El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– Supongo que sí, pero no puedo evitar que me afecte esa sensación de creer que se está construyendo la historia y de no querer perdérmelo. Vamos, llévame al mitin de Vallecas del lunes próximo. Nadie nos reconocerá con tanta gente.
– Está bien -cedió Luis-, si estoy libre, iré contigo. Ahora, ¿qué te parece una siesta rapidita antes de que vuelva a marcharme?
– No me digas. La Academia tendría que redefinir la palabra «siesta» si se enterase de lo que tú quieres decir con ella.
SOL
El inspector Francisco Navarro respondió a la llamada telefónica del servicio de seguridad del Metro a las 2.10 de la tarde y el miedo estuvo a punto de dominarle. Ordenó a los hombres de seguridad que no movieran ni tocaran el cadáver hallado en el tren que hacía poco se trasladó a la estación de Avenida de América. Luego procuró localizar telefónicamente al comisario Bernal. Eugenia le informó, un poco secamente, al decir de Paco, que Luis acababa de telefonear para decir que no iría a comer, aunque ella no sabía desde dónde. Al llamar a la estación de Cuatro Caminos, Ángel le había dicho que el jefe se había ido en taxi a la 1.45. Navarro había notado en otras ocasiones que Bernal podía ser de difícil localización a primera hora de la tarde y se había puesto a pensar sobre ello. Sin duda estaría cómodamente sentado en un bar, o en alguna parte, tomándose unas cañas con sus viejos amigos.
Presa de la inquietud, Paco llamó al Instituto Anatómico Forense y preguntó por el doctor Peláez. Pero también éste se había ido a comer.
– ¿Se ha ido a casa? -preguntó a la secretaria, que, según recordaba el hombre, era una guapa morena de Sevilla. Se había esforzado por dominar su acento andaluz, pero no vio premiados todos sus esfuerzos, logrando sólo dar a cuanto decía un aire ligeramente cómico.
– Creo que no, inspector -dijo la mujer-, por lo general acude al mesón que hay en la esquina de Drumen con Atocha. Pero estará de vuelta a las tres porque tiene pendiente una autopsia.
Navarro explicó que aún no había localizado al comisario Bernal, aunque le contó lo del cadáver en la estación de Avenida de América.
– Se lo diré al doctor en cuanto llegue. Probablemente se reunirá con el comisario en el lugar del incidente.
Navarro se preguntó si todos los cadáveres, horrores aparte, serían sólo «incidentes» para ella, de tanto verlos entrar y salir diariamente y como si tal cosa.
Tamborileó nervioso con el lápiz en el cuaderno de notas, y acto seguido resolvió enviar un aviso al técnico Varga y a Prieto, de Huellas, aunque no creía que hubiese que hacer mucha investigación dactilar en el lugar de los hechos. Titubeó respecto a si debía informar al juez de instrucción que estaba de guardia aquel día; sería el del Juzgado número 17. Suspiró y telefoneó al hombre de uniforme de la puerta para que fuera a buscarle un bocadillo de jamón serrano y queso manchego, y una cerveza. Iba a ser una larga tarde.
AVENIDA DE AMÉRICA
Eran las 3.50 y el fotógrafo de la policía trabajaba en las cocheras de la estación de Avenida de América, mientras el inspector Quintana de la comisaría del distrito de Chamartín esperaba un poco más allá, acompañado de dos policías uniformados de gris.
Llegó Varga y enseñó sus credenciales a Quintana, al que no conocía.
– El comisario Bernal no tardará en llegar, inspector. No tocaré el cadáver mientras no lleguen él y el doctor Peláez, pero quisiera empezar a examinar el interior del vagón cuando el fotógrafo haya terminado.
– Está bien -dijo Quintana-. Llamé a la DGS en cuanto se nos informó del hallazgo en la comisaría de la calle Cartagena. El servicio de seguridad del Metro, claro, avisó a la comisaría más cercana, así como a la oficina del comisario. Es obvio que se trata de otra de las víctimas del maníaco que Bernal anda investigando. No he dejado que entrara nadie desde mi llegada, salvo el fotógrafo.
– ¿Quién la encontró? -preguntó Varga.
– Un vendedor de lotería, al que retengo para que lo interrogue el comisario Bernal. Ha hecho ya una declaración.
Varga se puso a instalar la iluminación necesaria para la investigación forense mientras el fotógrafo terminaba de tomar sus instantáneas.
– Me quedaré hasta que llegue el doctor -dijo a Varga-, ya que sin duda querrá más fotos cuando se proceda a mover el cuerpo.
– No creo que la posición del cuerpo tenga mucha importancia -dijo el inspector Quintana-, porque el testigo dice que la mujer se cayó del asiento en que había estado sentada en cuanto el Metro llegó a Concepción, y eso fue hace más de dos horas.
– Bueno, si la sangre sigue todavía en estado líquido, la hipostasis post mortem habría podido muy bien alterarse en todo este tiempo -comentó Varga-. Al doctor Peláez no le gustará esto.
El caballero aludido llegó en aquel momento, con su gran maletín extensible de color negro, y les saludó con cordialidad.
– ¿Aún no ha llegado Bernal? -dijo, mirando a su alrededor-. Ya le dije que habría más víctimas si no atrapaba al psicópata en seguida -sus ojos saltones brillaron con exageración tras las gafas de gruesos cristales, mientras observaba el cadáver-. Se cayó del asiento, ¿verdad? ¿Cuánto hace, Quintana?
– Fue a eso de la 1.35, en Concepción. Inmediatamente se trajo aquí el tren. No la hemos tocado, pero se la ha fotografiado in situ y Varga acaba de empezar su trabajo forense.
– No creas que vas a encontrar mucho, Varga -dijo Peláez-. Hay demasiada gente que entra y sale de los vagones durante todo el día -se inclinó sobre el cadáver-. Alta y huesuda, ¿verdad? -tomó la muñeca izquierda de la mujer-. Ya empieza a enfriarse. Y las pupilas presentan ya la relajación post mortem -añadió tras levantarle ambos párpados.
El inspector Quintana, que miraba desde la puerta, se dio cuenta de pronto de que Peláez no le hablaba a él ni a Varga, sino al pequeño micrófono que le colgaba del cuello y cuyo cordón se perdía en el bolsillo de la chaqueta del doctor. Una buena idea, se dijo, que le ahorraba andar de aquí para allá con una secretaria.
Peláez dio media vuelta al cadáver.
– La misma cantidad de sangre en la boca que ya vimos en los dos casos anteriores -llamó al fotógrafo-. ¿Querría tomar unas cuantas fotos más?
Luego, con unas pinzas, sacó de entre los dientes de la víctima una bolsita de plástico transparente que manaba sangre. Acto seguido, le levantó la falda y buscó el origen de las manchas de sangre de las piernas.
– Hum… una herida en las partes íntimas; aunque no con mucha sangre. Parece que ahora le da por violarlas.
Volvió del todo el cadáver y le introdujo un termómetro en el recto, al tiempo que ponía otro en el respaldo del asiento para comprobar la temperatura ambiente del interior del vagón.
Mientras esperaba, Peláez fue a la puerta para charlar con Varga, en aquel momento a gatas en el suelo con una lupa.
– ¿Dónde está Bernal?
– Dice Navarro que hace una hora que no puede dar con él. Estará comiendo con alguien. Por lo general llama por teléfono a las cuatro.
Tras consultar la hora en su reloj, Peláez volvió donde el cadáver y se puso a tomar muestras de la sangre de la boca y las piernas, así como a etiquetar los pequeños frascos. Escribió también en un pedazo de cartón blanco que ató al pie derecho de la joven.
– Ni rastro de bolso o monedero, Varga. Y no tiene bolsillos ni en la chaqueta ni en la blusa. Creo que tendremos problemas para identificarla.
– No viste igual que las otras -observó Varga-. Salvo la chaqueta, que está un poco raída, la blusa y la falda de cuero no parecen proceder de ninguna tienda de ropa usada. Y esta vez no hay ni impermeable ni sombrero.