Sin embargo, te agradecería mucho que me dieras un par de toallas.

Riley salió antes de que ella pudiera contestar. La vecina de Gracie le agarró el brazo muy agradecida.

– Muchas gracias. No sabía lo que hacer. La pequeña Muffin parece estar perdiendo fuerzas. Además, el agua está tan fría y ella es tan pequeñita…

Gracie se dirigió corriendo al cuarto de baño y agarró un par de toallas. Cuando llegó a la casa de su vecina, vio que Riley ya se había quitado la camisa y los zapatos y se había metido en la piscina. Muffin, un pequeño Yorkshire, nadaba furiosamente, pero en dirección opuesta a su rescatador. Al ver que Riley se le acercaba, la perra empezó a gruñir y a nadar hacia la zona más profunda.

– ¡No, Muffin! -gritó la mujer-. Este hombre tan agradable está tratando de ayudarte. Ve hacia él, cariño. Venga. Mamita te dice que está bien.

Gracie-se agachó al borde de la piscina. Riley le lanzó una mirada poco divertida.

– No me digas que es culpa mía -dijo ella-. Tú te has ofrecido voluntario. -Detenme la próxima vez.

Tras musitar algo completamente incomprensible, se dirigió de nuevo hacia el perrito. El Yorkshire era muy pequeño, pero nadaba estupendamente. Cada vez que Riley se le acercaba, el animal salía disparado en la dirección opuesta.

Con las luces que había alrededor de la piscina, Gracie vio que Riley estaba temblando de frío. Metió los dedos en el agua y comprobó que, efectivamente, estaba muy fría.

Al final, Riley arrinconó a la perrita junto a la escalerilla. La agarró con fuerza y se la pegó al cuerpo. De repente, hombre y perra lanzaron un grito, pero Riley no la soltó.

Tras colocar a la perra en tierra, Riley subió por a escalerilla. Gracie se le acercó rápidamente para darle una toalla. Entonces, vio que el perro le había arañado el pecho.

– Lo siento mucho -dijo-. Estoy segura de que lo ha hecho porque estaba asustada.

– Me duele tanto como silo hubiera hecho a propósito.

La vecina envolvió a la perrita en una toalla y empezó a hablarle muy suavemente.

– Buena chica. Bonita mía… Tienes que alejarte de esa piscina tan mala. No sé cómo darle las gracias -le dijo a Riley.

– No importa -comentó él-. Buenas noches.

– Espere, me gustaría pagarle algo.

Riley negó con la mano y siguió andando. Gracie echó a correr tras él.

– Tenemos que limpiarte esta herida -le dijo-. Esos arañazos podrían…

No consiguió terminar la frase. Cuando estaban a punto de meterse en la casa, se vio un potente fogonazo de luz. Segundos más tarde, se escucharon unos pasos que se alejaban. A continuación, la puerta de un coche se cerró con fuerza, se oyó un motor y un vehículo que se alejaba a toda velocidad.

Capítulo 11

– Esto no puede estar ocurriendo -dijo Gracie, con un tono de voz que estaba muy cerca de ser un quejido.

En vez de responder, Riley le tomó la mano y la metió en la casa. Guando la puerta estuvo cerrada, se miró los arañazos que tenía en el pecho. Maldito perro.

– Sí, lo de esa perrita ha estado mal, pero, ¿has visto a ese tipo de la cámara? ¿Qué está pasando? ¿Quién está haciendo esto? ¿Por qué? Estoy empezando a tener miedo. Un hombre estaba acechando en el exterior de mi casa. Evidentemente, estaba siguiendo a uno de nosotros y… Al cuarto de baño -dijo, tras mirarle los arañazos del pecho y hacer un gesto de dolor-. Ahora mismo.

Riley la siguió obedientemente al cuarto de baño. Allí, Gracie rebuscó en el armarito y sacó un tubo.

– No creo que esto te duela mucho, pero tengo que desinfectarte esos arañazos. ¿Crees que deberíamos lavarlos primero?

– Creo que de eso ya se ha encargado la piscina. El agua estaba muy fría, pero noté el olor del cloro.

Gracie bajó la mirada y se fijó en los pantalones.

– Se te van a estropear.

A Riley no le importaban demasiado los pantalones ni los arañazos del pecho. Lo que sí le preocupaba era el hombre que estaba tomando las fotografías. La vida de Gracie no apoyaba el hecho de que tuviera enemigos que estuvieran tratando de arruinarle la vida, lo que dejaba tan sólo una alternativa. Alguien estaba vigilándolo a él.

¿Por qué razón? ¿No le gustaba a alguien que él dirigiera el banco? Se imaginó que era posible, pero no demasiado probable. Eso sólo dejaba a Franklin Yardley, alcalde de Los Lobos, un hombre decidido a no perder las elecciones.

– Respira profundamente -dijo ella, mientras abría el tubo de ungüento.

– Te prometo no gritar.

– Me alegra saberlo.

Mientras ella le aplicaba la crema, Riley consideró las posibilidades. El único modo de que aquel maldito fotógrafo pudiera haber estado allí en el momento preciso era que hubiera estado vigilando la casa. Por lo tanto, alguien estaba siguiendo a Riley. O alguien le había dado un soplo.

Miró a Gracie. De todas las personas en la ciudad, ella era la que más sabía de sus idas y venidas. Había dudado un poco antes de llegar a la puerta de la casa. ¿Podría haber hecho ella una llamada?

Quería decirse que aquello no era posible. Gracie no le tendería una trampa. Se negó a considerarla como sospechosa, lo que le decía dos cosas. En primer lugar, en lo que se refería a Gracie, estaba metido en un lío más grande del que había creído al principio. En segundo lugar, probablemente era sospechosa.

Gracie estaba de pie en el centro de la entrada al garaje. Se animaba a seguir respirando. Había sido una de esas noches en las que las molestias del estómago la habían mantenido despierta más allá de la medianoche y el revuelo de pensamientos se habían encargado del resto de las horas. Se sentía agotada y completamente furiosa.

En la portada del periódico local había una enorme fotografía de Riley. Tenía una toalla sobre la cabeza, como si estuviera tratando de esconderse de la cámara cuando, en realidad se estaba simplemente secando el cabello. Lo peor eran los arañazos del pecho que, en la fotografía, parecían causados por una noche de sexo ardiente.

El titular tampoco contribuía: La vida secreta del candidato a alcalde.

¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía quejarse? Volvió a mirar la fotografía y lanzó un gruñido. Ella también estaba en la foto. Detrás de Riley, aunque se la veía perfectamente. Tenía un aspecto sorprendido y algo desaliñado.

Con el periódico en las manos regresó a su casa. No necesitaba aquello en su vida. Tenía que hacer sus pasteles y una reunión en la casa de su madre a mediodía para hablar de una boda que ni se sabía si se iba a celebrar.

– Necesito unas vacaciones -musitó mientras volvía a entrar en la casa y cerraba la puerta de un golpe seco.

Estaba en el porche de la casa de su madre. No deseaba estar allí. Después de lo que había ocurrido hacía unos pocos días, no deseaba volver a entrar allí.

Para ser sincera, no estaba segura de cómo había accedido a acudir a otra reunión. Alexis la había llamado y había insistido. Gracie no había podido negarse:

– Estúpida -musitó. Entonces, se acercó a la puerta y llamó.

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