Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Pero nada era suficiente y la tensión estaba empezando a aflorar. El viernes por la noche, tras aumentar el desorden de la biblioteca con el barro y las hojas que traían adheridos a las botas, Izzy le había gritado a Alice por tropezarse con su alforja y romperle la correa.
—¡Ten cuidado!
Alice se agachó para recogerla, bajo la atenta mirada de Beth.
—No deberías haberla dejado en el suelo, ¿no crees?
—Era solo un minuto. Estaba intentando bajar los libros y necesitaba el bastón. ¿Qué voy a hacer ahora?
—No lo sé. ¿Decirle a tu mamá que te compre otra?
Izzy se tambaleó como si le hubieran dado una bofetada y fulminó con la mirada a Beth.
—Retira eso.
—¿Que retire qué? Es la maldita verdad.
—Izzy, lo siento —dijo Alice, al cabo de un rato—. Ha sido… De verdad que ha sido un accidente. Intentaré buscar a alguien que la arregle el fin de semana.
—No hacía falta ser tan cruel, Beth Pinker.
—Caray. Eres más delicada que el ala de una libélula.
—¿Podéis dejar de discutir y traer vuestros libros? Me gustaría salir de aquí antes de medianoche.
—No puedo traer los míos porque tú no has traído los tuyos, y si yo pongo los míos se van a mezclar con los que tienes a tus pies.
—Los libros que están a mis pies, Izzy Brady, son los que tú dejaste ayer por no molestarte en colocarlos.
—¡Te dije que mi madre tenía que recogerme temprano para poder ir al grupo de confección de colchas!
—Ah, bueno. No vamos a entrometernos en un maldito grupo de confección de colchas, ¿no?
Las chicas habían empezado a levantar la voz. Beth miró a Izzy desde un rincón del cuarto, donde acababa de vaciar sus alforjas. Además, había sacado una fiambrera y una botella de limonada vacía.
—Caramba. ¿Sabéis qué necesitamos?
—¿Qué? —preguntó Izzy, con recelo.
—Soltarnos un poco el pelo. Demasiado trabajo y poca diversión —contestó la muchacha, sonriendo—. Creo que necesitamos hacer una reunión.
—Esto ya es una reunión —dijo Margery.
—No esta clase de reunión. —Beth salió dando zancadas y sorteando con cuidado los libros. Abrió la puerta y salió fuera, donde su hermano pequeño la esperaba sentado en los escalones. De vez en cuando, le compraban a Bryn una bolsa de caramelos por hacerles los recados, y el chico levantó la vista, esperanzado—. Bryn, ve a decirle al señor Van Cleve que Alice tiene que quedarse hasta tarde en una reunión de política bibliotecaria y que la acompañaremos a casa cuando hayamos acabado. Luego ve a casa de la señora Brady y dile lo mismo. Espera, no le digas que es sobre política bibliotecaria. Aparecerá aquí antes de que podamos decir «Lena B. Nofcier». Dile… Dile que estamos limpiando las sillas de montar. Luego dile lo mismo a mamá y te compraré un paquete de Tootsie Rolls.
Margery entornó los ojos.
—Espero que esto no sea…
—Ahora vuelvo. Por cierto, Bryn. ¡Bryn! Como le digas a papá que he estado fumando, te arranco las malditas orejas, una detrás de la otra. ¿Me has oído?
—¿Qué está pasando? —preguntó Alice, mientras oían los pasos de Beth alejarse por la carretera.
—Yo podría preguntar lo mismo —dijo una voz.
Margery levantó la vista y vio a Sophia de pie en la puerta, con las manos entrelazadas y el bolso bajo el brazo. La mujer alzó una ceja al ver aquel caos.
—Santo cielo. Me advirtió que la cosa estaba mal, pero no que me iban a entrar ganas de volver gritando a Louisville —dijo Sophia. Alice e Izzy se quedaron mirando a aquella mujer alta, de vestido azul inmaculado. Ella las miró a los ojos—. No sé qué hacen ahí, cazando moscas. ¡Deberían estar trabajando! —Sophia posó el bolso y se desató la bufanda—. Se lo he dicho a William y se lo repito a ustedes. Trabajaré por las noches y lo haré a puerta cerrada, así que nada de airear que estoy aquí. Esas son mis condiciones. Y quiero el sueldo del que hablamos.
—Por mí bien —dijo Margery. Las dos muchachas más jóvenes, desconcertadas, se volvieron para mirarla. Margery sonrió—. Izzy, Alice, esta es la señorita Sophia. Nuestra quinta bibliotecaria.
Sophia Kenworth, les comentó Margery mientras empezaban a enfrentarse a las pilas de libros, había pasado ocho años en la biblioteca para gente de color de Louisville, en un edificio tan grande que tenían que dividir los libros no solo por secciones, sino por pisos enteros. La utilizaban los profesores y los académicos de la Universidad Estatal de Kentucky, y disponía de un sistema de tarjetas y sellos muy profesional que se usaba para apuntar las fechas de entrada y de salida de los libros. Sophia había recibido formación oficial y había realizado prácticas; dejó de trabajar allí porque su madre había muerto y William había tenido un accidente, todo en un breve plazo de tres meses, y eso la había obligado a marcharse de Louisville para cuidarlo.
—Eso es lo que necesitamos aquí —dijo Sophia, examinando los libros concienzudamente y fijándose en sus lomos—. Necesitamos sistemas. Dejádmelo a mí.
Una hora más tarde, las puertas de la biblioteca estaban cerradas con llave, la mayoría de los libros ya no se encontraban por el suelo y Sophia hojeaba con rapidez las páginas del registro, emitiendo suaves sonidos de desaprobación. Beth, entretanto, había vuelto y sostenía un tarro enorme de un líquido oscuro ante los ojos de Alice.
—No sé yo… —dudó esta.
—Dale un trago. Venga. No te va a matar. Es licor de tarta de manzana.
Alice miró a Margery, que ya lo había rechazado. A nadie pareció sorprenderle que ella no bebiera licor.
Alice se llevó el tarro a los labios, vaciló y volvió a echarse atrás.
—¿Qué pasará si llego a casa bebida?
—Bueno, pues que llegarás a casa bebida, supongo —dijo Beth.
—No sé… ¿Puede probarlo otra antes?
—Bueno, Izzy no creo que lo haga, ¿no?
—¿Quién ha dicho eso? —replicó Izzy.
—Madre mía. Vamos allá —dijo Beth riéndose. Luego le quitó el tarro a Alice y se lo pasó a Izzy. Con una sonrisa pícara, Izzy sujetó el tarro con ambas manos y se lo llevó a la boca. Bebió un sorbito y empezó a toser en medio de un ataque de risa, abriendo los ojos de par en par, mientras intentaba devolverle el tarro a Beth—. ¡No hace falta bebérselo de un trago! —comentó esta, antes de beber un poco—. Como sigas bebiendo así, el martes te habrás quedado ciega.
—Pásamelo —dijo Alice. Bajó la vista para observar el contenido y respiró hondo. «Eres demasiado impulsiva, Alice».
Bebió un trago y sintió que el alcohol le quemaba la garganta como si fuera mercurio ardiente. Apretó los ojos con fuerza, esperando a que dejaran de llorarle. La verdad era que estaba delicioso.
—¿Bien? —Beth la miró con picardía, mientras ella volvía a abrir los ojos.
Alice asintió en silencio y tragó saliva.
—Sorprendentemente, sí —comentó con voz ronca—. Déjame tomar un poco más.
Algo cambió dentro de Alice aquella noche. Estaba harta de que todo el pueblo la observara, no soportaba más que la controlaran, que hablaran de ella y que la juzgaran. No soportaba estar casada con un hombre a quien todos los demás consideraban Dios Todopoderoso y que apenas se atrevía a mirarla.
Alice había recorrido medio mundo para descubrir que, para variar, allí también la consideraban imbécil. Pues bien, si aquello era lo que todo el mundo pensaba, se comportaría como tal.
Bebió otro sorbo y luego otro, y le apartó las manos a Beth con brusquedad cuando le recomendó que tuviera cuidado. Se sentía, tal y como les dijo cuando finalmente les devolvió el tarro, «agradablemente achispada».
—¡Agradablemente achispada! —repitió Beth, y las chicas se echaron a reír a carcajadas.