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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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– Señora -llamó-, ¿es usted la señora Aurora?

– ¿Quién la busca? -respondió una voz cascada.

– Quisiera ver algunas de sus mercancías usadas.

– Bueno, pero no podrá entrar por ahí. Tendrá que dar la vuelta y buscar el postigo lateral.

Elena, al desandar el camino, descubrió que antes había pasado por delante de una pequeña puerta de hierro sin darse cuenta. Una vez dentro del pórtico, elevado y abierto lateralmente, acostumbró los ojos a la oscuridad y en aquel momento descubrió lo que parecía un montón de harapos en las escaleras. Al acercarse un poco, vio una figura vestida de negro y rodeada de maletas rotas y cajas de cartón llenas de ropa. Las manos sarmentosas pelaban una manzana.

– ¿Señora Aurora? -volvió a preguntar la joven.

– ¿Qué quiere de mí una joven tan bien vestida como tú? Ninguna falta te hacen mis harapos.

– Es verdad, señora, pero busco a un hombre que a lo mejor le compró a usted unos cuantos vestidos, o uno tras otro o todos a la vez.

– ¿Qué pinta tenía?

– Traigo aquí un retrato suyo, aunque está demasiado oscuro para que lo vea -Elena deseó haber llevado consigo una linterna.

La anciana cogió el retrato y se inclinó hacia la calle para que le diera la luz.

– No lo he visto nunca -dijo-. Podría ser cualquiera con esa barba.

– ¿Y qué me dice de este otro? -preguntó Elena, sacando el otro retrato robot del sospechoso, ya sin la barba.

– Tiene una pinta muy vulgar. No es una buena foto, ¿verdad? -dijo la señora Aurora-. Aunque tampoco mis ojos son tan buenos como solían. ¿Por qué buscas a estos dos hombres? ¿Eres de la pasma? -Elena recordó la advertencia de Bernal de que en aquella zona nadie delataba a nadie ante las autoridades.

– No son fotos de verdad, sólo una especie de dibujo. Es que mi madre les vendió un poco de ropa usada y, por error, incluyó un vestido de valor que quiere recuperar.

Elena pensó que aquello no sonaba muy convincente sobre todo si a la anciana se le ocurría preguntar por qué se había molestado en obtener un retrato de los supuestos compradores o por qué había dicho al principio que eran ellos los que habían comprado ropa a la anciana en vez de vendérsela.

– Nunca los he visto en mi puesto. De cualquier modo, el negocio ya no es lo que era. Casi todos ganan demasiado en estos días para comprar ropa de segunda mano. Ahora se van a Galerías Preciados y se lo gastan todo en ropa nueva, que sólo se ponen durante cinco minutos. Te sorprenderías de la calidad de lo que se tira, aunque esto ya no tiene salida -y siguió, de mal humor, con su manzana.

Elena se preguntó si debía darle una limosna, ya que era tan pobre, así que sacó del bolso un billete de cien pesetas.

– Bueno, gracias, señora. Adiós.

– Vaya usted con Dios, señorita -replicó la anciana, guardándose el billete en el corpiño con experto movimiento.

Elena consideró que había terminado la jornada y bajó con cansancio por Atocha para coger el Microbús 6 que la llevaría a su casa, en El Viso. En el otro extremo de la calle, en la plaza principal, alcanzó a ver un cortejo de banderas rojas y al oír el canturreo rítmico de «¡Es-pa-ña! ¡Ma-ña-na! ¡Se-rá re-pu-bli-ca-na!». Elena se apretó el abrigo un poco más alrededor de los hombros.

JOSÉ ANTONIO

A las 9.30 de la noche, Ángel Gallardo consultaba una larga lista de amigas del momento y debatía consigo mismo a cuál llamar. ¿A Teresa quizá? A ella le gustaba ir de ronda por los clubs nocturnos. ¿O a Mercedes? Más apropiada parecía ésta, sobre todo si se pone su bello conjunto de cuero azul. Probaría primero con ella.

Siempre se las había apañado para rodearse de hembras encantadoras, que le visitaban en su pequeño estudio de la calle Tres Cruces, en pleno centro de Madrid, para lavarle la ropa y planchársela, así como para consolarle por otros medios. Ellas pensaban que él era el más listo y enterado de los galanes que habían tenido nunca.

Dejó la afeitadora eléctrica Braun, y descolgó el auricular.

– ¿Merche? ¿Eres tú? ¿Quieres darte un garbeo esta noche por los bares de travestís? Cosa fina, ¿eh? -hubo una pausa-. ¿Qué no puedes? ¿De veras?

Ángel se quedó sin saber que decir, sobre todo cuando Mercedes vino a revelarle que tenía que participar en un mitin de UCD aquella misma noche.

Después de otras cinco llamadas infructuosas, se puso a pensar que todas las madrileñas habían cambiado el erotismo por la política. Por fin, en trance de desesperación, llamó a casa de la inspectora Elena Fernández, a pesar del veto de Bernal tocante a enredarla en aquella parte de la investigación.

– ¿Elena? Soy Ángel. Todos mis intentos por encontrar una amiga que me acompañe esta noche a los bares que el jefe quiere que visite han sido un fracaso -Elena rió divertida-. Es cierto, te lo digo sinceramente. De pronto les ha dado a todas la fiebre política.

– Listas que son -dijo Elena con sequedad-. Espero que las haya contagiado el partido justo.

– ¿Y cuál es ése, si puede saberse?

– No me cogerás por ahí, Ángel -Elena sopesó el asunto con rapidez. Le preocupaba un poco que él pudiera aprovecharse de ella y él había admitido que Bernal se lo había prohibido expresamente. Por otro lado, era una estupenda oportunidad para ver el Madrid subterráneo y no sólo el del Metro-. Está bien, Ángel. ¿Dónde nos vemos?

Ángel no daba crédito a sus oídos, o a su suerte.

– Si quieres, cenaremos antes en un restaurante de categoría. ¿Qué te parece La Barraca, de la calle La Reina? Está cerca de la Gran Vía, al lado de Telefónica.

– De acuerdo. Sé dónde está.

– No olvides ponerte la ropa más atrevida, más pasota que tengas.

Elena fingió no haber oído esta observación.

– Tomaré un taxi, nos veremos a las diez menos cuarto.

Dos horas más tarde, después de ingerir una abundante paella valenciana acompañada de una botella de Marqués de Riscal, reserva especial, Ángel y Elena fueron a recorrer los clubs de la parte norte de la Gran Vía. A juicio del hombre, la joven vestía de la manera más apropiada: un vestido negro muy ajustado con una larga orla roja alrededor de la cintura y borde inferior, sobre unas botas de charol de media caña. Él había resuelto acicalarse al final con una cazadora de cuero, encima de una camisa de Christian Dior, de cuello abierto, y unos pantalones negros muy estrechos. Los dos, a juicio del hombre, tenían el aspecto progre que hacía falta; casi el suficiente para ponerse a danzar alocadamente en pleno Callao.

TRIBUNAL

El primer club que visitaron se llamaba El Sátiro y estaba cerca de la iglesia de San Ildefonso. A pesar de su entrada modesta, se accedía a un sótano sorprendentemente grande, trabajado con una idea muy particular del Art Déco. A la mínima luz ultravioleta, distinguieron a cinco o seis jóvenes que bailaban un rock ensordecedor en la pista diminuta; por sus trapitos elegantes, sus poses de pavo real y su falta de interés por la existencia del que tenían al lado, saltaba a la vista que se consideraban de la última jeunesse dorée. Delante de la barra, dos camareros extrañamente ataviados hacían juegos malabares con bandejas llenas de gin-tónics, San Franciscos y whiskies con Coca-cola, mientras discutían con el mayor de los dos barmans que estaban tras la barra.

Ángel y Elena se dirigieron a los altos taburetes del rincón más apartado de la barra, donde se les encaró el camarero más joven, de malos modales, que sin duda hacía también de discjockey. Cuando Elena se hubo acomodado en el taburete, desde donde podía observarse a los demás clientes, Ángel saludó al camarero como se saluda a un amigo a quien hace mucho tiempo que no se ve y pidió dos Johnnie Walker, Etiqueta Negra, al tiempo que el robo de las setecientas pesetas que le cobraron quedaba anotado mentalmente en la lista de sus gastos oficiales. Tras charlar un rato sobre los diversos travestís de los que parecían tener común conocimiento, Ángel le enseñó al camarero la foto del cadáver no identificado.

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