Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Kelly sintió una profunda ternura. Las enormes manos de Matt parecían completamente fuera de lugar sobre aquella delicada mantita, pero la ternura con la que arropó al bebé resultó sorprendente. Algún día, Matt McCafferty sería un padre estupendo.
Cuando lo miró a él, vio que Matt la estaba observando a ella. Se aclaró la garganta y se apartó de la cuna. Bajo la suave luz de la lámpara de acompañamiento, examinó las paredes de la estancia. Un tablón que colgaba cerca del armario aún tenía algunos de los tesoros de la infancia de Randi: un tocado de flores secas y ajadas, fotografías de sus amigos chapoteando en un arroyo, un par de instantáneas de Randi a caballo, una liga de encaje y varias cintas azules y rojas pegadas sobre el corcho.
En un rincón, había un escritorio. Sobre éste, una estantería mostraba trofeos de varios tamaños, todos dedicados a la hípica. También había un polvoriento sombrero de vaquera adornado con una tiara de piedras brillantes en vez de con una cinta. Kelly tocó las polvorientas joyas.
– Randi era una princesa del rodeo en el instituto -explicó Matt.
– Es decir, tu hermana también tenía la fiebre del rodeo en el cuerpo.
– Lo tenemos en la sangre -admitió Matt-. Todos nosotros, menos Thorne. A él no le gustaba nada que tuviera que ver con el rancho o los caballos ni nada que estuviera relacionado con esa parte de la cultura del Oeste. Estaba más interesado en hacer dinero. De hecho, era su único interés hasta que conoció a Nicole.
– Ella ha cambiado su vida.
– Sí.
Kelly estudió los libros que había sobre el escritorio. Principalmente, estaban relacionados con los caballos y el cuidado de éstos. Con una mirada más, decidió que ya sabía todo lo que tenía que saber sobre la hermana de Matt. Ojalá se despertara… había tantas preguntas que ella sería capaz de responder…
– Supongo que con esto me vale -dijo Kelly. Dedicó una última sonrisa al bebé y se marchó.
– Te acompañaré -comentó Matt. La siguió escaleras abajo y salió con ella hasta el lugar en el que había aparcado su vehículo-. Has estado bastante callada todo el rato.
– Supongo. Quería escuchar lo que Striker tenía que decir.
– ¿Qué te pareció?
– Parece que todo está correcto, pero voy a comprobarlo todo cuando llegue a Seattle.
– ¿Te marchas?
– Durante un par de días. Regalo del departamento. Sé que me vas a echar de menos -bromeó, pero anduvo más cerca de la verdad de lo que Matt quiso admitir.
– Trataré de sobrevivir.
– Hazlo, vaquero.
Kelly sonrió. No hizo falta nada más. Antes de que Matt tuviera oportunidad de pensarlo, la agarró, la tomó entre sus brazos y la besó. Ella abrió la boca por la sorpresa, lo que él aprovechó para profundizar el beso. Se produjo un segundo de resistencia. Los músculos de Kelly se tensaron y, entonces, Matt sintió que ella se deshacía por completo. Cerró los ojos y la estrechó aún con más fuerza.
De repente, se escuchó que una puerta se abría y oyeron voces. Kelly se quedó completamente inmóvil entre los brazos de Matt y luego se apartó.
– No creo que esto sea buena idea -dijo ella mirando al porche. Slade y Kurt estaban allí. Slade había encendido un cigarrillo y Kurt estaba de pie, con las manos metidas en los bolsillos. Los dos hombres los estaban mirando.
– Genial -dijo Matt sabiendo que su hermano menor lo iba a someter al tercer grado.
– Creo que deberíamos mantener esto en el terreno profesional -dijo ella, como si estuviera leyendo los pensamientos de Matt. Abrió la puerta de su todoterreno y se metió en el vehículo.
– Y yo creo que tú eres una mentirosa -susurró Matt-. Admítelo, detective. Me deseas.
– Eres insufrible.
– Eso me han dicho -comentó, con una sonrisa, muy segura de sí misma.
– Buenas noches, vaquero.
Kelly cerró la puerta y apretó los dientes. ¿Qué era lo que tenía Matt McCafferty que tanto le afectaba? ¿Por qué le había permitido que volviera a besarla? Él tenía razón.
Metió la llave en el contacto y arrancó.
«Admítelo, detective. Me deseas», había dicho él.
Si Matt supiera… Aún sentía el sabor de él en los labios. La sangre le latía con fuerza en las venas. Sí, claro que lo deseaba, pero no podía tenerlo. La idea era una locura y completamente fuera de lugar para ella.
Mientras maniobraba para sacar el coche del lugar en el que estaba aparcado, iluminó a Matt con los faros. Él estaba de pie, con las piernas separadas y los brazos cruzados sobre el amplio torso. Kelly metió la marcha y pisó el acelerador.
«Sí, maldita sea. Te deseo», se dijo, «pero no va a ocurrir nada entre nosotros. Tú, Matt McCafferty, eres un completo tabú para mí».
Matt se preparó mentalmente antes de regresar a la casa. Vio la censura que se reflejaba en los ojos de Slade.
– ¿Qué ha sido eso? -le preguntó éste tras tirar la colilla del cigarrillo a la nieve.
– ¿El qué?
– Tú y la detective. No trates de negarlo. Pensaba que estabas vigilando a los del departamento de policía para ver si estaban haciendo su trabajo.
– Y así es.
– ¿Besando a la detective que está a cargo del caso? -se mofó Slade-. Estás intentando acostarte con ella, por el amor de Dios.
– Venga, Slade, déjame en paz… me estoy ocupando del asunto.
– Te estás excediendo. Ella tiene que estar pensando en el caso de nuestra hermana y en nada más, y tú… Tú tienes que mantener la cabeza fría.
– No te preocupes al respecto -dijo Matt.
– ¡Tienes un trabajo que hacer!
Matt agarró a Slade por la pechera de la camisa.
– He dicho que me dejes en paz y lo digo en serio… -dijo. Entonces, tiró de él y colocó el rostro tan cerca del de Slade que sólo con la tenue luz del porche pudo ver cómo la cicatriz que recorría el lateral del rostro de su hermano se teñía de rojo.
– Quietos -les ordenó Kurt, mirando hacia el sendero, hacia el lugar por el que habían desaparecido las luces del coche de Kelly-. Creo que esto podría funcionar.
– ¿Cómo? -preguntó Matt.
Kurt cerró los ojos un instante y se frotó la mandíbula.
– Conversaciones de almohada -les dijo a los dos hermanos.
Slade apretó los labios.
– No me gusta.
– A mí tampoco -estuvo de acuerdo Matt.
Kurt no cedió.
– Antes de que hagas algo que todos podamos lamentar -le dijo-, quiero que me escuches. Todos sabemos que, algunas veces, las mujeres dicen cosas en la cama que no dirían en ningún otro lugar. Esto nos podría beneficiar, y mucho, dado que la detective Dillinger está tan implicada en el caso.
– No se trata de eso.
– Claro que sí. Todos estamos trabajando juntos, ¿no? Para conseguir un fin común. Para descubrir quién demonios está intentando matar a vuestra hermana, y supongo que podemos hacerlo por todos los medios posibles. Besa a esa mujer, acuéstate con ella. No tienes que enamorarte. Ella está aquí y tú vives muy lejos, pero, mientras tanto, podrías divertirte un rato. Además, así podrás descubrir todo lo que la policía podría estar ocultándonos.
– Si es que esa mujer habla -dijo Slade.
– Lo hará con la motivación adecuada. Todas lo hacen.
Dicho eso, Kurt se marchó hacia el lugar donde tenía aparcado su todoterreno, dejando a Matt con un mal sabor de boca.
– No me gusta ese hombre -le dijo a Slade.
– No tiene que gustarte. Sólo tienes que hacer lo que él dice -replicó con la dureza reflejada en los ojos-. Además, quieres acostarte con Kelly Dillinger de todos modos. Ahora ya tienes una excusa.
Ocho
Kelly pisó el acelerador y se dijo que acababa de ganar la medalla a necia del siglo. ¿Qué diablos le había ocurrido? ¿En qué estaba pensando al flirtear tan descaradamente con Matty, encima, besarlo? ¡Era una locura! No podía ni debía enamorarse de Matt McCafferty. No se lo permitiría. Dejarle que la besara ya había sido ya lo suficientemente malo, pero ¿se había quedado en un simple beso en un determinado momento? No. Había tenido que desafiarlo e incluso en aquellos momentos, diez minutos más tarde, sentía el calor, el hormigueo y la impresión de los labios de él sobre los suyos.