Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Y, mientras estuvieron de pie el uno frente el otro lo que pareció una eternidad, se notó cambiado. Notó cómo su cuerpo se encogía y su respiración se detenía, y se le tensaron los dedos y… Miranda abrió los ojos todavía más.
Y la deseó. Como nunca hubiera imaginado, como algo que no era adecuado y bueno. La deseó.
Nunca había estado tan enfadado consigo mismo.
No la quería. No podía quererla. Estaba seguro de que no podía querer a nadie, no después de la destrucción que Leticia había dejado en su corazón. Era simple y pura lujuria, y una lujuria dirigida hacia la mujer posiblemente menos adecuada de Inglaterra.
Se sirvió otra copa. Decían que lo que no mataba a un hombre lo hacía más fuerte, pero aquello…
Aquello iba a matarlo.
Y entonces, mientras estaba ahí sentado, considerando su propia debilidad, la vio.
Era una prueba. Sólo podía ser una prueba. Alguien, desde algún sitio, estaba decidido a poner a prueba su condición de caballero, y él iba a fracasar. Lo intentaría, resistiría todo lo que pudiera, pero, en el fondo, en algún rincón de su alma que no le gustaba analizar, lo sabía. Fracasaría.
Miranda se movía como un fantasma, casi deslizándose sobre las ondas del camisón blanco. Era de algodón, sencillo, estaba seguro; mojigato y perfectamente virginal.
La deseaba desesperadamente.
Se agarró con fuerza a los brazos de la butaca y se sujetó como si le fuera la vida en ello.
A Miranda no le hacía demasiada gracia entrar en el despacho de lord Rudland, pero no había encontrado lo que buscaba en el salón rosa, y sabía que el padre de su amiga guardaba una botella de jerez junto a la puerta. Sólo tardaría un minuto; seguro que unos pocos segundos no contaban como invasión de la privacidad.
– ¿Dónde están los vasos? -murmuró, mientras dejaba la vela encima de la mesa-. Por fin. -Encontró la botella de jerez y se sirvió un dedo.
– Espero que no sea una costumbre -balbuceó una voz.
El vaso le resbaló de los dedos, cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
Ella siguió la voz hasta que lo vio, sentado en un sillón de orejas y las manos aferradas a los brazos. La luz era tenue, pero, aún así, vio la expresión de su cara, irónica y seca.
– ¿Turner? -susurró, como una tonta, como si pudiera ser otra persona.
– El mismo.
– Pero ¿qué estás…? ¿Por qué estás aquí? -Dio un paso adelante-. ¡Au! -Se clavó un cristal en la planta del pie.
– Serás burra. Bajar aquí descalza. -Se levantó del sillón y cruzó el despacho.
– No tenía pensado romper un vaso -respondió Miranda, a la defensiva, mientras se agachaba y se arrancaba el cristal del pie.
– Da igual. Vas a acatarrarte si te paseas así por la casa. -La levantó en brazos y la alejó de los cristales rotos.
Miranda se dijo que era lo más cerca del cielo que había estado en su corta vida. El cuerpo de Turner era cálido y notaba su calor a través del camisón. Se le erizó la piel ante aquella cercanía y empezó a respirar de forma entrecortada.
Era su olor. Tenía que ser eso. Nunca había estado tan cerca de él, nunca había estado tan cerca como para oler su olor masculino único. Olía a madera caliente y brandy, y a algo más, a algo que no conseguía identificar. Algo que era simplemente Turner. Se agarró a su cuello y acercó la cara a su pecho para volver a olerlo una vez más.
Y entonces, cuando estaba convencida de que la vida no podía ser más perfecta, él la dejó caer en el sofá sin miramientos.
– ¿A qué ha venido eso? -preguntó, mientras se sentaba de forma decente.
– ¿Qué estás haciendo aquí?
– ¿Qué estás haciendo tú aquí?
Él se sentó delante de ella, en una mesa baja.
– Yo lo he preguntado primero.
– Parecemos dos niños pequeños -dijo ella, mientras doblaba las piernas y las colocaba debajo del cuerpo. Pero le respondió. Parecía una estupidez discutir sobre algo así-. No podía dormir. Y pensé que un vaso de jerez me ayudaría.
– ¿Porque ya has llegado a la madura edad de veinte años? -dijo él, en tono burlón.
Pero ella no cayó en la trampa. Ladeó la cabeza a modo de elegante respuesta, como diciendo: «Exacto».
Él se rió.
– En tal caso, permíteme que te ayude en tu perdición. -Se levantó y se acercó a un mueble-. Pero, si vas a beber, hazlo bien, por Dios. Lo que necesitas es brandy, preferiblemente el que llega de contrabando desde Francia.
Miranda lo observó mientras sacaba dos copas de brandy y las dejaba en la mesa. Sus manos eran firmes y… ¿unas manos podían ser bonitas? Sirvió dos copas generosas.
– A veces, mi madre me daba brandy cuando era pequeña. Cuando llegaba a casa empapada por la lluvia -le explicó ella-. Sólo un sorbo para entrar en calor.
Él se volvió y la miró, con unos ojos penetrantes incluso en la oscuridad.
– ¿Ahora tienes frío?
– No, ¿por?
– Estás temblando.
Miranda se miró los brazos traidores. En efecto, estaba temblando, pero no por el frío. Se abrazó con la esperanza de que él no insistiera más en eso.
Él volvió a cruzar el salón y le entregó la copa, con unos movimientos llenos de elegancia masculina.
– No te lo bebas de golpe.
Ella lo miró con una expresión de extrema irritación por su tono condescendiente antes de beber un sorbo.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó.
Turner se sentó delante de ella y apoyó un tobillo en la pierna contraria.
– Tenía que comentar unos asuntos de negocios con mi padre, así que me invitó a tomar una copa después de cenar. Y aquí me he quedado.
– ¿Y has estado sentado en la oscuridad tú solo?
– Me gusta la oscuridad.
– A nadie le gusta la oscuridad.
Él soltó una carcajada y ella se sintió terriblemente inexperta y joven.
– Ah, Miranda -dijo él, todavía riéndose-. Gracias por esto.
Ella entrecerró los ojos.
– ¿Cuánto has bebido?
– Una pregunta impertinente.
– Ajá, entonces has bebido demasiado.
Él se inclinó hacia delante.
– ¿Te parezco ebrio?
Ella se echó hacia atrás de forma involuntaria, porque no estaba preparada para la intensidad de su mirada.
– No -dijo, muy despacio-. Pero tienes mucha más experiencia que yo y supongo que sabrás cómo beber. Seguramente, podrías beber ocho veces más que yo y no se te notaría.
Turner soltó una risa seca.
– Cierto. Y tú, querida niña, deberías aprender a mantenerte alejada de los hombres con mucha más experiencia que tú.
Miranda bebió otro sorbo de licor, ignorando las ganas de bebérselo de golpe. Pero sabía que le quemaría la garganta, empezaría a toser y él se reiría.
Y ella se moriría de vergüenza.
Turner había estado de un humor extraño toda la noche. Cortante y burlón cuando estaban solos y callado y malhumorado cuando había más gente. Miranda maldijo a su corazón traidor por quererlo tanto; habría sido mucho más fácil adorar a Winston, que tenía una sonrisa luminosa y amplia y que la había halagado toda la noche.
Pero no, ella lo quería a él. A Turner, cuyo humor caprichoso significaba que estaba riendo y bromeando con ella y, al cabo de un segundo, la trataba como si fuera un antídoto.
El amor era para los idiotas. Para los estúpidos. Y ella era la mayor estúpida de todos.
– ¿En qué piensas? -preguntó Turner.
– En tu hermano -respondió ella, sólo para ser perversa, aunque era un poco verdad.
– Ah -dijo él, mientras se servía más brandy-. Winston. Un buen chico.
– Sí -respondió ella, casi en tono desafiante.
– Alegre.
– Encantador.
– Joven.
Ella se encogió de hombros.
– Yo también soy joven. Quizás hagamos buena pareja.
Él no dijo nada. Ella se acabó el brandy.