Enamorado de Gracie
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
Mientras entraba en el edificio se dijo que podría no ser ella. Que quien los hubiera estado siguiendo, quien hubiera tomado las fotografías podría haber visto lo suficiente para deducir lo que había ocurrido. Hasta que tuviera el informe del detective privado, no podía estar seguro de nada.
No quería que fuera Gracie. Catorce años antes habría vendido su alma o incluso su coche para sacarla de su vida. En aquellos momentos… En aquellos momentos no sabía lo que quería.
Se dirigió al ascensor. Había varios empleados juntos, hablando en voz baja. Cuando él se les acercó, uno de ellos le dio un codazo a otro. Todos se volvieron para mirarlo.
– Bueñas tardes, señor Whitefield.
Riley se limitó a asentir y se metió en el ascensor. Antes de que se cerraran las puertas, él pudo comprobar que habían vuelto a cuchichear. Los rumores viajan muy rápidamente. Suponía que, en aquel caso, se habían enterado por la retransmisión de la radio. Seguramente Zeke estaba que se subía por las paredes. Iban a tener que encontrar un buen plan para lograr recuperar el terreno perdido.
Entró en su despacho y miró el retrato de su tío.
– No vas a ganar. Ni ahora ni nunca. Encontraré el modo.
En aquel momento, alguien llamó a la puerta.
– Márchese -dijo.
– Señor Whitefield, tiene una visita.
– No me interesa.
– Es importante.
– ¿De quién se trata? -preguntó con cierta curiosidad. Sin saber por qué, se sorprendió esperando que fuera Gracie.
En vez de responder, Diane dio un paso atrás. Riley vio que se trataba de un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje algo raído y una camisa blanca algo sucia. En cierto modo, parecía mucho más pequeño de lo que Riley creía recordar. Tal vez habían pasado más de veinte años, pero Riley lo recordaba todo sobre el hombre que los había abandonado a su madre y a él.
El recién llegado le dedicó una sonrisa.
– Hola, hijo. ¿Cómo estás?
Gracie estaba a mitad de camino de Los Ángeles cuando se detuvo y dio la vuelta para regresar a Los Lobos. Se recordó que jamás había huido de sus problemas.
Sentía un torbellino de emociones en su interior. Se sentía asqueada y enfadada con quien la hubiera traicionado. Sin embargo, ella no le había dicho a nadie lo que estaba ocurriendo. Entonces, ¿de dónale se había sacado el alcalde la información?
El teléfono volvió a sonar: Lo agarró y, tras ver que volvía a tratarse de Jill, lo tiró de nuevo sobre el asiento. Su amiga la había llamado tres veces. Sus hermanas dos y su madre seis. No estaba de humor para hablar con nadie, pero no había recibido ninguna llamada de la única persona con la que quería hablar. Riley.
¿Qué estaría pensando? ¿Sabría que ella no había revelado su secreto o estaba ya preparando su venganza? Peor, aún. ¿La odiaría? Podía soportar que él estuviera enfadado, pero no que la apartara de su lado sin ni siquiera, darle la oportunidad de explicarse.
No comprendía cómo había podido ocurrir algo así. Le costaba creer que hubiera sido su vecina la que los había estado espiando la noche que hicieron el amor, para luego tirar a su perra al agua a propósito e ir luego a pedirles ayuda. Tenía que ser otra persona.
Cuando llegó a Los Lobos, dudó sobre qué dirección tomar. Al final, se decidió y se dirigió a la casa de Riley:
– Voy a hacerle escuchar -se dijo mientras se dirigía a la puerta.
Ésta se abrió antes de que tuviera la oportunidad de llamar. Se sorprendió tanto que dio un paso atrás y estuvo a punto de caerse.
– ¿Has estado bebiendo? -le preguntó Riley.
– No… No creí que me fueras a dejar entrar estaba preparada para llamar y llamar hasta que abrieras.
– ¿Te sientes desilusionada?
– No. Mira, Riley. He venido a decirte que no fui yo. No le conté a nadie lo que hicimos y, por supuesto, no dije que pensaba que podría estar embarazada. No sé de dónde se ha sacado esa idea el alcalde.
– Lo sé -dijo él mirándola tranquilamente.
– ¿De verdad? ¿Me crees?
– Sí.
– ¿Por qué?
– ¿No puedes aceptar simplemente mi palabra?
– No. Si yo estuviera en tu lugar no estaría segura de lo que me creería. ¿Por qué?
Riley se encogió dé hombros, lo que no resultó una respuesta muy satisfactoria. Sin embargo, pareció que aquello era lo único que Gracie iba a conseguir.
– Voy a ir a dar un paseo por la playa. -anunció él-. ¿Quieres venir conmigo?
– Claro.
Cuando llegaron, estaba casi atardeciendo. Riley aparcó el Mercedes y luego, mientras atravesaban la arena, tomó la mano de Gracie. Ella se había quitado los zapatos y, sin los tacones, casi no le llegaba ni a los hombros. Llevaba el cabello suelto y se había sacado la camisa del pantalón. A pesar de todo, Riley la encontraba terriblemente sexy.
¿Le había dicho por eso que la creía? ¿Porque se quería acostar con ella? Suponía que era, una razón tan buena como otra cualquiera, pero no había ninguna lógica en la situación.
No quería que Gracie se sintiera culpable. Era así de sencillo. Si resultaba que había sido un estúpido por confiar en ella, le podría costar noventa y siete millones de dólares y la venganza que había estado buscando.
– Cuando era niño, solía venir mucho aquí – lijo Riley-. En cuanto me saqué el carnet de conducir, se convirtió en uno de mis lugares favoritos. Solía andar por la playa y tratar de comprender mi vida.
– No creía que eso le resultara posible a un adolescente.
– Y no lo es.
– Al menos, tú hiciste el esfuerzo. Mi modo de hacerlo era escribir unas poesías verdaderamente malas.
Gracie lo miró. Se le dibujó la promesa de una sonrisa en el rostro, por lo que Riley estuvo a punto de abrazarla y de besarla, pera entonces, la sonrisa desapareció y ella suspiró.
– ¿Cómo lo supo?
– ¿El alcalde?
– Sí.
– Hizo que nos siguieran. O tal vez sólo a mí.
– ¿Es eso lo que te ha dicho tu detective?
– Lleva sólo un día trabajando. Dudo que sepa nada.
– Tienes razón. El hombre que el alcalde o quien sea que contrató realizó su trabajo mucho mejor que nosotros cuando seguimos a Zeke. Tal vez deberíamos haberlo contratado a él.
– Me gusta tu lógica.
– Entonces, ese tipo sólo tenía que tomar fotografías, pero, de algún modo, se da cuenta de lo que está pasando y se lo dice al alcalde.
– O Yardley decide jugársela y le sale bien.
Gracie le apretó la mano y se colocó delante de él.
– Te juro que yo no lo hice, Riley.
– Gracie, no tienes que decírmelo más veces. Te creo.
– Eso espero. Todo esto tiene tan mal aspecto… Yo soy la única que sabe que hicimos el amor y la única que sabe que no utilizamos nada y que yo podría estar embarazada.
– No eres la única. Yo también lo sé.
– Claro, y por eso se lo has dicho tú al alcalde… Mira, te lo digo en serio. Necesito que me creas. Yo no miento nunca y jamás te tendería una trampa. Yo no temo decir la verdad. ¿Te acuerdas? Yo soy la que te metió una mofeta en el coche. Tiendo a ser muy sincera sobre mis actos.
En aquel momento, el sol desapareció por debajo de la línea del horizonte. La luz desapareció, pero el rostro de Gracie tenía una luminiscencia propia, como si brillara desde el interior. Mirando aquel hermoso rostro, Riley habría sido capaz de creer cualquier cosa. Se inclinó y le besó suavemente la nariz. Su boca parecía llamarlo a gritos, pero, por mucho deseara besarla allí, no estaba dispuesto a prescindir de aquel maravilloso momento. Le tiró de la mano e hizo que echaran a caminar de nuevo
– Me encanta el aroma del mar -comentó Gracie-. Cuando vivía con mis tíos en Torrance, estábamos a unos siete kilómetros de la playa. Siempre he vivido cerca del mar. No creo que pudiera hacerlo en otra parte. ¿Cómo sobrevive la gente en las montañas o en el desierto?