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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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– ¡Mira qué bien! ¡Ahora sí que la has armao! ¡Largo de aquí! -y dos camareros alzaron a la irreverente y la condujeron hasta la puerta lateral, donde aún se la oyó quejarse.

– Es que se enrollan con las drogas -le dijo el mayor de los camareros a Elena, que estaba bastante impresionada por la escena-. Las disuelven en la bebida y se quedan groguis.

SOL

A las 8.30 de la mañana del día siguiente, que era el sábado once de junio, Navarro charlaba con Peláez en el bar que había enfrente de la DGS, mientras el patólogo saboreaba un Sol y Sombra.

– El comisario estará aquí en un cuarto de hora, doctor -dijo Paco-. Se despejó al instante cuando le llamé para decirle que estaba usted al caer con el parte sobre el transformista.

– Y con más cosas. Os he traído también las huellas dactilares y un molde y fotografías de la dentadura para ayudar a su identificación.

Mientras hablaban, Navarro escuchaba por encima la conversación que el camarero sostenía con los otros clientes. Un hombre con aspecto de comerciante blandió un ejemplar del Ya y dijo que su mujer tenía miedo de tomar el Metro.

– Me está costando ya un riñón en taxis. ¿Cuándo van a coger a ese maníaco? ¿Eh?

Navarro había observado que Ya, El País y ABC, los periódicos serios de Madrid, habían minimizado el caso de los crímenes del Metro. En cualquier caso, sus páginas estaban llenas de noticias relativas a los mítines políticos que se celebrarían antes de las primeras elecciones libres desde febrero de 1936. Pero los tres crímenes publicados hasta el momento, no obstante la falta de detalles, se habían apoderado del espíritu de los madrileños como un elemento desviador de la política. No había visto síntomas de auténtico pánico, pero sabía, por las reacciones de su propia esposa, que las mujeres tenían un miedo tácito muy real al psicópata, al que investían de los peores rasgos de sus más horribles pesadillas.

RETIRO

Estas aprensiones no se notaban en Eugenia Carrero de Bernal aquella misma mañana, mientras daba instrucciones a su marido Luis y a su hijo Diego con vistas a dar la vuelta al piano de armazón de hierro y gastada chapa de rosal en el recibidor de la casa, a fin de trasladarlo al comedor por el pasillo.

– Cuidado con el radiador de al lado del baño, Luis. Diego, que no rasque la puerta de la terraza.

– Yo no creo que quepa por la puerta del pasillo -se quejó Bernal.

– Sí cabrá, una vez sacada la puerta de sus goznes -dijo Eugenia con firmeza-. Será tan bonito tenerlo para cuando nos visite el nieto. ¿Sabes que convencí a Santiago para que tomara clases de música?

– ¿Por qué no le regalaste el piano entonces? -gruñó Bernal-. Allí hay más espacio que aquí.

– Vamos, Santiago va a regalarle al niño un vertical japonés nuevo para su cumpleaños… aunque es carísimo… y así tendrá un piano en cada casa. De todas formas, es tan decorativo… ¡Cuidado con la tapa, Diego! Tendré que barnizarlo para devolverle el color natural.

Habían alcanzado ya el final del pasillo, donde éste torcía a la izquierda para dar al comedor.

– Se va a quedar atascado en el rincón, Geñita.

– No pasará, mamá -protestó Diego-, no pasará si no quitamos el marco de la pared.

– Pues lo quitamos -anunció la mujer.

– Pero para eso haría falta un albañil -expuso Bernal- y voy a llegar tarde al trabajo.

– Venga, probad otra vez, con cuidado -ordenó la mujer, aunque fueron inútiles todos los intentos-. Es por las ruedas -dictaminó-, habrá que quitarlas.

– No, ahora no podemos -refunfuñó Luis.

– Bueno, pero tampoco se va a quedar aquí. Tendréis que llevarlo otra vez al recibidor.

A las 8.30, padre e hijo, agotados, apoyados en la barra del bar de Félix Pérez, se tomaban sendos carajillos. No hacía falta que intercambiaran otra cosa que miradas de malhumor.

SOL

Bernal tomó la Línea 2 para ir al despacho y tuvo que soportar la muchedumbre de los usuarios matutinos. Cuando llegó, Peláez y Navarro le esperaban.

– ¿Ha llamado Ángel?

– Aún no, jefe, es un poco pronto para él.

– Está bien, ¿sabes ya la causa de la muerte, Peláez?

– Creo que tuvo que tratarse de un alcaloide tóxico, o cocaína o un opiáceo, pero el toxicólogo tendrá que analizar los órganos para asegurarlo. No padecía enfermedades y las únicas heridas físicas consistían en la cuchillada de la zona genital y en dos señales de inyección, una en el brazo izquierdo y otra en el dorso de la mano izquierda. Extraño, ¿verdad? Me pregunto si se le administraría algún tipo de sustancia propiciatoria, tal vez Pentotal. He pedido al instituto que lo tenga en cuenta. Los genitales femeninos reconstruidos fueron acuchillados varias veces con un instrumento de forma extraña, parecido a una cuchara, quizá, con los bordes más cortantes. No sabría decir qué fue. En cualquier caso, me he traído las huellas dactilares y un molde de la dentadura. No hay postizos, pero sí unos cuantos empastes. Y algo que os puede servir, un empaste reciente en el segundo premolar derecho superior; se utilizó la típica aleación de plata mala. Pero con pericia. Es reciente porque el metal brilla todavía y está aún un poco blando.

Hay dos empastes más antiguos, dos de porcelana en la parte delantera, y también dos extracciones. Sólo le salieron dos de los molares terceros, uno en la parte superior izquierda y otro en la parte inferior derecha; los otros dos restantes quedaron bloqueados.

– ¿Le habrán dolido esas muelas del juicio bloqueadas? -preguntó Bernal.

– Es difícil decirlo; había pocas muestras de periodontitis. Pero convendría mencionarlo si vais a interrogar a todos los dentistas. Hay aquí buen material que identificar, sobre todo porque tuvieron que haberle o haberla visto varios dentistas, sin duda bajo su forma femenina.

– Pondré a trabajar inmediatamente a Miranda y a Lista. Paco, envía las huellas dactilares primero a los ficheros de la Criminal, con una copia para los del Documento Nacional de Identidad. Les llevará días, si no semanas, claro, identificar el índice y el pulgar de la mano derecha en los archivos generales de la nación, pero tal vez sea la única manera. A fin de cuentas, el trabajo odontológico puede que no se haya hecho en Madrid y, aun así, habrá cientos de dentistas que investigar. ¿Qué hay del grupo sanguíneo, Peláez?

– Ayer envié muestras al hematólogo. Le dije que te comunicara los resultados esta mañana, en cuanto terminara las comprobaciones provisionales. Así sabrás por lo menos si la sangre de las bolsitas de la boca de las víctimas anteriores es la misma que la de ésta.

– ¿Qué piensas psicológicamente de la herida genital? ¿Crees que el asesino agredió sexualmente a la víctima?

– No mientras estaba vivo el transexual, porque la herida se hizo post mortem y no había rastros de semen. A menos que el criminal se haya iniciado en prácticas necrófilas, la herida tal vez venga a demostrar su ira al descubrir, o sospechar, que la supuesta mujer era un hombre operado.

– Hay algo que me desconcierta, jefe -dijo Navarro-. Y es cómo se las arreglaba una persona de las características de la última víctima para encontrar trabajo y ganarse la vida. ¿Quién se lo daría a una persona así?

– Una pregunta interesante -dijo Peláez-. Ya examiné el cadáver en busca de señales o deformaciones ocupacionales. Los dos sabéis que las manos suelen dar un indicio del empleo, pero las de nuestro individuo no tienen la menor callosidad y están bien cuidadas. Lo que ya nos proporciona alguna información. En segundo lugar, los pies: él o ella no los utilizaron mucho para andar en el empleo que tuviera. En tercer lugar, la columna vertebral no releva el menor síntoma de curvatura, no había hombros vencidos, de modo que tampoco tenía un trabajo sedentario. En realidad, sólo hay pruebas negativas de que la víctima no trabajaba de esta suerte.

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