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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Margery sonrió, muy a su pesar.

—Pero ¿qué tipo de biblioteca es esta? —dijo Sophia, desde un rincón.

—Solo necesitan aliviar un poco la presión —comentó Margery—. Han estado trabajando duro.

—¡Hemos estado trabajando duro! ¡Y ahora, necesitamos música! —dijo Beth, levantando una mano—. Vamos a por el gramófono del señor Guisler. Seguro que nos lo deja.

Margery negó con la cabeza.

—No metas a Fred en esto. No tiene por qué presenciarlo.

—Querrás decir que no tiene por qué ver a Alice totalmente embriagada —dijo Beth, maliciosamente.

—¿Qué? —preguntó Alice, alzando la vista.

—No te metas con ella —dijo Margery—. Además, está casada.

—En teoría —susurró Alice, que ya casi veía doble.

—Ya. Pues sé como Margery y haz lo que te dé la gana, cuando te dé la gana —señaló Beth, mirándola de reojo—. Y con quien te dé la gana.

—¿Quieres que me avergüence por cómo vivo mi vida, Beth Pinker? Porque parece que tú estás esperando a que el cielo se desplome.

—Oye —replicó Beth—. Si un hombre tan guapo como Sven Gustavsson viniera a hacerme la corte, haría que me pusiera un anillo en el dedo tan rápido que ni se daría cuenta de cómo había llegado a la iglesia. Si tú quieres darle un mordisco a la manzana antes de meterla en la cesta, es cosa tuya. Pero asegúrate de sujetar bien la cesta.

—¿Y si no quiero una cesta?

—Todo el mundo quiere una cesta.

—Yo no. Nunca la he querido y nunca la querré. Nada de cesta.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Alice, antes de echarse a reír.

—Yo me he perdido en lo del señor Guisler —confesó Izzy, antes de soltar un suave eructo—. Santo cielo, me siento fenomenal. Creo que no me sentía así desde que me subí a la noria tres veces seguidas en la feria del condado de Lexington. Eso sin contar… No. Eso no acabó bien.

Alice se inclinó hacia Izzy y le puso una mano en el brazo.

—Siento mucho lo de la correa, Izzy. No pretendía romperla.

—Bah, no te preocupes. Le pediré a mi madre que me compre otra —contestó la muchacha. Por alguna razón, aquello les pareció a ambas graciosísimo.

Sophia miró a Margery y levantó una ceja.

Margery encendió las lámparas de aceite que había en la parte superior de cada estantería, intentando no sonreír. En realidad no era muy dada a los grupos grandes, pero aquello le gustaba mucho: las bromas, la alegría y la forma en que se podían ver surgir nuevas amistades en aquella habitación, como brotes verdes.

—¡Chicas! —dijo Alice, cuando logró controlar la risa—. ¿Qué haríais si pudierais hacer cualquier cosa que quisierais?

—Ordenar esta biblioteca —murmuró Sophia.

—En serio. Si pudierais hacer cualquier cosa, o ser cualquier cosa, ¿qué haríais?

—Yo viajaría por el mundo —dijo Beth, que ya se había hecho un respaldo de libros y se disponía a hacer unos reposabrazos a juego—. Iría a la India, a África y a Europa, y tal vez a Egipto a echar un vistazo. No tengo intención de quedarme aquí toda la vida. Si por mis hermanos fuera, seguiría cuidando de mi padre hasta que se le cayera la baba. Quiero ver el Taj Mahal y la Gran Muralla china, y ese lugar donde construyen cabañitas redondas con bloques de hielo, y un montón de sitios más que salen en las enciclopedias. Iba a decir que iría a Inglaterra a conocer al rey y a la reina pero, como tenemos a Alice, ya no nos hace falta. —Las otras mujeres se echaron a reír.

—¿Izzy?

—Bah, es una locura.

—¿Más que lo de Beth y su Taj Mahal?

—Venga —la animó Alice.

—Pues… Bueno, sería cantante —dijo Izzy—. Cantaría en la radio o grabaría discos de gramófono. Como Dorothy Lamour o… —miró a Sophia, que intentó por todos los medios no alzar demasiado las cejas— Billie Holiday.

—Seguro que tu padre puede conseguir que lo hagas. Él conoce a todo el mundo, ¿no? —dijo Beth.

De repente, Izzy pareció sentirse incómoda.

—Las personas como yo no se hacen cantantes.

—¿Por qué? —dijo Margery—. ¿No sabes cantar?

—Con eso basta —añadió Beth.

—Ya sabéis a qué me refiero.

Margery se encogió de hombros.

—La última vez que te vi, no parecías necesitar la pierna para cantar.

—Pero la gente no me escucharía. Estarían distraídos mirando mi prótesis.

—Vamos, no te hagas la interesante, Izzy. Por aquí hay un montón de gente con aparatos ortopédicos. O simplemente… —Margery hizo una pausa—. Ponte un vestido largo.

—¿Qué canta, señorita Izzy? —preguntó Sophia, que estaba ordenando los lomos por orden alfabético.

Izzy volvía a estar sobria. Tenía la piel un tanto ruborizada.

—Pues me gustan los himnos, el bluegrass, el blues, todo, la verdad. Una vez, hasta probé a cantar un poco de ópera.

—Ponte a cantar ahora mismo —dijo Beth, antes de encender un cigarro y soplarse los dedos cuando la cerilla ardió demasiado—. Vamos, chica, enséñanos lo que sabes hacer.

—Ah, no —respondió Izzy—. En realidad, solo canto para mí misma.

—Pues la sala de conciertos va a estar un poco vacía —declaró Beth.

Izzy las miró. Luego se puso de pie. Tomó aire entrecortadamente y empezó a cantar:

En polvo se ha convertido el arrullo de mi amado

Y sus cariñosos besos en óxido se han transformado

Lo llevaré en mi corazón por muy lejos que se encuentre

Y como una estrella nocturna mi amor perdurará siempre

Con los ojos cerrados, la muchacha llenó la pequeña habitación con una voz suave y dulce, como si estuviera recubierta de miel. Izzy empezó a transformarse ante ellas en alguien nuevo, mientras alargaba el torso y abría más la boca para llegar a las notas. En ese momento, estaba en un lugar muy distante, en un sitio al que amaba. Beth se balanceaba suavemente y empezó a sonreír. En su rostro se reflejaba un placer puro y transparente, derivado de aquel giro inesperado que habían dado los acontecimientos. Dejó escapar un «¡Sí, señor!», como si no fuera capaz de contenerlo. Y entonces Sophia, al cabo de un rato, como movida por un impulso irrefrenable, se unió a Izzy con una voz más profunda, siguiendo el camino de esta y complementándolo. Izzy abrió los ojos y las dos mujeres se sonrieron mientras cantaban, elevando sus voces y meciéndose al ritmo de la música, mientras el aire de la pequeña biblioteca se elevaba con ellas.

Aunque su luz es distante, me sigue reconfortando

Y a mil kilómetros del cielo, aquí seguiré esperando

A que mi amado regrese y mi gozo sea tan radiante

Como el brillo de las estrellas sobre las colinas de Kentucky

Alice las miraba con el licor corriendo por las venas. La calidez y la música entonaban su espíritu y sintió que algo cedía en su interior, algo primigenio relacionado con el amor, la pérdida y la soledad. Miró a Margery, cuya expresión se había relajado y estaba perdida en su propia ensoñación personal, y pensó en los comentarios de Beth sobre un hombre que Margery no había desmentido. Tal vez consciente de que estaba siendo observada, Margery se volvió hacia ella y sonrió, y Alice se dio cuenta, horrorizada, de que las lágrimas corrían a raudales por sus mejillas.

Margery arqueó las cejas, en una pregunta silenciosa.

«Solo es un poco de nostalgia», se dijo Alice en respuesta. Y en realidad era cierto. Lo que no tenía muy claro era que hubiera estado ya en ese lugar que tanto añoraba.

Margery la agarró del codo y salieron afuera en la oscuridad para bajar al cercado, donde los caballos pastaban tranquilamente al lado de la valla, ajenos al ruido del interior.

Margery le tendió un pañuelo a Alice.

—¿Estás bien?

Alice se sonó la nariz. El aire frío del exterior hizo que empezara a recuperar la sobriedad de inmediato.

—Sí. Sí… —Levantó la vista hacia el cielo—. En realidad, no. No lo estoy.

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