Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Tony era muy generoso. Dejaba mil dólares a la semana en un bote de galletas con forma de osito que tenían en la cocina. Nunca mencionó el dinero y jamás se habló de que la mantenía, pero cuando le compró un abrigo de visón ella notó que por fin Tony se había comprometido. Sheryl se había enamorado locamente de él.
Estuvo mucho tiempo sin saber que estaba casado. Cuando lo descubrió, lo pasó muy mal. Ella pensaba que no se casaban porque Tony era un católico acérrimo y abandonar a su mujer le causaría problemas. Durante una temporada, incluso quiso que Sheryl se convirtiera al catolicismo. Le regaló libros religiosos. Él conocía bien la Biblia.
Nunca dijo nada en contra de su mujer. Se habían casado por la Iglesia y era una situación delicada. Además, Tony quería mucho a su hijo. Vincent lo era todo para él. Vincent era su alma. Tony siempre iba a su casa a las seis y media de la mañana para preparar el desayuno a Vincent. Sheryl decía que lo hacía incluso cuando estaba en la cama en casa de ella.
Más tarde, Tony le compró un coche: un Plymouth Fury. No era un coche ostentoso.
Cuando Nancy descubrió lo que sucedía, las cosas se complicaron un poco. Sheryl había pasado por el Golden Rush para ver a Tony. Llevaba un collar de diamantes que Tony le había regalado, y cuando apareció Nancy y vio a Sheryl con el collar montó en cólera y quiso arrebatárselo.
Yo llegué allí en el preciso instante en que las dos luchaban en el suelo. Sheryl consiguió que no le quitara el collar. Tony salió de la trastienda, consiguió separarlas y así Sheryl y yo logramos escapar.
Al final, cuando lo de Tony y Sheryl se acabó, él no contestaba a sus llamadas. Ella estaba realmente loca por él, pero tal vez llevó las cosas demasiado lejos. Tony tenía muchos problemas con la poli cuando se separaron y quizás quería protegerla.
Su hermano John le decía que no intentara contactar con él. «No lo llames», le decía. «No te expongas». Pero ella lo vio por televisión en los juicios, se dio cuenta de que había engordado y tenía mal aspecto y culpaba a Nancy por no cuidarlo. Sheryl se empeñaba en que siempre comiera lo adecuado; siempre tenía el frigorífico lleno de fruta, hortalizas y productos saludables, indicados para los que padecían del corazón.
Cuando ella y Tony se separaron, Sheryl trabajó de noche en una coctelería. A Tony no le gustaba aquello, pero ella se había acostumbrado al estilo de vida de él. Necesitaba dinero. Luego se metió de croupier de blackjack. Trabajaba en el MGM en Bally. Tenía el primer turno y sacaba muchísimo dinero. Empezó a salir con jugadores importantes. Se enteró de la historia. Aprendió con la experiencia y empezó a buscar otra tabla de salvación.
Frank Cullotta cuenta:
Un día, en el aparcamiento de atrás del restaurante My Place, Tony va y me dice que mate a Jerry Lisner, que era un traficante de drogas de poca monta y un buscavidas.
– Tienes que hacerte cargo del tipo, Frankie -me dijo Tony-. Roba a borrachos. Es una rata de alcantarilla.
Le dije que me sería difícil hacerlo, ya que acababa de estafarlo con cinco mil anfetas y él y su mujer no confiaban en mí.
Tony se puso a cien:
– Mataré yo al hijoputa ése -me dice-. Tú tráemelo.
Le dije que no fuera a pensar que no lo quería hacer, sino que Lisner desconfiaba de mí. Que me iba a costar acercarme a él.
– ¡Quiero que esto se solucione ahora mismo! -dijo-. ¡Pero ya!
No dijo más. Entró en el local. Por aquella época nos seguían constantemente a todos, de modo que me metí en el coche, pasé por casa, preparé una maleta y me fui de Las Vegas al aeropuerto Burbank de Los Ángeles, donde cogí el primer vuelo para Chicago. Nadie supo que había abandonado la ciudad.
En Chicago, me puse en contacto con Wayne Matecki. Tomamos aquella misma noche un vuelo hacia Burbank utilizando nombres falsos, cogimos el coche y llegamos a Las Vegas.
Del aeropuerto nos fuimos directos a la residencia donde yo vivía, desde donde tenía intención de llamar a Lisner. Pensé para mis adentros: «Vamos a hacer una prueba. A ver si está en casa». Pues sí. Le digo:
– Aquí tengo a un primo, de los mejores. Podemos sacarle un montón de dinero.
Le explico que el tipo está en la ciudad. Le hablo de una suma importante.
Me dice que se lo pase. Cogemos un coche de los del trabajo, equipado con antena de detección de la policía y una automática del calibre 25. No disponía de silenciador y tuve que cargarla a medias: vacié la mitad de las balas para que no hicieran tanto ruido.
Dejé a Wayne en el coche con la antena y me metí dentro. Le dije a Lisner que quería hablar con él antes de presentarle al individuo. Tenía que asegurarme que no había nadie más en la casa. Sabía que su mujer trabajaba. Sabía que tenía dos hijos, pero siempre se quejaba de que no los podía soportar.
Mientras entramos en la casa le digo:
– ¿Seguro que no hay nadie aquí? ¿Segurísimo? ¿Dónde están tus hijos? ¿Dónde está tu mujer?
Me responde que está solo y yo insisto en que quiero comprobarlo antes de que entre el primo.
Nos metemos para adentro y le digo:
– Oigo ruido.
Me dice que no es nada. Miro por la ventana del salón hacia la piscina y bajo las persianas. Salimos juntos de su madriguera, saco el arma y le pego dos tiros en la nuca.
Vuelve la cabeza y se queda mirándome.
– ¿Qué haces? -dice.
Sale de la cocina y se va hacia el garaje.
La verdad es que miré el arma pensando:
«¿Qué coño he metido aquí? ¿Salvas o qué?» Echo a correr detrás de él y le vacío el cargador en la cabeza. Cada disparo es como una explosión.
Pero no se cae. El mamón corre que se las pela. Es como una pesadilla. Lo persigo alrededor de la casa y le he metido ya todas las balas en la cabeza.
Lo pillo en el garaje. Cuando llego a él ya tiene la mano en el tirador de la puerta, pero se la agarro. Me doy cuenta de que se va debilitando. Lo arrastro de nuevo hacia la cocina.
No me quedan balas. Pienso: «¿Qué hago con el tipo?» Agarro un cordón eléctrico del refrigerador del agua, se lo anudo en el cuello y se rompe. Estoy a punto de coger un cuchillo y acabar la faena cuando aparece Wayne con más balas.
Lisner sigue resollando. Me dice:
– Mi mujer sabe que estás aquí.
Volví a vaciar el cargador en su cabeza. En los ojos. Luego se desplomó, cayó como una rueda pinchada y comprendí que había concluido la faena.
Luego tenía que limpiar la casa. Había sangre por todas partes. La sangre cubría su cuerpo. Me preocupaba dejar huellas en la sangre de su cuerpo o en la ropa.
No me había puesto guantes porque sabía que Lisner no era tonto. No me habría dejado pasar de haber visto que llevaba guantes. Intenté asegurar que no había tocado nada. El único lugar en que había puesto los dedos era la pared, al golpearlo junto al refrigerador de agua. Enseguida lo limpié todo con gran rapidez.
Quedaba, sin embargo, la posibilidad de haber dejado huellas en su cuerpo, y por ello lo agarré por los tobillos -Wayne me abrió la puerta corredera-, lo arrastré hacia la piscina y lo deslicé, con las piernas por delante, hacia el agua. Bajó directo, como un tablón. Parecía que nadara.
Sabía que metiéndolo en la piscina, la sangre se diluiría y desaparecerían las huellas que hubiera podido dejar en su cuerpo. Miré como flotaba el cadáver y constaté que la sangre empezaba a esparcirse.
Entonces, Wayne y yo registramos la casa. Quería asegurarme de que el tipo no había grabado nuestra conversación. Yo me dediqué a la planta baja y Wayne a la superior. Encontré su agenda y me la llevé.