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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Pero te olvidas de... —dijo Harvey.

—Pondremos la cereza en un polo y diremos que ese polo estaba en sombra en el perihelio. —Sharps hizo un dibujo que mostraba que cuando el cometa rodeara al sol, la cereza en el eje esferoide achatado estaría en la cara apartada del sol—. No queremos que se abrase. Y lo llenaremos de nuez machacada que representará las rocas.

—¿Ponemos una cereza de sesenta metros?

—Transportada por la Real Fuerza Aérea del Canadá —dijo Mark.

—¡Muy bien pensado! —celebró Forrester—. ¡Ya veremos qué tal sale eso por televisión!

—Y ahora, a medida que el cometa rodea el sol, dejando una estela luminosa de falsa crema batida y apunta hacia nuestras cabezas... Dan, ¿cuál es la densidad del helado de vainilla?

Forrester se encogió de hombros.

—Flota. Digamos que dos tercios.

—Exacto. Punto seis, seis, seis. Eso es. —Sharps se sacó una calculadora del bolsillo y pulsó los botones frenéticamente—. Me encantan estas cosas. Antes utilizaba reglas de cálculo. Nunca comprendí dónde estaban los decimales... Disponemos de un par de kilómetros cúbicos. Hagamos un cálculo exacto en centímetros y elevémoslo al cubo... Sale una buena cantidad. Llevaría bastante tiempo comerse todo eso. Ahora calculemos la densidad... Dos mil millones de toneladas Vayamos ahora a la pasta de chocolate...

Sharps pulsó los botones de la calculadora, y Harvey pensó que era feliz como una almeja. Una almeja muy voluble equipada con una calculadora de Texas Instruments, la última maravilla de bolsillo.

—¿Cuál dirías que es la densidad de la pasta de chocolate? —preguntó Sharps.

—Pongamos cero nueve —replicó Forrester.

—¿Ninguno de vosotros ha hecho pasta de chocolate? —preguntó Charlene—. No flota. Para probarlo basta echarla en un vaso de agua fría. Al menos, así es como lo hacía mi madre.

—Pongamos entonces uno coma dos —dijo Forrester.

—Otros dos mil quinientos millones de toneladas de pasta de chocolate —añadió Sharps. Hamner, tras él, emitió más ruidos sofocados.

—Creo que podemos pasar por alto las rocas —dijo Sharps—. ¿Ve la razón ahora?

—Dios mío, sí —respondió Harvey. Miró al cámara sobresaltado—. Sí, doctor Sharps, realmente podemos prescindir de las rocas.

—¿No irá a mostrar esto en el programa, verdad? —Tim Hamner parecía indignado.

—¿No quiere usted que salga? —le preguntó Harvey.

—No... no... —Hamner volvió a sujetarse el vientre, convulsionado por la risa.

—Ahora llega a velocidades cometarias. Velozmente. Veamos, ¿cuál es la velocidad parabólica en la órbita de la Tierra, Dan?

—Veintinueve coma siete kilómetros por segundo, elevado al cuadrado.

—Cuarenta y dos kilómetros por segundo —anunció Sharps—. Y tenemos que añadir la velocidad orbital de la Tierra. Depende de la geometría del impacto. ¿Cincuenta kilómetros por segundo sería una velocidad aproximativa razonable?

—Yo diría que sí —convino Forrester—. Los meteoros oscilan entre veinte y setenta, tal vez. Es razonable.

—De acuerdo. Pongamos cincuenta, multiplicado por un medio para corregir la cifra. Multipliquemos la masa en gramos. Diez al cuadrado por veintiocho ergios. Eso para el helado de vainilla. Ahora podemos suponer que la mayor parte de la crema de chocolate ha hervido, pero comprenda, Harvey, que a esas velocidades no es posible permanecer demasiado tiempo en la atmósfera. ¡Es posible atravesarla en un par de segundos! En cualquier caso, cualquiera que sea el volumen de la masa que arda, gran parte de la energía se transfiere al equilibrio calorífico de la Tierra, lo cual, en sí, sería una explosión espectacular. Supondremos que el veinte por ciento de la energía de la pasta de chocolate se transfiere a la Tierra y... —Pulsó más botones y añadió, alzando el tono de voz—: nuestro total definitivo es dos coma siete multiplicado por diez elevado a veintiocho ergios. Bien, esa sería la potencia del impacto.

—No tiene mucho sentido para mí —dijo Harvey—. Parece una cifra grande...

—Una cifra seguida por veintiocho ceros —musitó Mark.

—Se aproximará a los seiscientos cuarenta mil megatones —añadió amablemente Forrester—. Sí, es una cifra grande.

—Dios mío, el planeta quedaría pasteurizado —dijo Mark.

—No del todo. —Forrester había sacado su propia calculadora del estuche adosado al cinturón—. Serían unos tres mil Krakatoas, o trescientas explosiones como la de Thera, si es cierto lo que dicen de Thera.

—¿Qué es Thera? —preguntó Harvey.

—Un volcán en el Mediterráneo, de la Edad del Bronce —explicó Mark—. De ahí procede la leyenda de la Atlántida.

—Su amigo está en lo cierto —dijo Sharps—. Pero no estoy seguro de la cantidad de energía. Mírelo de esta manera. La humanidad entera gasta cerca de diez elevado a veintinueve ergios al año, todo comprendido: energía eléctrica, carbón, energía nuclear, coches..., todo lo que se le ocurra. Nuestro helado con pasta de chocolate entra en escena con cerca del treinta por ciento del presupuesto anual de energía de todo el mundo.

—Hummm. Entonces no es tan malo —dijo Harvey.

—No tan malo. ¿No tan malo como qué? La energía de un año en un minuto. Probablemente caería en el océano. Si lo hiciera en la tierra, las cosas irían mal para quienes estuvieran debajo, pero la mayor parte de la energía sería de nuevo irradiada al espacio con bastante rapidez. Si cae en el agua, la vaporizará. Veamos, ergios convertidos en calorías... Maldita sea, no puedo hacer esa operación con mi calculadora.

—Yo sí —dijo Forrester—. El impacto vaporizaría unos sesenta millones de kilómetros cúbicos de agua. Sería suficiente para cubrir todos los Estados Unidos con una capa de agua de sesenta y cuatro metros de altura.

—De acuerdo —aceptó Sharps—. Así pues, sesenta millones de kilómetros cúbicos de agua van a la atmósfera. Llovería, Harvey. Gran parte de esa agua pasaría por las zonas polares, se helaría, caería en forma de nieve. En seguida se formarían glaciares que se deslizarían hacia el sur... Sí, Harvey. Los historiadores creen que la explosión del Thera cambió el clima de la Tierra. Sabemos que el Tamboura, casi tan potente como el Krakatoa, originó lo que los historiadores del siglo pasado llamaron «el año sin verano». Hambre, falta de cosechas. Nuestro helado con pasta de chocolate probablemente desencadenaría una era glacial, con todas esas nubes que reflejan calor. La luz del sol llegaría menos a la Tierra. La nieve también refleja el calor, con lo que la luz sería aún menor. Haría más frío, nevaría más, los glaciares avanzarían hacia el sur porque ya no se funden con tanta rapidez. Es un círculo cerrado.

Todo aquello había adquirido una tremenda gravedad.

—¿Pero cómo pueden detenerse las eras glaciales? —preguntó Harvey.

Forrester y Sharps se encogieron de hombros al unísono.

—¿Así que mi cometa va a ocasionar una era glacial? —preguntó Hamner.

—No —dijo Forrester—. Estábamos hablando del helado con pasta de chocolate. El cometa es mayor...

—¿Mucho mayor?

Forrester hizo un gesto de incertidumbre.

—Tal vez diez veces.

—Sí —dijo Harvey, cuya mente era un torbellino de imágenes. Veía glaciares avanzando a través de campos y bosques, entre vegetación ya muerta por la nieve. El hielo invadía Norteamérica, cruzaba California, Europa, llegaba a los Alpes y los Pirineos. Invierno tras invierno, cada uno más frío que el anterior, más frío que la tremenda helada del invierno 1976-1977. Diablos, y ni siquiera habían mencionado las mareas—. Pero un cometa no será tan denso como un par de kilómetros cúbicos de he... he...

La comicidad de la comparación fue superior a sus fuerzas. Harvey se recostó en su asiento, sin poder contener la risa.

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