El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Era una mujer estupenda, y lo que hacían en su abundante tiempo libre no había afectado en absoluto a su trabajo. Era más ayudante administrativa que secretaria, y Barry sabía demasiado bien que no podría hacer nada sin ella. Por lo menos era tan importante para su trabajo como el director de operaciones, y aquello aterraba a Barry Price. Esperaba el sentido de posesión, las exigencias para que le dedicara tiempo y atención que habían hecho tan desagradable la vida con Grace, su esposa. No podía creer que Dolores quedara satisfecha con ser simplemente su... ¿Qué era?, se preguntó. No sería correcto considerarla su querida. El no la mantenía. Dolores no estaba dispuesta a permitir a ningún hombre que tuviera esa clase de dominio sobre su vida. Pensó que la mejor calificación sería la de amante, y que no debía darle más vueltas, sino disfrutar de la situación y estar contento.
Se detuvo para servirse un café de la gran cafetera que estaba en la cabaña del supervisor de construcción. Siempre tenían un café excelente. Se llevó una taza a su despacho y cogió el informe de McCleve.
Un minuto después gritaba enfurecido.
Todavía no se había calmado cuando llegó Dolores, hacia las ocho treinta, provista de otra taza de café. Encontró a Barry andando de un lado a otro de la estancia.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
Barry pensó que aquella era otra de las cosas que le gustaban de ella. Nunca pedía nada personal en la oficina.
—Esto. —Le mostró el informe—. ¿Sabes lo que quieren esos idiotas?
—Desde luego que no.
—¡Quieren que oculte la planta! ¡Pretenden que excavemos un terraplén de quince metros alrededor de todo el complejo!
—¿Eso proporcionaría mayor seguridad a la planta? —inquirió Dolores.
—¡No! Sería un puro afeite, ni siquiera eso. Maldita sea, San Joaquín es bonito, la planta es hermosa. Deberíamos estar orgullosos de ella y no tratar de esconderla tras un montón de tierra.
Dolores dejó la taza sobre la mesa y en su rostro se dibujó una sonrisa incierta.
—¿Estás obligado a hacerlo?
—Espero que no, pero McCleve dice que a los miembros de la junta les gusta la idea, lo mismo que al alcalde. ¡Si me obligan a eso se va a retrasar todo el programa! Tendré que distraer hombres de las excavaciones del cuarto reactor y...
—Y entretanto van a venir las damas de la Asociación de Padres y Maestros. Estarán aquí dentro de un cuarto de hora.
—Dios mío. Gracias, querida. He de recobrar la compostura.
—Sí, será mejor que lo hagas. Pareces un oso. Sé agradable, que esas señoras están de nuestro lado.
—Me alegro de que alguien lo esté.
Barry regresó a su mesa de trabajo y miró el montón de trabajo que aún había de hacer, esperando que las señoras no le robaran demasiado tiempo. Tal vez tendría ocasión de telefonear al alcalde y quizá éste sería razonable y él podría volver al trabajo de nuevo..
La planta bullía de actividad. Excavadoras, elevadores de cargas y camiones cargados de cemento se movían sin cesar, trazando un intrincado dibujo que no parecía tener orden ni concierto. Los obreros acarreaban materiales de construcción. Barry Price condujo al grupo a través de aquel torbellino, casi sin percibirlo.
Las señoras habían visto las películas del departamento de relaciones públicas, y juiciosamente se habían vestido con pantalones y llevaban zapatos de tacón bajo. No tuvieron ningún inconveniente en ponerse los cascos que les entregó Dolores. Hasta entonces, tampoco habían formulado demasiadas preguntas.
Barry las llevó al emplazamiento del reactor número tres. Era un laberinto de vigas de acero y estructuras de madera terciada, visible porque la cúpula cobertora no estaba terminada. Sería un buen lugar para mostrar a las visitantes las características de seguridad. Barry confiaba en que le escucharían. Dolores dijo que le habían parecido muy razonables, y él tenía esperanzas, pero la experiencia pasada le hacía mantenerse en guardia. Llegaron a una zona más tranquila donde en aquel momento había pocos obreros de la construcción. Seguía oyéndose el ruido de las excavadoras, los carpinteros que elevaban estructuras y los soldadores que unían tuberías...
—Ya sé que le hacemos perder mucho tiempo —dijo la señora Gunderson—, pero creemos que es importante. Muchos padres nos preguntan sobre la planta. La escuela está sólo a pocos kilómetros...
Barry sonrió, mostrando su acuerdo y dando a entender que todo estaba bien, que conocía la importancia de su visita. Pero no lo decía de corazón. Seguía pensando en el informe de McCleve.
—¿Trabajan todos esos obreros para usted? —preguntó otra señora.
—Bueno, son obreros de Bechtel, la empresa que construye las plantas. El departamento de agua y energía no puede mantener permanentemente en nómina a tantos obreros de la construcción.
La señora Gunderson no se interesaba por los detalles administrativos. Su carácter era parecido al de Barry: quería ir al grano, y en seguida. Era una mujer robusta y bien vestida. Su marido poseía una granja en algún lugar de la vecindad.
—Iba usted a enseñarnos el equipo de seguridad —le dijo.
—Exacto. —Barry señaló la cúpula en construcción—. En primer lugar tenemos la misma cobertura. Es de hormigón armado y muy gruesa, por lo que si algo ocurre dentro, el problema no sale al exterior. Pero lo que ustedes querían ver es esto. —Indicó una gran tubería que se introducía en la cúpula incompleta—. Es nuestro primer sistema de enfriamiento, de acero inoxidable y con sesenta centímetros de diámetro. El grosor de la pared es de dos centímetros y medio. Ahí hay un trozo cortado. Apuesto a que no pueden levantarlo.
La señora Gunderson decidió probarlo. Intentó levantarn el trozo de tubería, que medía más de un metro, pero no pudo moverlo.
—Para que perdiéramos líquido refrigerante, esa tubería tendría que romperse del todo —explicó Barry—. No sé cómo podría suceder, pero imaginemos que ocurre. Dentro de la cobertura los hombres están colocando ahora los tanques para enfriamiento de emergencia. Sí, esos grandes objetos. Si desciende alguna vez la presión del agua de los sistemas primarios de enfriamiento, esos tanques lanzan agua a presión elevada, dirigida al mismo núcleo del reactor.
Barry condujo a las visitantes a través de la estructura, haciendo que reparasen en todo. Les mostró las bombas que mantendrían lleno de agua el depósito del reactor, y el inmenso tanque que contendría el agua para las turbinas.
—Todo esto puede utilizarse para un enfriamiento de emergencia.
—¿Cuál es la cantidad de agua suministrada? —preguntó la señora Gunderson.
—Unos cuatrocientos litros por minuto. Más o menos lo que pueden expulsar seis mangueras de jardín.
—Eso no parece mucho. ¿Y es todo lo que necesitan?
—Todo cuanto necesitamos. Créame, señora Gunderson, no hay nadie más preocupado por la seguridad de los niños que nosotros. La mayor parte de los llamados accidentes, para los que nos preparamos, nunca han ocurrido. Tenemos personal cuyo trabajo consiste en imaginar extraños accidentes, cosas absurdas que estamos seguros de que jamás sucederán, de modo que estemos preparados para cualquier eventualidad.
Barry dejó que las señoras fueran de un lado a otro, inspeccionando las instalaciones, sabiendo que les impresionaría el imponente tamaño de todo, como le impresionaba a él. Amaba aquellas plantas de energía. Había pasado la mayor parte de su vida preparándose para aquel trabajo.