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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Cuando lo hubieron visto todo, las acompañó al centro de visitantes, donde los encargados de relaciones públicas le sustituirían. Confiaba en que hubiera cumplido bien con su cometido. Aquellas personas podían ser de gran ayuda, si querían. Pero también podían hacer mucho daño...

—Hay otra cosa que me preocupa —dijo la señora Gunderson—. El sabotaje. Ya sé que ustedes han hecho todo lo posible para prevenir accidentes, pero suponga que alguien tratara deliberadamente de... de hacer que estalle la central. Después de todo, aquí no tienen muchos guardas, y hay un montón de gente loca en este mundo.

—Sí, ya hemos pensado en todas las formas en que podrían intentarlo —dijo Barry, sonriente—. Disculpen si no se las cuento.

Las señoras le devolvieron la sonrisa, inseguras. Finalmente, la señora Gunderson preguntó:

—¿Está entonces convencido de que un puñado de locos puede dañar la planta?

Barry meneó la cabeza.

—No, señora. Estamos convencidos de que nada que puedan hacernos les perjudicará a ustedes, pero nadie puede proteger a la planta en sí. Considere las turbinas, por ejemplo. Giran a tres mil seiscientas revoluciones por minuto. Esas hojas giran a tal velocidad que si cayeran unas gotas de agua en las tuberías de vapor, las turbinas se romperían. El patio de maniobras es vulnerable a cualquier idiota que tenga dinamita. No, no podemos impedirles que destruyan la planta, como tampoco podemos impedirles que incendien los tanques de petróleo de una planta de combustible fósil. Lo que podemos hacer es poner los medios para que nadie Ajeno al recinto de la planta de energía reciba daño alguno.

—¿Y sus propios operarios?

Barry se encogió de hombros.

—Mire, nadie considera notable que la policía y los bomberos se entreguen a su trabajo —replicó—. No se habla mucho de los trabajadores de centrales energéticas. Tal vez sería distinto si la gente viera a uno de nuestros aprendices metido en aceite hasta la cintura para ajustar una válvula, o a un electricista subido a un poste en medio de una tormenta eléctrica. Haremos nuestro trabajo, señora Gunderson, si nos dejan.

En El Lago, suburbio de Houston, el tiempo era despejado y soplaba un viento cálido. La estación lluviosa había finalizado, y un centenar de familias disfrutaban del buen tiempo en los jardines traseros de sus casas. En el supermercado se habían agotado las existencias de cerveza.

Activo, hambriento y feliz por estar en casa durante todo un fin de semana, Rick Delanty recogió las hamburguesas de la parrilla y las depositó en los panecillos. Al calor y el humo de su jardín trasero se unía el bullicio de una docena de amigos con sus esposas. A lo lejos se oían los gritos de los niños que jugaban a algún juego nuevo. Rick pensó que los chicos se acostumbraban pronto a pasarlo bien, aunque no lo hicieran muy a menudo. Tener a su padre en casa no era nada especial para ellos.

—...Esa idea no es nada nueva —decía su mujer—. Hace décadas que los escritores de ciencia ficción empezaron a hablar de grandes colonias espaciales. —Era alta y muy morena, y llevaba el cabello recogido en pequeñas trenzas—. Precisamente, Heinlein escribió sobre ellas. —Miró a Rick en busca de confirmación, pero su marido estaba atareado ante la parrilla, mientras recordaba cómo era su mujer cuando ambos estudiaban en Chicago.

—No, la idea es nueva —dijo un miembro de cierto club muy selecto. Evan había estado en la Luna... o casi. Fue el hombre que permaneció en la cápsula Apolo—. O'Neill ha calculado el coste económico de construir esas colonias espaciales gigantes. Ha demostrado que podemos hacerlo, que no se trata de cuentos.

—Me gusta —dijo Gloria—. Un proyecto de una familia de astronautas. ¿Firmamos un contrato?

—Ya lo hiciste al casarte con el piloto de pruebas —dijo Jane Ritchie.

—Oh, ¿estamos casados? —preguntó Gloria—. Evan, ¿es posible que los que trabajáis en el departamento de entrenamiento seáis capaces de cumplir con un horario?

John Baker salió de la casa.

—¡Eh, Rickie! Creí que me había equivocado de casa. Desde ahí afuera no se veía ninguna señal de actividad.

Hubo un coro de saludos, calurosos por parte de los hombres que no habían visto al coronel John Baker desde que se marchó a Washington, y no tan calurosos por parte de las mujeres. Baker había conseguido divorciarse después de su misión. Ocurría con muchos astronautas, y el regreso de Baker a Houston despertaba en los otros curiosidad.

Baker saludó a todos con la mano y luego olisqueó.

—¿Hay uno de esos bocadillos para mí?

—Tomaré nota de su pedido, señor, pero a menos que haya una cancelación...

—¿Por qué no sirves nunca pollo frito?

—No quiero parecer poco original, porque yo soy...

—Negro —dijo Johnny Baker.

—¿Eh? —Rick se miró las manos con aparente consternación—. No, eso es sólo grasa de hamburguesa.

—¿Sabes a quien van a elegir para el vuelo de observación del cometa? —preguntó Evan.

—No tengo ni idea —dijo Baker—. Nadie habla de ello en Washington.

—Diablos, van a enviarme a mí —declaró Rick Delanty—. Lo sé de buena fuente.

Baker se quedó inmóvil, con su lata de cerveza a medio abrir. Otros tres hombres que se encontraban cerca dejaron de hablar, y las esposas contuvieron el aliento.

—Fui a ver a una adivina en Texarkana, y ella...

—¡Por Dios, dame su nombre y dirección, rápido! —exclamó Johnny. Los otros se limitaron a sonreír y reanudaron su conversación—. Has hecho algo terrible —susurró Johnny, y se rió por lo bajo.

—Sí —dijo Rick sin la menor vergüenza. Empezó a dar la vuelta a las hamburguesas con una espátula de largo mango—. ¿Por qué no nos lo dirán antes? Nos tienen a doce de nosotros bajo entrenamiento durante semanas y aún no dicen ni una palabra. Y este será el último vuelo para todos hasta que terminen el proyecto de la lanzadera espacial. Hace seis años que estoy en la lista y no he subido ni una sola vez. A veces me pregunto si vale la pena. —Dejó la espátula a un lado y añadió—: Me lo pregunto, y entonces me acuerdo de Deke Slayton.

Baker asintió. Deke Slayton fue un miembro del primer grupo de siete, uno de los primeros astronautas que eligieron, y no voló hasta el encuentro entre el Apolo y el Soyuz en el espacio. Pasaron trece años antes de que le asignaran una misión espacial. Era un astronauta tan bueno como cualquier otro, pero era mejor en actividades de tierra, como entrenamiento y control de la misión. Demasiado bueno en tierra.

—No comprendo cómo resistió —dijo Johnny Baker.

—Yo tampoco. Pero soy el único astronauta negro del mundo. Sigo pensando que eso ha de servir para algo.

Gloria se acercó a la parrilla.

—Hola, Johnny. ¿De qué estáis hablando?

Jane, que estaba cerca del refrigerador portátil que contenía las cervezas, gritó:

—¿De qué hablan siempre los astronautas cuando hay una misión planeada?

—Tal vez esperan el momento apropiado —dijo Johnny Baker—. Cuando haya disturbios raciales. Entonces pueden enviar un negro al espacio para demostrar que todos somos iguales.

—Eso no tiene gracia —dijo Gloria.

—Pero es una teoría tan buena como cualquier otra —terció Rick—. Si supiera cuáles son los métodos de elección de la NASA, volaría en todas las misiones. Pero bueno, ¿por qué has vuelto del Pentágono?

—Son órdenes. He de empezar a entrenar de nuevo. Estoy en el grupo de posibles observadores del cometa.

—Humm. —Rick examinó con la espátula una de las hamburguesas. Estaba casi hecha—. No creo que nos enviaran a los dos. Tú irías primero.

Baker se encogió de hombros.

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