El Metro de Madrid
- Автор: Serafin David
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
– Me has dejado de piedra, Peláez. Y es posible que también se quedara así el asesino. ¿Crees que esto explica la herida anómala de los genitales?
– Tal vez, puesto que no hubo agresión sexual evidente en las dos primeras víctimas, que eran auténticamente femeninas. Voy a enviar las ropas al laboratorio de Varga en bolsas de plástico selladas. Voy a tomar también una foto de la cara, libre ya de cosmética, y con el pelo tapado. Eso os dará una idea aproximada del aspecto que tenía siendo hombre.
– Gracias por hacérmelo saber en seguida, Peláez.
Bernal tomó asiento, sacó su paquete de Káiser y ofreció tabaco a Navarro y a Gallardo.
– Tenemos encima un nuevo problema. La chica encontrada en Concepción era un hombre castrado y vestido de mujer. Un transexual. Peláez dice que habría pasado por mujer en casi cualquier examen médico. ¿Han llegado las fotos, Paco?
– Sí, jefe, pero aún están un poco húmedas.
– Vamos a echar un nuevo vistazo a la víctima -Bernal echó mano de uno de los primeros planos de la cara-. Ésta servirá. Ella o él no parece aquí del todo muerto, salvo por las manchas de sangre de la barbilla. Paco, pide más como ésta a Fotografía y que las tengan por la mañana. Ahora, Ángel, háblanos un rato de los transformistas.
Bernal sabía que Ángel Gallardo estaría bastante al tanto de los clubs nocturnos y bares de transformistas, puesto que había trabajado de socapa en el siempre cambiante escenario del vicio urbano.
– Bueno, tendré que echar un vistazo a los ficheros de la Brigada contra el Vicio, pero creo que hay tres clases de locales. Los tres o cuatro cabarets de postín, especializados en espectáculos de transformismo y que cuentan con actores de prestigio, a veces internacionales. No se cree que muchos de éstos se hayan «operado», como suele decirse. Luego están los locales más pequeños, más discretos, las boîtes, que a menudo contratan a aficionados. Se sorprendería usted si supiera que algunos de éstos, que casi siempre actúan con playback, imitando grabaciones de cantantes célebres, son por lo general respetables empleados de banca o agentes de seguros, por el día, claro, aunque ni su madre los reconocería de noche, con peluca, ropa de mujer y cosméticos. Tal vez haya unos cuantos transexuales auténticos en estos clubs. Por último, están los bares de baja estofa, donde los transformistas se reúnen para tomarse unas copas de madrugada, cuando tienen el valor suficiente para disfrazarse y salir de casa ante las barbas de los vecinos. En realidad son sitios bastantes desaconsejables, aunque la gente normal, por suerte, no tiene mucha oportunidad de verlos, excepción hecha de los que frecuentan los cabarets de lujo.
Bernal lanzó un profundo suspiro.
– Vamos a necesitar muchos hombres si queremos hacer preguntas en todos esos sitios que dices. ¿Cuántos lugares así crees que hay?
– Los de la Brigada contra el Vicio podrían proporcionarnos una lista completa, pero en toda la ciudad habrá seguramente entre doce y quince, incluyendo los bares pequeños que a veces frecuentan, aunque algunos han sido precintados.
– ¿Podrías empezar esta misma noche y enseñar por ahí esta foto? Hay que identificar a la víctima lo antes posible. ¿Quieres que te acompañe alguien? -miró con nerviosidad a Navarro. Bernal detestaba las boîtes y discotecas y esperaba no tener que ser él el voluntario.
– No, no hace falta. Usted y Paco tienen un aire demasiado oficial, no me lo negarán, ¿verdad?
– ¿Quieres decir que pensarán que soy el difunto caudillo, que vengo a cerrarles el cuchitril?
Bernal solía bromear abiertamente con su parecido con el finado dictador, parecido que había resultado útil a la hora de interrogar a los sospechosos más neuróticos.
– No, jefe, no se trata precisamente de eso -Ángel vaciló-. Lo que pasa es que ninguno de los dos parece el tipo de cliente que suele ir por tales sitios.
– ¿Quieres decir que somos viejos y tenemos pinta de personas de orden? -preguntó Navarro.
– Más o menos. Claro que Elena no me vendría mal. En realidad es un estupendo camuflaje. Del tipo de actriz que a menudo entra en los clubs con sus admiradores después de los espectáculos.
– Su padre no me perdonaría nunca que la enviara a esos sitios -dijo Bernal-. Será mejor que siga con los vendedores de ropa usada por el momento.
RETIRO
Bernal apuró su segundo gin-tónic de Larios en el bar de Félix Pérez y se despidió del camarero. Ya fuera, en el frío de la noche, se vio rodeado de pronto por una banda de jóvenes de camisa azul que gritaban «¡Viva Franco!» y saludaban con el brazo extendido mientras se abrían paso entre los transeúntes. Mientras se refugiaba en el vestíbulo de una tienda de electrodomésticos de la esquina de Lagasca, advirtió que algunos iban armados con cadenas de bicicleta y palos de béisbol. A lo lejos, más allá de la Puerta de Alcalá, se oía el griterío de una gran multitud que cantaba la Internacional, y alcanzó a ver banderas rojas en la distancia. ¡Un nuevo enfrentamiento! Casi todas las noches, a medida que se acercaba el día de las elecciones, había encontronazos en los barrios del centro. Los socialistas y los comunistas subían de Vallecas y Delicias y se reunían en Atocha, mientras que los fascistas se congregaban en el barrio de Salamanca, sobre todo en Goya, y se lanzaban a repentinos atropellos. Al entrar en su calle, cuatro jeeps de la Brigada Antidisturbios bajaron por Alcalá con la sirena desgañitándose, seguidos por un autobús gris con las ventanas enrejadas, hasta los topes de policías armados con mascarillas antigás y fusiles con lo que esperaba fueran proyectiles de goma. Alzadas, sobre la cabeza, llevaban viseras de plástico que les daban aspecto de extraterrestres, pero por debajo de los cascos alcanzó a ver retazos de caras jóvenes, de campesino, bastante asustadas, con los labios ocupados en un último y nervioso cigarrillo.
Ya en el zaguán de su casa, Bernal descubrió a la portera mirando a la calle con ansiedad.
– Comisario, menos mal que es usted. ¿Hay jaleo? ¡Qué santo perdimos con el Caudillo! ¡Todo este politiqueo será la ruina de España!
– No se preocupe, señora, ya ha llegado la policía. Ella separará a los de un bando de los del otro.
Para sí pensaba que las anteriores intervenciones de la policía no habían hecho más que empeorar las cosas, por provocar a la gente. A él mismo habían estado a punto de gasearlo en la Gran Vía una semana antes y había tenido que buscar refugio en la cafetería Zahara.
Una vez arriba, encontró a Eugenia agazapada tras sus macetas, oteando por la baranda de la terraza los desórdenes de la calle.
– ¡Luis, Luis! -gemía-. ¡Te lo dije! ¡Va a ser otra vez como en 1936!
ANTÓN MARTÍN
Aquella misma noche, mientras iba por la calle San Sebastián, la inspectora Elena Fernández intuía que antes o después tendría que aceptar lo frustrador y desalentador de la profesión de detective. Había interrogado ya a siete vendedores de ropa usada y tenía pegado a las narices el olor característico de las mercancías. Iba en aquel momento tras la pista de la señora Aurora, que, según le habían dicho, estaría aquella noche en la puerta de la iglesia de San Sebastián.
Al entrar en la parte superior de Atocha, vio la maciza fachada de la iglesia, con su elevada reja de hierro forjado, que parecía firmemente cerrada. Miró con vacilación por entre los barrotes y al principio no pudo descubrir nada en medio de las sombras. Luego, a medida que los ojos se le hacían a la oscuridad, distinguió la móvil blancura de un par de manos.