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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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A Alice se le habían puesto los pelos de punta al imaginarse a aquella mujer controlando sus «meses». De repente, había tenido la sensación de que medio pueblo comentaba que no conseguía quedarse embarazada. No podía ser culpa de Bennett, por supuesto. Él era su campeón de béisbol. Su chico de oro.

—¿Sabe? Mi prima, la de Berea, no conseguía quedarse encinta de ninguna manera. Y eso que su marido parecía un conejo. Fue a una de esas iglesias que tienen serpientes. Pastor, sé que lo desaprueba, pero tiene que oír esto. Le pusieron una culebra rayada alrededor del cuello y, a la semana siguiente, estaba preñada. Mi prima dijo que el bebé tenía los ojos dorados como los de una víbora cobriza. Claro que ella siempre ha sido un poco fantasiosa. Y mi tía Lola, igual. El pastor tenía a toda la congregación rezándole a Dios para que colmara su útero. Tardaron un año, pero ya tienen cinco hijos.

—Por favor, no se sientan obligados a hacer eso —dijo Alice.

—Yo creo que es por montar tanto a caballo. No es bueno para una mujer estar a horcajadas todo el día. El doctor Freeman dice que sacude las entrañas de las mujeres.

—Sí, yo también he leído lo mismo —comentó el señor Van Cleve y, acto seguido, cogió el salero y lo agitó entre los dedos—. Es como si se agita demasiado una botella de leche, que acaba agriándose. O cortándose, por así decirlo.

—Mis entrañas no están cortadas, gracias —dijo Alice, fríamente—. Pero me encantaría echarle un vistazo a ese artículo —añadió, al cabo de unos instantes.

—¿Qué artículo? —preguntó el pastor McIntosh.

—El que han mencionado. Donde dice que las mujeres no deberían montar a caballo. Por riesgo de «sacudimiento». No estoy familiarizada con ese término médico. —Los dos hombres se miraron. Alice cortó con el cuchillo su trozo de pollo, sin levantar la vista del plato—. La información es importantísima, ¿no les parece? En la biblioteca solemos decir que, sin información, no somos nada. Si estoy poniendo mi salud en riesgo por montar a caballo, creo que lo más responsable por mi parte sería leer el artículo del que hablan. Tal vez podría traerlo el próximo domingo, pastor. —Levantó la cabeza y dedicó una sonrisa radiante a los comensales.

—Bueno, no sé si podré hacerme con él tan fácilmente —respondió el pastor McIntosh.

—El pastor tiene muchos papeles —lo justificó el señor Van Cleve.

—Lo curioso es que, en Inglaterra, prácticamente todas las damas de alta cuna montan a caballo. Salen a cazar y saltan zanjas, vallas, de todo. Es casi obligatorio. Y aun así paren hijos con extraordinaria eficiencia. Hasta la Familia Real. ¡Uno y otro y otro! ¡Como si desgranaran guisantes! ¿Saben cuántos hijos tuvo la reina Victoria? Y siempre iba a caballo. No había quien la bajara de él.

Se hizo el silencio en la mesa.

—Vaya… —repuso el pastor McIntosh—. Eso es… de lo más interesante.

—Aun así, no puede ser bueno, querida —dijo la hermana del pastor, amablemente—. En el mejor de los casos, la actividad física intensa no es buena para las jovencitas.

—Dios santo. Será mejor que se lo diga a algunas de las muchachas de las montañas que veo a diario. Esas mujeres cortan leña, cultivan huertos, limpian la casa para hombres que están demasiado enfermos o son demasiado vagos como para levantarse de la cama. Y, curiosamente, ellas también suelen tener un montón de bebés, uno detrás de otro.

—Alice —murmuró Bennett.

—No puedo imaginarme a muchas de ellas mariposeando, haciendo arreglos florales y tirándose a la bartola. O puede que sean biológicamente diferentes. Debe de ser eso. Tal vez haya alguna razón médica que yo también ignore.

—Alice —repitió Bennett.

—A mí no me pasa nada —susurró Alice, enfadada. El hecho de que le temblara la voz la enfureció aún más. Justo lo que necesitaban. El señor Van Cleve y el pastor intercambiaron miradas condescendientes.

—No te alteres, querida. No te estamos criticando —dijo el señor Van Cleve, mientras extendía su rechoncha mano sobre la mesa y la posaba sobre la de ella.

—Sabemos que puede resultar decepcionante no ser bendecida por el Señor de inmediato. Pero es mejor no obsesionarse demasiado con el tema —comentó el pastor—. Rezaré una pequeña oración por los dos la próxima vez que vayan a la iglesia.

—Es muy amable de su parte —le agradeció el señor Van Cleve—. A veces, las jóvenes no saben qué es lo que más les conviene. Y para eso estamos aquí, Alice, para proteger tus intereses. Vamos, Annie, ¿dónde está ese boniato? Se me está enfriando la salsa de carne.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Bennett a Alice, sentándose a su lado en el balancín, mientras los dos hombres más mayores permanecían en el salón, vaciando una botella del mejor bourbon del señor Van Cleve. Sus voces iban y venían, interrumpidas por carcajadas.

Alice estaba sentada con los brazos cruzados. Las noches eran cada vez más frías, pero aun así ella permaneció en un extremo del balancín, a más de veinte centímetros del calor del cuerpo de Bennett, con un chal sobre los hombros.

—¿A qué te refieres?

—Lo sabes perfectamente. Papá solo se preocupa por ti.

—Bennett, sabes que montar a caballo no tiene nada que ver con el hecho de que no me quede embarazada. —Él se quedó callado—. Me encanta mi trabajo. Me gusta muchísimo. Y no pienso dejarlo porque tu padre crea que mis entrañas se están sacudiendo. ¿Te ha dicho alguien que juegas demasiado al béisbol? No. Claro que no. Pero tus partes se sacuden a base de bien tres veces por semana.

—¡Baja la voz!

—Vaya, lo olvidaba. No podemos hablar en voz alta, ¿verdad? No sobre tus partes sacudiéndose. No podemos hablar de lo que está pasando en realidad. Pero todo el mundo habla de mí. Es a mí a quien tratan como si fuera estéril.

—¿Por qué te importa tanto lo que diga la gente? De todos modos, actúas como si te dieran igual la mayoría de las personas de por aquí.

—¡Me importa porque tu familia y tus vecinos insisten en lo mismo una y otra vez! ¡Y van a seguir así a menos que les expliques lo que está pasando! O que… hagas algo al respecto.

Había ido demasiado lejos. Bennett se levantó con brusquedad del balancín y se alejó rápidamente, antes de cerrar de golpe la puerta mosquitera tras él. De pronto, se hizo el silencio en el salón. Mientras las voces masculinas volvían a alzarse de nuevo poco a poco, Alice siguió sentada en el balancín, escuchando a los grillos y preguntándose cómo podía estar en una casa llena de gente y, a la vez, en el lugar más solitario del mundo.

No había sido una buena semana en la biblioteca. Las montañas cambiaban el verde exuberante por el naranja ardiente, las hojas formaban una gruesa alfombra cobriza sobre el suelo que amortiguaba el sonido de los cascos de los caballos, las «hondonadas» se llenaban de densas nieblas matinales y Margery se dio cuenta de que la mitad de sus bibliotecarias estaban enfadadas. Observó la mandíbula apretada y los ojos ensombrecidos de Alice, algo nada habitual en ella. En otro momento, puede que hubiera hecho un esfuerzo para hacerle cambiar de humor, pero ella misma estaba nerviosa porque aún no había obtenido ninguna respuesta de Sophia. Por las noches, intentaba arreglar los libros más estropeados del catálogo, pero la pila era ya tan alta que se tambaleaba y el mero hecho de pensar en todo aquel trabajo o en todos aquellos libros inutilizados la desanimaba aún más. No tenía tiempo para hacer nada que no fuera volver a subirse al mulo con un nuevo cargamento.

El interés por los libros se había vuelto insaciable. Los niños las seguían por la calle, rogándoles que les dejaran algo para leer. Las familias a las que visitaban cada quince días les pedían que lo hicieran semanalmente, como a las de las rutas más cortas, y las bibliotecarias tenían que explicarles que solo eran cuatro y que ya se pasaban fuera todo el día. Los caballos cojeaban de vez en cuando por las largas horas de trabajo y los senderos pedregosos («Como tenga que volver a hacer subir de costado a Billy a Fern Gully, va a acabar con dos patas más largas que las otras»), y a Patch le habían salido llagas por el roce de las cinchas, así que había tenido que dejar de trabajar varios días.

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