Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Ella lo miró mientras volvía a su lado y dejaba la vela en la mesa.
– Ahora ya tenemos un poco más de luz. Déjame ver el pie.
A regañadientes, Miranda dejó que le tomara el pie y se lo colocara en el regazo.
– Soy una estúpida.
– ¿Quieres dejar de decir eso? Eres la mujer menos estúpida que conozco.
– Gracias. ¡Au!
– Quédate quieta y deja de retorcerte.
– Quiero ver lo que estás haciendo.
– Pues, a menos que seas contorsionista, no vas a poder, así que tendrás que confiar en mí.
– ¿Has terminado?
– Casi. -Turner colocó el dedo contra otro cristal y tiró de él.
Ella se tensó de dolor.
– Sólo me quedan uno o dos.
– ¿Y si no consigues sacarlos todos?
– Los sacaré.
– Pero ¿y si no lo consigues?
– Madre mía, ¿te he dicho alguna vez que eres persistente?
Ella casi sonrió.
– Sí.
Él casi le devolvió la sonrisa.
– Si me dejo alguno, seguramente saldrá solo en unos días. Con las astillas, funciona así.
– ¿No sería maravilloso que la vida fuera tan sencilla como las astillas? -preguntó ella, triste.
Él la miró.
– ¿Que saliera sola en unos días?
Ella asintió.
Él la siguió mirando durante unos segundos, y luego volvió a la tarea, sacando el último trocito de cristal.
– Ya está. En nada, estarás como nueva.
Pero no hizo nada para soltarle el pie.
– Siento mucho haber sido tan patosa.
– Tranquila. Ha sido un accidente.
¿Era su imaginación o Turner estaba susurrando? Y su mirada era tan tierna. Miranda se revolvió para sentarse a su lado.
– ¿Turner?
– No digas nada -respondió él, con brusquedad.
– Pero si…
– ¡Por favor!
Miranda no entendía la urgencia en su voz, no reconoció el deseo que impregnaba sus palabras. Sólo sabía que lo tenía muy cerca, que podía sentirlo, que podía olerlo… y quería saborearlo.
– Turner…
– Basta -dijo, con la voz entrecortada, y la abrazó, pegando sus pechos a sus músculos. Los ojos le brillaban con fiereza y Miranda se dio cuenta, de repente lo supo. Nada iba a detener el lento descenso de los labios de él hacia los suyos.
Y, de repente, la estaba besando, con los labios ardientes y exigentes contra su boca. Su deseo era salvaje, crudo y arrollador. La deseaba. Miranda no se lo creía, apenas podía reunir las fuerzas para pensarlo, pero lo sabía.
La deseaba.
Aquello la llenó de atrevimiento. Y de feminidad. Sacó a relucir una especie de conocimiento secreto que estaba enterrado en el fondo de su ser, seguramente desde antes de nacer, y le devolvió el beso, movió la lengua con una naturalidad asombrosa y la sacó para saborear la sal de su piel.
Turner se aferró a su espalda, aprisionándola contra su cuerpo, aunque no aguantaron derechos mucho tiempo y enseguida se deslizaron sobre los cojines, él cubriendo el cuerpo de ella con el suyo propio.
Estaba desatado. Como loco. Era la única explicación, pero parecía que no se saciaba de ella. Sus manos se deslizaban por todas partes, comprobando, tocando, pellizcando y lo único que podía pensar, cuando podía pensar, claro, era que la deseaba. La deseaba de todas las formas posibles. Quería devorarla. Quería adorarla.
Quería perderse en su interior.
Susurró su nombre, lo gimió contra su piel. Y luego ella susurró el suyo y Turner vio cómo las manos se le iban hacia los diminutos botones del cuello del camisón. Cada botón parecía derretirse en sus dedos hasta que los desabrochó todos y sólo le quedaba deslizar la tela. Notaba la tersura de sus pechos debajo del camisón, pero quería más. Quería sentir su calor, su olor y su sabor.
Sus labios descendieron por la garganta, siguieron la elegante curva de la clavícula, justo hasta donde el camisón se juntaba con la piel. Lo apartó y saboreó un centímetro más de su piel, explorando la suave y salada dulzura, y estremeciéndose de placer cuando la llanura del esternón se convirtió en las curvas de los senos.
Dios Santo, la deseaba.
Le cubrió el pecho a través de la tela, lo apretó y se lo acercó a la boca. Ella gimió y ese sonido desató a Turner y se olvidó de sus intenciones de ir despacio. Descendió la boca, acercándose cada vez más al codiciado premio, incluso mientras deslizaba la otra mano hasta los bajos del camisón y empezaba a ascender por la suavidad de su pantorrilla.
Luego llegó al muslo y ella casi gritó.
– Shhh -canturreó él, silenciándola con un beso-. Vas a despertar a los vecinos. Vas a despertar a mis…
«Padres.»
Era como si le hubieran tirado un cubo de agua fría por encima.
– Dios mío.
– ¿Turner, qué? -Miranda tenía la respiración entrecortada.
– Dios mío, Miranda -pronunció su nombre con todo el asombro que lo había invadido de repente. Era como si estuviera soñando, se hubiera despertado y…
– Turner, yo…
– Calla -le susurró él, con urgencia, y se levantó con tanta fuerza que fue a parar a la alfombra-. Dios mío -dijo, y luego otra vez, porque sólo podía repetirlo-. Dios mío.
– ¿Turner?
– Levántate. Tienes que levantarte.
– Pero…
La miró, y eso fue un gran error. Todavía tenía el camisón arrugado en las caderas y sus piernas… Jesús, ¿quién habría pensado que serían tan largas y preciosas? Y sólo quería…
«No.»
Se sacudió con la fuerza de su propia negativa.
– Ahora, Miranda -gruñó.
– Pero si no…
La levantó. No le apetecía especialmente tomarla de la mano; sinceramente, no confiaba en sí mismo si volvía a tocarla, por poco romántico que fuera el contacto. Pero tenía que hacer que se moviera. Tenía que sacarla de allí.
– Vete -le ordenó-. Por el amor de Dios, si te queda algo de sensatez, vete.
Pero ella se quedó ahí de pie, mirándolo con sorpresa, y estaba despeinada, con los labios hinchados, y Turner la deseaba.
Dios santo, todavía la deseaba.
– Esto no volverá a repetirse -dijo, con la voz tensa.
Ella no dijo nada. Turner observó su cara con detenimiento. «Por favor, que no llore.»
Se mantuvo inmóvil. Si se movía, podría tocarla. No sería capaz de detenerse.
– Será mejor que subas a tu habitación -dijo, en voz baja.
Ella asintió con un gesto extraño y se marchó.
Turner se quedó mirando la puerta. Maldita sea, ¿y ahora qué iba a hacer?
12 de junio de 1819
Estoy sin palabras. Absolutamente.
Capítulo 8
Al día siguiente, Turner se levantó con un fuerte dolor de cabeza que nada tenía que ver con el alcohol.
Ojalá hubiera sido por el brandy. El brandy sería mucho más sencillo que la realidad.
Miranda.
¿En qué demonios estaba pensando?
En nada. Obviamente, no había pensado. Al menos, no con la cabeza.
Había besado a Miranda. Diablos, prácticamente se había abalanzado sobre ella. Y le costaba imaginar que existiera en toda Inglaterra una joven menos indicada para recibir sus atenciones que la señorita Miranda Cheever.
Seguro que ardería en algún sitio por eso.
Suponía que si fuera mejor hombre, se casaría con ella. Una mujer joven podía ver arruinada su reputación por mucho menos que eso. «Pero no lo había visto nadie», insistió una vocecita en su interior. Sólo lo sabían ellos. Y Miranda no diría nada. No era de ésas.
Y él no era tan buen hombre. Leticia se había encargado de eso. Había matado todo lo bueno y amable en él. Sin embargo, todavía le quedaba su sensatez. Y no se iba a permitir volver a estar cerca de Miranda. Un error podía ser comprensible.
Dos serían su perdición.
Y tres…
Jesús, ni siquiera debería estar pensando en el tercero.