El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
A la 1.30 llegó Navarro y se dejó caer en su silla.
– He cubierto ya la cuarta parte de mi lista, jefe, y ninguno de los dentistas ha identificado la dentadura ni reconocido los empastes.
– Hay malas noticias, Paco. Cinco miembros humanos envueltos en papel se han descubierto en cinco estaciones del Metro distintas esta mañana -Bernal señaló el plano-. He puesto banderitas marrones para señalar las estaciones. Como puedes ver, es una operación arbitraria. Si se trata de nuestro hombre, ha repartido los restos como si fueran confeti.
– Dios mío -exclamó Navarro-. ¿No se habrá puesto a trocear a la víctima de la que extrajo la sangre del grupo B negativo?
– En cierto modo, espero que sea así. Por lo menos no tendremos una quinta víctima. Peláez y el hematólogo nos lo dirán.
Poco después llamaba el patólogo por teléfono.
– Bernal, hasta ahora me ha llegado una pierna izquierda cortada por la rodilla y el tobillo, pero me falta el pie correspondiente; tengo también un brazo derecho cortado por el hombro y la muñeca.
– Pues hay otros tres paquetes más en camino.
– Esperemos que en alguno esté el sacro o uno de los huesos de la cadera. De lo contrario será difícil determinar el sexo de la víctima, por no decir la edad. En los dos miembros que tengo, está muy avanzada la descomposición, pero no hay presencia de insectos. Algo muy curioso: hay indicios de formación de adipocira, lo que es bien raro.
– ¿Qué me quieres decir con eso? -preguntó Bernal.
– Bueno, la grasa del cuerpo se transforma en una sustancia blanquecina, parecida a la cera. Ahora bien, esto sólo ocurre cuando el cadáver se conserva en un lugar muy húmedo y frío, y no comienza hasta pasadas seis u ocho semanas. Si el responsable es el asesino del Metro, ello indica que los restos pertenecen a su primera víctima conocida.
– ¿Qué hay del grupo sanguíneo?
– Voy a enviar muestras al hematólogo, pero quiero que sepas que está totalmente coagulada y deteriorada. No obstante, podrán averiguarse el grupo y los factores Mn, Gm (a) y Hp con las muestras secas. La compararemos entonces con la huella sanguínea que obtuvimos de la hallada en las bolsitas de plástico de la boca de las otras víctimas.
– Lamento haberte estropeado el fin de semana, Peláez.
– No, hombre, a tu disposición. Es un criminal muy ingenioso el que tienes que encontrar. Por cierto, se me olvidó decirte que este sujeto parece haber estudiado anatomía. La desmembración se ha hecho con habilidad, con una sierra quirúrgica.
– ¿No será uno de tus colegas, que se ha vuelto loco del todo?
– ¡Ja, ja! -exclamó Peláez-. No me sorprendería. Ya sabes que ninguno de nosotros está bien de la cabeza. Volveré a llamarte cuando haya visto más cosas. Espero que todos los pedazos encajen.
– Yo también, Peláez. Hasta luego.
Bernal resumió a Navarro el informe de Peláez relativo a los dos miembros.
– Será mejor que nos turnemos para comer, así no se quedará el despacho vacío. Hazme el favor de confeccionar una lista de turnos para este fin de semana.
RETIRO
Cuando Bernal se sentó aquella noche a cenar chuletas grasientas de cordero con un pedazo casi frío de tortilla paisana, especialidad nocturna de Eugenia, sabía ya que Peláez ¡había recibido menos de la tercera parte de un cadáver humano, al parecer de una mujer de veintitantos años, aunque sin cabeza, tórax ni manos: precisamente las partes que servían para la identificación.
Eugenia terminó sus rezos, a los que, por lo que parecía, tenía él que responder, y encendió la televisión.
– Trae un poco de vino de tu pueblo, Geñita. ¿Dónde está Diego?
– Hace una hora que se fue con unos amigos de la facultad. No me gusta que esté fuera hasta las tantas de la noche. No deberías darle tanto dinero.
– Tiene que descubrir el mundo, Geñita. Sería mucho peor si le reprimiésemos.
– No le hace ninguna falta descubrir que el mundo es un lugar pésimo -murmuró la mujer-. Se le viene enseñando desde que era pequeño.
– Por desgracia -dijo Luis, sirviéndose un vaso de vino que Eugenia había traído del pueblo-. La juventud ha de mantener las ilusiones hasta donde pueda.
Eugenia, intencionadamente, se volvió al oír el ruido del televisor y comenzó el telediario con un largo reportaje sobre las elecciones. Bernal aguzó el oído cuando oyó que hablaban del Metro madrileño:
– En el curso de esta mañana se han descubierto unos misteriosos envoltorios en diversos vagones. Al parecer están relacionados con los recientes homicidios cometidos en la red metropolitana. Las investigaciones están a cargo del comisario Bernal y su sección de la Brigada Criminal.
– Hablan de ti, Luis -exclamó Eugenia-. ¡Qué vergüenza! Quiera Dios que mi familia de Ciudad Rodrigo no esté viendo la tele.
– Lo único vergonzoso -dijo Bernal- es que no he cogido aún al que ha cometido esos crímenes absurdos. La investigación policíaca es una profesión honrada.
– Pero tan sucia, Luis. No tienes más que pensar en la gente a la que haces preguntas. ¡Golfas y gentuza por el estilo! Mi padre quería que te dedicases a la agricultura, ya lo sabes.
Bernal gruñó al oír aquel fragmento de historia pasada y pinchó con furia una chuleta bastante quemada.
LA LATINA
La inspectora Elena Fernández, con un elegante vestido dominguero (había acompañado antes a su madre a misa de siete), se encontraba ante la boca del Metro de la estación La Latina, en la plaza de la Cebada, esperando a su colega Juan Lista. Había hecho una pequeña trampa, tomando un taxi y no el Metro de la Línea 5, en Rubén Darío, pero se sentía mejor por ello mismo. En realidad, aunque no quería admitirlo, los recientes sucesos le habían hecho tomar aversión al Metro, del que nunca había sido muy entusiasta.
A aquella hora de la mañana, a punto de dar las nueve, advirtió que había mucha gente circulando por la calle Toledo, en dirección al Rastro. Había también chamarileros rezagados que, con la ayuda de toda la familia, se dirigían con sus mercancías a su puesto respectivo. Juan Lista no tardó en emerger de las escalinatas del Metro y en saludarla.
– Hoy estás encantadora, Elena. Espero que no se te arrugue el vestido en medio de las apreturas que vamos a pasar.
– Antes estuve en la iglesia con mi madre. ¿Dónde crees que estarán los vendedores de ropa usada?
– Habrá muchos en aquella bocacalle que sale de Ribera de Curtidores. Creo que se llama Mira el Río Alta.
– No vengo por aquí desde pequeña, cuando mi padre me traía -dijo Elena con nostalgia-. Recuerdo que me parecía un lugar lleno de maravillas, todo lleno de cacharros fascinantes.
– Bueno, se dice que no hay nada que no pueda encontrarse en el Rastro; con dinero, claro. Pero los turistas han acabado con las gangas que solían encontrarse en el campo de las antigüedades.
– No sabía que te interesasen las antigüedades, Juan.
– No tengo más que unas placas de latón, relojes viejos, unas cuantas cadenas de reloj. Había empezado una colección, pero los precios se han disparado más allá del alcance de mi bolsillo.
Podían oírse ya los gritos de los vendedores callejeros mientras iban por la calle de Maldonadas. El grito subió de tono cuando entraron en la plaza de Cascorro, presidida por la estatua de Eloy Gonzalo, el soldado madrileño que, con una lata de gasolina inflamada, expulsó de Cascorro, en Camagüey, a los independentistas cubanos, obligándoles a pelear con las tropas españolas.
Elena se dio cuenta de que casi todos los gritos que oía procedían de los tenderetes instalados por los partidos políticos, en los que se ofrecía propaganda, cajas de cerillas, mecheros baratos, llaveros e incluso caramelos, todos con los símbolos del partido en cuestión. Al mirar hacia la parte inferior de la empinada Ribera de Curtidores, donde los puestos llenos de mercancías relucían a la luz del sol cálido, tuvo que retroceder ante las densas mareas de gentes, de movimiento pausado, que desfilaban en ambas direcciones por entre los vendedores.