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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– ¿No te parece? -le preguntó.

Pero él siguió sin responder.

– Winston y yo -insistió ella-. Es tu hermano. Quieres que sea feliz, ¿verdad? ¿No crees que yo podría hacerlo feliz?

– ¿Por qué me preguntas todo esto? -le preguntó él, en voz baja y en un tono casi incorpóreo en medio de la noche.

Ella se encogió de hombros, luego metió el dedo en el vaso para alcanzar las últimas gotas. Se lamió el dedo y levantó la mirada.

– A su servicio -murmuró él, y le sirvió dos dedos más de brandy.

Miranda asintió para darle las gracias y luego respondió a su pregunta.

– Quiero saberlo -dijo, simplemente-, y no sé a quién más preguntar. Olivia tiene tantas ganas de que me case con Winston que diría lo que fuera para llevarme al altar cuanto antes.

Esperó y contó los segundos hasta que él dijo algo. Uno, dos, tres… Entonces, Turner expulsó el aire de golpe.

Fue casi como una rendición.

– No lo sé, Miranda. -Parecía cansado-. No veo por qué no ibas a hacerlo feliz. Harías feliz a cualquiera.

«¿Incluso a ti?» Miranda quería preguntárselo pero acabó declinándose por:

– ¿Y crees que él me haría feliz?

Turner tardó más en responder a esta pregunta. Y lo hizo, al final, con un tono lento y comedido.

– No estoy seguro.

– ¿Por qué no? ¿Qué le pasa a Winston?

– No le pasa nada. Es que no estoy seguro de que pudiera hacerte feliz.

– Pero ¿por qué? -Estaba siendo impertinente, lo sabía, pero si conseguía que Turner le dijera por qué Winston no la haría feliz, quizá consiguiera que se diera cuenta de por qué él sí lo haría.

– No lo sé, Miranda. -Se echó el pelo hacia atrás hasta que los mechones rubios se quedaron en un ángulo extraño-. ¿Tenemos que mantener esta conversación?

– Sí -respondió ella, con firmeza-. Sí.

– Muy bien. -Turner se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos, como si quisiera prepararla para las malas noticias-. No cumples los estándares de belleza actuales, eres demasiado sarcástica y no te gusta especialmente mantener conversaciones inocuas. Francamente, Miranda, no entiendo por qué quieres un matrimonio típico de la alta sociedad.

Ella tragó saliva.

– ¿Y?

Él apartó la vista y miró a otro lado durante un minuto antes de volver a ella.

– Y muchos hombres no sabrán valorarte. Si tu marido intenta convertirte en algo que no eres, serás terriblemente infeliz.

Había algo eléctrico en el aire y Miranda era incapaz de quitarle los ojos de encima.

– ¿Y crees que hay alguien ahí fuera que sabrá valorarme? -susurró.

La pregunta quedó en el aire, tentándolos a los dos hasta que Turner respondió:

– Sí.

Sin embargo, deslizó la mirada hasta el vaso, se acabó el brandy y suspiró como un hombre satisfecho por la bebida, no como uno que se estuviera planteando el amor.

Ella apartó la mirada. El momento, si es que había existido y no había sido producto de su imaginación, había desaparecido, y el silencio que se impuso entre ellos fue bastante incómodo. Era extraño y torpe y, por lo tanto, como Miranda quería llenar ese vacío entre ellos, le hizo la pregunta más estúpida del mundo:

– ¿Asistirás al baile de los Worthington la semana que viene?

Él se volvió, con la ceja arqueada a modo de interrogación ante la pregunta inesperada.

– Quizá sí.

– Me encantaría. Siempre tienes la amabilidad de bailar conmigo dos veces. De no ser por ti, no tendría pareja de baile. -Estaba parloteando, pero no estaba segura de si le importaba. En cualquier caso, no parecía poder detenerse-. Si Winston pudiera venir, no te necesitaría, pero creo que tiene que regresar a Oxford por la mañana.

Turner le lanzó una mirada extraña. No fue una sonrisa, tampoco una burla, aunque tampoco fue irónica. Miranda odiaba que fuera tan inescrutable; no le daba ninguna pista de por dónde ir. Pero ella continuó. A estas alturas, ¿qué podía perder?

– ¿Irás? -preguntó-. Te lo agradecería mucho.

Él la miró unos segundos y, luego, respondió:

– Ahí estaré.

– Gracias. Me alegro.

– Encantado de poder ayudar -dijo él, con sequedad.

Ella asintió, con los movimientos más afectados por los nervios que por otra cosa.

– Si sólo puedes bailar conmigo una vez, bastará. Pero, si pudieras hacerlo al principio, te lo agradecería. Parece que los demás hombres te siguen.

– Por extraño que parezca -murmuró él.

– No es tan extraño -dijo ella, encogiendo un hombro. Empezaba a notar los efectos del alcohol. Todavía no estaba ebria, pero sí acalorada y un poco desenvuelta-. Eres atractivo.

Por lo visto, él no supo qué responder. Miranda se felicitó. Eran contadas las ocasiones en que conseguía desconcertarlo.

La sensación fue emocionante, así que bebió otro sorbo de brandy, con cuidado de hacerlo despacio, y dijo:

– Te pareces a Winston.

– ¿Cómo dices?

Turner habló con la voz cortante, y ella seguramente debería haberlo interpretado como una advertencia, pero parecía que no podía salir del hoyo que estaba cavando a su alrededor.

– Bueno, los dos tenéis los ojos azules y el pelo rubio, aunque creo que el suyo es un poco más claro. Y tenéis la misma postura, aunque…

– Ya basta, Miranda.

– Pero si…

– He dicho que basta.

Ella se calló ante el tono mordaz, y luego murmuró:

– No tienes por qué ofenderte.

– Has bebido demasiado.

– No seas estúpido. No estoy ebria. Seguro que tú has bebido diez veces más que yo.

Turner le lanzó una mirada relajada engañosa.

– Eso no es cierto pero, como has dicho antes, tengo mucha más experiencia que tú.

– He dicho eso, ¿verdad? Creo que tenía razón. No creo que estés ebrio.

Él inclinó la cabeza y dijo:

– Ebrio, no. Sólo un poco imprudente.

– ¿Imprudente? -murmuró ella, muy despacio-. Una descripción interesante. Me parece que yo también estoy imprudente.

– Seguro porque, si no, habrías vuelto a subir las escaleras en cuanto me viste.

– Y no te habría comparado con Winston.

A Turner le brillaron los ojos.

– No, no lo habrías hecho.

– No te importa, ¿verdad?

Se produjo un largo silencio y, por un segundo, Miranda se dijo que había ido demasiado lejos. ¿Cómo había podido ser tan estúpida y vanidosa para creer que podría desearla? ¿Por qué diantres iba a importarle si lo comparaba con su hermano pequeño? Para él, ella sólo era una cría, la niña feúcha de quien se había hecho amigo porque le daba pena. Nunca debería haber soñado que algún día podría llegar a quererla.

– Perdóname -balbuceó mientras se levantaba-. Me he excedido. -Y entonces, como todavía lo tenía en la mano, se bebió todo el brandy que le quedaba y corrió hacia la puerta-. ¡Aaahhh!

– ¿Qué diablos…? -Turner se levantó.

– Me había olvidado del vaso -dijo, gimoteando-. De los cristales rotos.

– Jesús, Miranda, no llores. -Cruzó el salón corriendo y, por segunda vez esa noche, la levantó en brazos.

– Soy una estúpida. Una maldita estúpida -dijo ella, sorbiéndose la nariz. Las lágrimas eran fruto de la pérdida de la dignidad, no del dolor, y por eso costaba más detenerlas.

– No blasfemes. No te había oído blasfemar nunca. Voy a tener que lavarte la boca con jabón -bromeó él mientras la llevaba hasta el sofá.

El tono amable la afectó mucho más de lo que lo habrían hecho las palabras severas, y tuvo que respirar hondo varias veces para intentar controlar los sollozos que parecían acumulársele en la garganta.

Turner la dejó en el sofá con delicadeza.

– Déjame ver ese pie.

Ella meneó la cabeza.

– Puedo hacerlo sola.

– No seas tonta. Estás temblando como una hoja. -Se fue hasta el mueble con las botellas y cogió la vela que ella había bajado antes.

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