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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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– Está en el hospital en que trabajo y sufre amnesia temporal -dijo Ángel-, así que estamos haciendo lo posible por encontrar a alguien que la conozca, ya sabes.

– Bueno, con la barbilla manchada de sangre y los ojos cerrados, es difícil saber quién es. ¿Qué le ha pasado?

– Ha sido un accidente de tráfico. Cruzó con luz verde y el conductor de un autobús no se dio cuenta. Ya sabes cómo se conduce en esta ciudad -dijo Ángel como si tal cosa-. A los otros médicos y a mí nos gustaría saber quién era.

Ángel se imaginó en el papel de joven interno, rodeado de enfermeras jóvenes a las que sobar en la lavandería.

– Es posible que haya estado aquí un par de veces -dijo el camarero-, aunque no tenía esa pinta. Deja que se la enseñe a Eduardo. Él lleva trabajando aquí más que yo.

Eduardo dejó de pelearse con los camareros de las mesas y se acercó a Ángel y a Elena con recelo.

– ¿Un accidente, dices?

– Sí, está en la clínica La Paz, donde trabajo de interno -dijo Ángel, que ya le cogía gusto al papel.

– Sí, es posible que haya estado aquí como cliente -admitió Eduardo-, pero nunca como actriz de nuestro espectáculo. ¿Os vais a quedar los dos para verlo?

– Bueno, supongo -dijo Ángel-, teniendo en cuenta lo que cobráis por el whisky.

– La consumición incluye los dos números. El segundo empieza a las dos de la madrugada y es más fuerte que el primero.

– Nos quedaremos seguramente a los dos, ¿verdad, Elena?

– Depende de lo buenas que sean las chicas del primero -dijo ella, mientras incrustaba un cigarrillo largo en una boquilla superlarga de marfil y plata, que dejó le encendiera Eduardo. La joven sonrió a éste con intencionalidad por entre la primera bocanada de humo, que brilló de manera exagerada, al igual que la pechera de la camisa masculina, llena de frunces, bajo las luces ultravioletas.

– ¿Recordáis qué nombre decía tener cuando solía venir por aquí? -preguntó Ángel con indiferencia, pero ansioso por devolver el curso de la conversación a la foto del transexual asesinado.

– Creo que los otros la llamaban Carla, o Carol, o un nombre parecido. Hace un año, más o menos, pidió al jefe un trabajo en nuestro espectáculo. El jefe pensó que ella era demasiado flaca, pero a mí se me ocurrió que podía disfrazarse de Shirley Bassey. El jefe está ahora en el otro club, cerca de Ópera, pero estará aquí para el segundo número.

– ¿Quieres decir que todas las actrices imitan a cantantes célebres? -preguntó Elena.

– Claro, en playback. Algunas son mejores que las originales, puedes creerme. Aquí las vemos a todas, incluso a las muertas. Edith Piaf, Marilyn Monroe, di la que quieres, que la tenemos. Estos travestís tienen casi siempre la obsesión de imitar a una estrella en particular; se ven sus películas o estudian sus fotos y escuchan continuamente sus discos hasta que se los aprenden de memoria. Es sorprendente lo convincentes que llegan a ser.

– Y esta Carol o Carla, ¿a quién imitaba?

– Bueno, si es la misma, a nadie que yo conozca. Por eso no la aceptó el jefe, creo. Tenía que haber estado en cabeza de primera división para salir como ella misma.

Elena y Ángel presenciaron los primeros números del espectáculo, que comenzó con un gran desfile de todo el personaclass="underline" siete, vestidas con trajes de cola flamencos, peinetas altas y mantillas negras. Pero luego aprovechando la semioscuridad propiciada por una Edith Piaf nada convincente, se deslizaron escaleras arribas donde Ángel dio una propina al portero, que les abrió a la silenciosa plaza donde se alzaba la iglesia de San Ildefonso.

– Tomaremos un taxi aquí en Fuencarral, al doblar la esquina -dijo Ángel, poniendo en los hombros de Elena el mantón de Manila rojo que ella había traído-. Espero que puedas aguantar unos cuantos sitios más como éste.

– En realidad son muy divertidos, Ángel, sobre todo porque los travestís, cuando imitan la gesticulación femenina, lo hacen tan exageradamente que no convencen nunca. Son una casta distinta, ¿verdad?

– Debe de ser por los cromosomas -dijo Ángel lacónicamente.

ÓPERA

El otro club que llevaba la misma empresa estaba en un callejón de la plaza Isabel II, conocida en términos generales como Ópera. Se trataba de un local más antiguo y sórdido, llamado Unisex.

– Esto es más como imaginaba -murmuró Elena sin poder disimular su nerviosismo, mientras se abrían paso ante la barra atestada y entre filas de chulos apoyados con negligencia en las paredes y con cara, a juicio de la joven, de poder cortar el cuello a la abuela respectiva por dos reales.

Al otro lado de una cortina de abalorios entrevieron el cabaret interior, donde dos largas filas de mesas iluminadas con velas discurrían a ambos lados de un pasillo en que a las claras tocaba a su fin el primer espectáculo. El disco rayado de Lola Flores estaba puesto a un volumen ensordecedor y el musculoso transformista que imitaba la voz de la célebre coplera se deshacía en tan exagerados movimientos, que parecían muy a tono con la música e incluso con la susodicha cantaora.

Ángel condujo a Elena a dos asientos vacíos que había cerca de la cortina.

– ¿Qué va a ser? -preguntó un camarero, con unos pantalones negros y acampanados, tan ajustados como los del bailarín Antonio.

– Dos whiskies con hielo. Que sean de Etiqueta Negra -dijo Ángel, aunque se maliciaba que todas las bebidas serían falsificadas, dijera lo que dijera su etiqueta.

Un tronar de aplausos acogió el final del número de la falsa Lola Flores, bien conocida por lo demás de los parroquianos, que gritaban «¡Olé!» y «¡Otra, otra!», para que repitiera la canción.

– No se apuren, señores -dijo el mantecoso locutor por el micrófono crujiente-, más tarde volverán a tener con ustedes a La Pastora del Monte.

– Un poco musculosa la individua, ¿no?, para ser una «pastora del monte» -murmuró Elena, a quien hizo reír semejante nombre «artístico».

– Ya te describiré, cuando vuelva, la pinta que «ésa» tiene sin peluca -replicó Ángel-. Voy a los bastidores a hablar con el encargado. No permitas que nadie te viole, Elena, mientras estoy lejos de ti.

– No creo que haya aquí muchos capaces de pensarlo siquiera.

La joven estuvo un rato tomando tranquilamente unos cuantos sorbos del supuesto whisky y escuchando el parloteo que se elevaba por encima de la voz atronadora de Donna Summers, cuando se percató con no poco desconcierto de la presencia de una mujer despeinada y voluminosa, enfundada en un vestido semejante a un saco, y que le hacía guiños. La mujer tenía la cabeza inclinada en un ángulo extraño y agitaba su vaso vacío en el aire, de manera soñadora, solicitando más whisky a los camareros que pasaban y que la ignoraban adrede. Mientras se vencía en el taburete de asiento de terciopelo, bajo la reproducción de un cartel de Alphonse Mucha, la mujer de mediana edad siguió gesticulando inútilmente, como si quisiera arengar a un auditorio, y haciendo guiños intencionados a Elena, que, a pesar de sus esfuerzos por mirar a otra parte, sentía una horrenda fascinación por ella.

– Vamos, vamos, se ha terminado, ya has tenido bastante -dijo un camarero viejo a la mujer, que parecía más que borracha-. ¿Por qué no te largas, querida?

La mujer se puso a gesticular con mayor violencia, pero sin hablar apenas, y acto seguido se derrumbó hacia delante con brusquedad. Elena se quedó mirando, petrificada, el líquido que comenzó a chorrear alrededor del taburete tapizado de rojo en que estaba la mujer, hasta que un charco de orina se formó alrededor de la gigantesca figura de la meona.

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