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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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– Será porque el tiempo no los requería -dijo Peláez-. Habría llamado mucho la atención si la hubiera abrigado hasta las orejas en un día cálido. Va muy pintada, ¿verdad? -observó la cara de la víctima, con las aletas de la nariz ya colapsadas-. Incluso las uñas de las manos y los pies. Una chica de vida alegre, ¿no es cierto?

– Sí, es posible -dijo Varga-. El matiz ticianesco del pelo se nota que procede del tinte. Y con esos rasgos faciales tan bien perfilados tuvo que ser una chica muy atractiva.

Peláez tomaba ya nota de la temperatura del cadáver y la comparaba con la del interior del vagón.

– Hum, casi cinco grados de diferencia, y eso que aquí hace calor: veintiún grados. Si no ha sido estrangulación o un raro caso de fiebre o envenenamiento, en que la temperatura sube durante un tiempo después de la muerte, hay que creer que lleva muerta entre seis y ocho horas -palpó los músculos del cuello y los hombros, y pasó los dedos por los brazos-. El rigor mortis ha comenzado, pero aún no ha alcanzado a los antebrazos -se volvió al inspector Quintana-. En un medio ambiente de temperatura elevada y cuando el cadáver está vestido no suele comenzar hasta seis horas después, y luego tarda entre diez y doce a extenderse totalmente -subió las mangas de la chaqueta y observó la parte interna de los brazos-. Hay una pequeña señal de inyección en la parte interna del izquierdo. Parece reciente -volvió a subir la falda y observó los muslos-. Pues aquí no hay señales. No era adicta, pues, por lo menos, no se chutaba -observó el oscurecimiento de la parte inferior de las piernas-. Esto es acumulación de sangre post mortem. Estuvo sentada durante algún tiempo después de muerta. Ya no tengo nada que hacer aquí, Varga. Cuanto antes la examine en el laboratorio, mejor. Nos la llevaremos en cuanto nos autorice el juez. Y Bernal, que sigue sin venir, ¿eh?

Poco después llegaba el juez de instrucción del Juzgado de Guardia y cambiaba unas palabras con el inspector Quintana. Hubo una pausa de indecisión mientras esperaban al comisario y el inspector hizo circular una cajetilla de Rex. El encargado de las cocheras se les acercó.

– Acaban de llamar, señores. El director del Metro y el comisario Bernal están en camino.

Varga siguió recogiendo muestras de polvo y otros restos que rodeaban el cadáver. A prudencial distancia, los empleados del Metro miraban de soslayo al grupo oficial de investigación, mientras fingían que se ocupaban de lo suyo. La brusca reanudación de la actividad de todos los empleados puso de manifiesto que llegaba el principal directivo del Metro. Bernal se acercó a Quintana y se dieron la mano.

– Lamento llegar tarde. La hora de comer es siempre la peor para localizar a nadie. ¿Habéis examinado ya el cadáver?

– Sólo por encima y sin tocar nada. He dejado que Varga y el doctor Peláez se encarguen de los detalles. No quería provocar ningún desbarajuste entre las pruebas. Está claro que es uno de los homicidios del Metro.

Bernal respetaba a Quintana, a quien conocía desde hacía muchos años. Procedente de la nueva generación de los años cincuenta, desde que se le destinara a la comisaría de Chamartín había engrosado una buena hoja de servicios.

– Gracias, Quintana. Te agradezco que lo hayas dejado directamente en nuestras manos.

El director del Metro se puso pálido cuando vio el cadáver desde la puerta del vagón.

– Comisario, ¿no habría forma de ocultar esto a la prensa? Ya hemos tenido publicidad de sobra y, ahora, con tantos policías en los andenes…

Bernal le interrumpió con amabilidad.

– Es imposible, ya que el mismo asesino, por lo que parece, se encarga de comunicarlo a los periódicos. Y me sorprende que no estén aquí ya los reporteros -entró en el vagón con el juez y conferenciaron con Peláez.

– Salta a la vista que fue asesinada en otra parte y luego trasladada al vagón, ¿no, doctor? -preguntó el juez.

– Lo más seguro, porque la bolsita de plástico se le introdujo en la boca cuando ya estaba muerta, o por lo menos inconsciente, y esto habría sido difícil de hacer en público. A juzgar por las manchas, se la movió bastante después de muerta. Estuvo en posición sentada durante cierto tiempo, según las nalgas y las corvas. Además, un testigo la vio desplomarse… bueno, por lo menos la vio cuando ya se había desplomado, cuando el tren entraba en Concepción a la 1.35. Me gustaría hacerle la autopsia en seguida.

– Claro, inmediatamente extenderé la autorización. ¿Me hará usted el favor de enviarme un parte provisional, Bernal? Entonces pasaremos el caso al juzgado que se ocupó de la primera víctima del Metro. Una vez estén seguros de que esta joven pertenece a la misma serie de homicidios, claro.

Una vez que se hubo marchado el juez, Bernal habló con el director del Metro.

– Tendré que interrogar al conductor y al jefe de este tren, así como a todos los jefes de estación y taquilleras de la línea. Tendré que consultar asimismo los recorridos que ha hecho este tren. Parece que va a ser difícil determinar la estación de ingreso.

– ¿Cree usted que el asesino bajó con el cadáver por las escaleras de una de las estaciones sin que el personal ni los usuarios se dieran cuenta?

– Visto así, no parece probable. En los dos casos anteriores, pensamos que el asesino introdujo los cadáveres en las cocheras de Cuatro Caminos. Pero la línea en que estamos no empalma con las líneas 1 y 2 en ningún punto. Es de funcionamiento totalmente aislado, ¿no?

– Sí, y nuestra línea mejor y más reciente. Un sistema totalmente automatizado.

– Entonces tal vez introdujera el cadáver por estas cocheras o por las del otro extremo de la línea, en Las Musas. Por eso tenemos que saber desde cuándo ha estado hoy en servicio este tren.

– Lo averiguaremos en seguida -dijo el director-. Llamaré al inspector de tráfico.

Antes de dirigirse a la avenida de América, Bernal había tenido tiempo de consultar el plano del Metro que tenía en el despacho cuando Navarro le hubo dado la mala noticia. Los dos se habían quedado estupefactos al ver que el nuevo homicidio se había descubierto en una línea totalmente distinta y Bernal se sintió como si el asesino estuviera siempre a un paso por delante de ellos. Acababan de deducir cómo había introducido los cadáveres en las líneas 1 y 2 y de poner vigilancia especial en Cuatro Caminos, cuando el psicópata actuaba en la Línea 7.

El inspector de tráfico llegó con el libro de rutas.

– Este tren, señor comisario, con el número veintitrés hoy, comenzó a utilizarse en el turno de mañana hasta las 11.30. Entonces se retiró a estas cocheras y no volvió al servicio hasta la 1.05, junto con un personal diferente. Se había advertido un defecto en las luces de los frenos, aunque se trató sólo de cambiar la bombilla, de manera que se devolvió al servicio cuando se hizo esto.

– ¿Cuánto se tarda de aquí a Las Musas? -preguntó Bernal.

– Normalmente dieciséis minutos y diez segundos, pero a veces más si hay demoras en la señalización.

– Vayamos a lo práctico -dijo Bernal-. Si entró en servicio a la 1.05 con el segundo turno, ¿cuánto tiempo estuvo en Las Musas antes de emprender el recorrido de vuelta?

– Dos o tres minutos seguramente. Lo consultaré con el inspector de tráfico de allí.

– Entonces, si el cadáver se descubrió en Concepción a la 1.35, ¿quiere esto decir que se trataba del primer recorrido de vuelta del segundo turno?

– Sí, ya me figuraba que se daría usted cuenta, comisario. Concepción se encuentra a unos dos tercios del trayecto entre Las Musas y América, o sea que si el tren veintitrés salió de Las Musas a la 1.23 más o menos, llegaría a Concepción unos once o doce minutos después.

– Bueno, eso es muy útil. ¿Podría enseñarme dónde estuvo estacionado a última hora de la mañana? ¿Se dejaron abiertas las puertas?

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