Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 131
Перейти на страницу:

Porque el inversor sabio será aquel que abandone los Estados Unidos, el que viva en el extranjero y deje la ciudadanía norteamericana. Oficialmente, el Código de Renta Interna, sección 877, dice que, si los ciudadanos norteamericanos renuncian a su nacionalidad para evitar los impuestos a la renta, y esto puede probarse, el deber de pagar el impuesto continúa. Pero, para los que saben, hay maneras de engañar al Código de la Renta. (Ver el "D'Orsey Newsletter" de julio del año pasado, sobre cómo hay que dejar de ser ciudadano norteamericano. Hay ejemplares disponibles por 16 dólares o 40 francos suizos cada uno).

Motivo para cambio de nacionalidad y escenario: el valor del dólar norteamericano continuará descendiendo, junto con la libertad fiscal norteamericana.

E incluso si usted no puede irse, mande su dinero a ultramar. Convierta sus dólares mientras pueda hacerlo (¡puede que no sea por mucho tiempo!) póngalos en marcos alemanes, francos suizos, guldens holandeses, chelines austríacos, krugerrands.

Después colóquelos fuera del alcance de los burócratas de Estados Unidos, en un banco europeo, preferiblemente uno suizo…»

Lewis D'Orsey había proclamado con trompeta variaciones sobre este tema desde hacía años. Su último editorial continuaba en el mismo tono y terminaba con un consejo concreto sobre inversiones recomendadas. Naturalmente ninguna estaba en moneda norteamericana. Otro tema que provocó la ira de Lewis había sido la venta de oro de la Tesorería de los Estados Unidos. Escribió: «En una generación más, cuando los norteamericanos despierten y comprendan que su patrimonio nacional fue vendido a precio de mercancía quemada para halagar la vanidad escolar de los teóricos de Washington, los responsables serán marcados como traidores y maldecidos por la historia».

Las observaciones de Lewis fueron ampliamente comentadas en Europa, pero ignoradas por Washington y la prensa norteamericana.

Ahora, en la mesa del desayuno, Edwina seguía leyendo el «Monitor». Había un informe de la cámara de diputados sobre una ley proponiendo cambios en los impuestos, lo que reduciría los descuentos depreciatorios a la propiedad. Aquello afectaría los préstamos hipotecarios en el banco, y Edwina preguntó a Lewis si creía posible que aquel proyecto se convirtiera en ley.

Él contestó crispado:

– Ninguna. Aunque lo aprueben los diputados, nunca pasará en el Senado. Ayer telefonee a un par de senadores. No la toman en serio.

Lewis tenía un extraordinario margen de amigos y de contactos -y éste era uno de los varios motivos de su éxito. Se mantenía también informado sobre todo lo referente a los impuestos, y aconsejaba a los lectores de su periódico sobre las situaciones que podían explotar ventajosamente.

Lewis mismo sólo pagaba una cantidad irrisoria de impuesto a la renta cada año, no más de unos pocos cientos de dólares, según se vanagloriaba, aunque su verdadera renta tenía siete cifras. Lograba esto utilizando cubre impuestos de todo tipo: inversiones petrolíferas, propiedades, explotación de la madera, granjas, sociedades limitadas y bonos de libre impuesto. Tales tretas le permitían gastar libremente, vivir espléndidamente y -sobre el papel- presentar cada año pérdidas personales.

Sin embargo todas estas tretas para los impuestos eran totalmente legales. «Sólo un tonto oculta sus rentas, o engaña en los impuestos de otra manera» Edwina le había oído declarar con frecuencia. «¿Para qué arriesgarse cuando hay más maneras legales de escapar a los impuestos que agujeros en un queso suizo? Todo lo que se necesita es trabajo para entender e impulso para utilizarlas».

Hasta ese momento Lewis no había seguido su propio consejo de vivir en el exterior y dejar la ciudadanía norteamericana. De todos modos detestaba Nueva York, donde había vivido una vez y donde había trabajado y la llamaba «una guardia de bandoleros decadentes, complacientes, arruinados, que existen en solipsismos y tienen mal aliento». También era, afirmaba, una ilusión, «mantenida por los arrogantes neoyorquinos, la idea de que los mejores cerebros se encuentran en esa ciudad. No es así». Prefería el Midwest, donde se había trasladado y donde había conocido a Edwina hacía quince años.

Pese al ejemplo de su marido para evitar los impuestos, Edwina seguía su propio camino en el asunto, llenaba su ficha individual y pagaba mucho más que Lewis, aunque su renta era más modesta. Pero era Lewis quien se encargaba de las cuentas… quien pagaba el pent-house, el servicio, los dos coches Mercedes gemelos y otros lujos.

Edwina reconocía sinceramente ante sí misma que el elevado estilo de vida que le gustaba había sido un factor en su decisión de casarse con Lewis, y su adaptación al matrimonio. Y el acuerdo, al igual que la mutua independencia y las dos carreras, marchaba bien.

– Desearía -dijo- que tu intuición pudiera decirme dónde fue a parar el dinero que faltó el miércoles.

Lewis levantó la cabeza de los platos del desayuno, que había atacado ferozmente, como si los huevos fueran enemigos.

– ¿Todavía falta ese dinero en el banco? ¿No ha descubierto nada tampoco el matón de puños duros del FBI?

– Eso podría decirse… -le habló del punto muerto al que habían llegado y la decisión que había tomado de despedir hoy mismo a la cajera.

– Y después nadie más le dará empleo, supongo.

– Lógicamente no podrá trabajar en otro banco.

– Creo que me dijiste que tiene una hija.

– Desgraciadamente, sí.

Lewis dijo sombríamente:

– Dos nuevos reclutas para la carga de Desempleo, ya tan hinchada.

– ¡Oh, por favor! ¡Guárdate esa propaganda para tus reaccionarios!

La cara del marido se arrugó en una de sus raras sonrisas.

– Perdona. No estoy acostumbrado a que me pidas consejo. No sueles hacerlo con frecuencia.

Era un elogio, comprendió Edwina. Una de las cosas que apreciaba en su matrimonio era que Lewis la trataba, siempre la había tratado, intelectualmente como una igual. Y, aunque él nunca se lo había dicho directamente, ella sabía que él estaba orgulloso de su status de ejecutiva importante en el FMA… cargo desusado incluso hoy en día para una mujer, en el mundo machista de los bancos.

– Naturalmente, no puedo decirte adónde ha ido a parar el dinero -dijo Lewis; pareció meditar-. Pero te daré un consejo que me ha dado resultado en situaciones complicadas.

– Sí, sigue.

– Nada más que esto: desconfía de lo obvio.

Edwina quedó desilusionada. Lógicamente, supuso, había esperado una especie de solución milagrosa. En lugar de esto Lewis había largado vetusto y viejo bromuro.

Miró su reloj. Eran casi las ocho.

– Gracias -dijo-. Tengo que irme.

– A propósito -dijo él-, salgo esta noche para Europa. Volveré el miércoles.

– Que tengas buen viaje -Edwina le besó al salir, el súbito anuncio no la había sorprendido. Lewis tenía oficinas en Zurich y en Londres, y sus idas y venidas eran casuales.

Se dirigió al ascensor privado que comunicaba su pent-house con las cocheras internas.

Mientras se dirigía al banco, y pese a haber rechazado el consejo de Lewis, las palabras desconfía de lo obvio permanecían en su mente, molestas, persistentes.

La discusión, a media mañana, con los dos agentes del FBI fue breve y no se llegó a nada.

La reunión tuvo lugar en la sala de conferencias detrás del banco, donde durante dos días, los hombres del FBI habían interrogado a los empleados. Edwina estaba presente. Y también Nolan Wainwright.

El principal de los dos agentes, llamado Innes, que hablaba con un acento de New England, dijo a Edwina y al jefe de Seguridad del banco:

– Hemos ido lo más lejos posible con la investigación aquí. El caso quedará abierto y nos mantendremos en contacto por si salen a luz nuevos hechos. Lógicamente, si algo nuevo surge, informarán ustedes en seguida al FBI.

1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)