Leonilla Malik garabateó una receta y la entregó a su paciente. Era el último de la mañana, y cuando el hombre salió del consultorio, Leonilla sacó la botella de Grand Marnier que guardaba en el cajón inferior de su mesa y se sirvió un vasito. El caro licor era un regalo de uno de sus Compañeros cosmonautas, y beberlo le proporcionaba una deliciosa sensación de decadencia. Su amigo también le trajo unas prendas interiores de seda, de París. Mientras saboreaba el dulce licor, Leonilla pensó que nunca había salido de Rusia. Por mucho que lo intentara, nunca la dejarían salir.
No estaba muy segura de su posición en el sistema. Su padre había sido un médico con una reputación bastante sólida entre la élite del Kremlin. Luego vino el «complot de los médicos», una absurda patraña estalinista de que los médicos del Kremlin trataban de envenenar al líder revolucionario de nuestros tiempos, héroe del pueblo, maestro e inspirado dirigente del proletariado mundial, el camarada Josef Vissarionovich Stalin. Su padre y otros cuarenta médicos habían desaparecido en la Lubianka.
Uno de los legados de su padre era un ejemplar del Pravda de 1950, en el que había subrayado todas las menciones del nombre de Stalin: noventa veces sólo en la primera página, diez veces como gran líder y seis como gran Stalin.
Leonilla pensó que su padre debería haber envenenado a aquel bastardo. Al fin y al cabo, en el país había una larga tradición en esa práctica. En las facultades de medicina soviéticas no se enseñaba el juramento de Hipócrates, pero ella lo había leído.
Como hija de un enemigo del pueblo, el futuro de Leonilla no se presentaba muy brillante, pero luego advino una nueva era y el doctor Malik fue rehabilitado. A modo de reparación, Leonilla se libró de un empleo de secretaria en una oscura ciudad ucraniana y fue a la universidad. Su relación con un coronel de la Fuerza Aérea le sirvió para aprender a volar, y de ahí su extraña y ambigua situación entre la corporación de cosmonautas. El coronel ya era general y hacía mucho tiempo que se había casado, pero seguía ayudándola.
Leonilla no había estado nunca en el espacio. Se había entrenado para ello, pero jamás la habían elegido. Entretanto, trataba a los aviadores y sus familiares, volaba siempre que podía y confiaba en que algún día tendría una oportunidad.
Se oyeron unos golpes en la puerta. El sargento Breslov, un muchacho que no tendría más de diecinueve años, orgulloso de ser un sargento del Ejército Rojo, aunque, naturalmente, ya no se llamaba así desde que Stalin se vio obligado a darle otro nombre durante lo que él llamó la gran guerra patriótica. Breslov hubiera preferido que siguiera llamándose Ejército Rojo. A menudo expresaba sus deseos de llevar la libertad al mundo a punto de bayoneta.
—Hay un largo mensaje para ti, camarada capitán. Te han transferido a Baikunyar.
Frunció el ceño al ver la botella que Leonilla se había olvidado de guardar.
—De vuelta al trabajo —dijo Leonilla—. Esto hay que celebrarlo. ¿Quieres un trago?
Sirvió un vaso a Breslov y éste lo bebió en posición de firmes. Era una forma de demostrar desaprobación ante los oficiales que bebían antes del almuerzo. Naturalmente, muchos lo hacían, lo que para Breslov era otra indicación de lo mal que habían ido las cosas desde los tiempos gloriosos del Ejército Rojo, de los que tanto se jactaba su padre.
Tres horas después, Leonilla volaba en dirección al aeropuerto espacial. Apenas podía creerlo. Habían llegado órdenes urgentes autorizándola a pilotar un caza de entrenamiento y disponiendo que sus pertenencias se enviaran tras ella. Aquella prisa indicaba que debía tratarse de algo muy importante. Dejó de lado las elucubraciones y se entregó a la alegría de volar. Sola, en los cielos transparentes, sin que nadie mirase lo que hacía por encima de su hombro, sin otros pilotos ansiosos de su oportunidad. Era el éxtasis. Una sola cosa podría ser mejor.
¿Tal vez era aquella la razón de que la hubieran llamado? Ella no tenía experiencia en misiones espaciales, pero tal vez... Había sido afortunada durante largo tiempo. ¿Por qué no iba a tener más suerte? Se imaginó tripulando un Soyuz auténtico, esperando que los grandes cohetes propulsores rugieran y lanzaran la nave espacial. Entusiasmada, emprendió con el avión de entrenamiento una serie de ejercicios acrobáticos que habrían supuesto su descalificación si alguien la hubiera visto.
Una súbita ventolera en el valle San Joaquín sacudió levemente el remolque, haciendo que Barry Price se despertara al instante. Permaneció tendido, inmóvil, escuchando el ruido tranquilizador de las excavadoras. Su equipo trabajaba todavía en la planta de energía nuclear. Había luz en el exterior. Se sentó cautelosamente, para no despertar a Dolores, pero ella se agitó y abrió un ojo.
—¿Qué hora es? —preguntó, todavía adormilada.
—Cerca de las seis.
—Oh, Dios mío. Vuelve a la cama.
Tendió los brazos hacia él. Las sábanas cayeron, descubriendo sus senos bronceados.
El se apartó, y luego cogió sus manos y las retuvo mientras se inclinaba para besarla.
—Mujer, eres insaciable.
—Todavía no he tenido ninguna queja. ¿De veras tienes que levantarte?
—Sí. He de adelantar trabajo antes de que vengan unos visitantes, y he de leer ese informe que McCleve envió ayer. Tenía que haberlo hecho anoche.
Ella sonrió con picardía.
—Lo que hicimos ha sido más divertido. ¿No vas a acostarte de nuevo?
—No. —Fue hasta el lavabo y dejó correr el agua para que se calentara.
—Te despiertas antes que cualquier otro hombre que haya conocido —dijo Dolores—. Pero yo no voy a levantarme de madrugada.
Se tapó la cabeza con la almohada, pero siguió moviéndose ligeramente bajo las sábanas, haciendo saber a su amante que estaba despierta.
Todavía disponible, pensó Barry mientras se vestía. Si por ella fuera, nunca saldrían de la cama. Una vez vestido fingió creer que ella dormía y abandonó rápidamente el remolque. En el exterior, estiró sus miembros y respiró hondo el fresco aire matinal. Su remolque se encontraba en el borde del campamento que albergaba a la mayor parte de los trabajadores del Proyecto Nuclear San Joaquín. Dolores también disponía de uno de aquellos remolques, bastante alejado del suyo, pero ella no lo usaba mucho últimamente. Barry se encaminó hacia la planta con una sonrisa que se desvaneció al pensar en Dolores.