Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Metro de Madrid
El Metro de Madrid - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 47
Перейти на страницу:

– No desde que nos pusieron un reloj registrador. Así que nos limitamos a meter la tarjeta cuando entramos -el hombre les enseñó una tarjeta alargada color caqui que se sacó del bolsillo del mono.

– ¿Cree usted que alguien podría introducir aquí un bulto grande -preguntó Bernal- y meterlo en un tren sin que nadie se diera cuenta?

– ¿Se refiere usted a un cadáver? Sí, he leído la prensa -dijo el hombre con una sonrisa nerviosa-. He pensado en eso y creo que sí podría ocurrir, sobre todo después de que las mujeres de la limpieza se han ido y han quedado abiertas las puertas de los trenes, en espera de la salida. Con el ruido y la mala iluminación, es probable que no advirtiéramos la presencia de un extraño; hay muchos sitios en los entrantes de las paredes y los montones de material donde ocultarse.

– Bueno, ésa es una respuesta sincera. Voy a hacer que vengan tres hombres de paisano, uno por cada turno, para que monten guardia, por si el sospechoso quiere utilizar este camino otra vez. Nos ha sido usted de mucha ayuda.

Al volver a la calle, Bernal confesó a Ángeclass="underline"

– He dado un mal patinazo en esta investigación. Que la taquillera viera al sospechoso con el maniquí me apartó de las normas habituales. Lo que debimos hacer es averiguar la procedencia de los trenes en que se encontró un cadáver o un maniquí. ¿Te importaría telefonear a Navarro y pedirle que te diga el número de vagón de cada incidente, según los partes de que disponemos, y también la hora aproximada? El capataz y el inspector de tráfico de aquí que consulten luego sus registros y te digan de dónde venían los trenes, si de Plaza de Castilla, Línea 1, o de aquí, esto es, tanto Línea 1 como Línea 2. ¿Se te ocurre alguna otra cosa que pueda hacerse?

– La cuestión del vehículo que tuvo que utilizar -dijo Ángel-. Está claro que el hombre no vino cargado con los cadáveres por la calle.

– Exacto -dijo Bernal-. Hacen falta más agentes para tomar nota de todos los coches estacionados en esta zona e investigar luego a los propietarios.

– ¿Y la policía municipal, jefe? ¿Cree usted que debo ir a la Jefatura de Tráfico y pedir una relación de las multas registradas en este barrio?

– Sí, pero en principio interésate sólo por las que consten puestas los días en que se encontraron los maniquíes y los cadáveres. Esto reducirá la lista. Eliminarás a casi todos los vehículos que aparcan de noche y que pertenecen a gente que vive en los alrededores… aunque, claro, el asesino puede entrar en este apartado. Me interesan más los coches ajenos estacionados aquí en todas esas ocasiones. Nos veremos en la oficina después de comer. Hasta luego.

Mientras Ángel se dirigía a la boca del Metro, Bernal echó una ojeada a Bravo Murillo en busca de un taxi, con la imperiosa sensación de estar martilleando en hierro frío.

TRIBUNAL

Una vez instalado en el taxi, Bernal cayó en la cuenta de que habría llegado antes a Tribunal si hubiera tomado el Metro, pero consideró que por aquel día ya había tenido bastante de aquel aire insalubre y aquel olor tórrido y metálico. Eran sólo las dos, de modo que aún tendría tiempo de tomar unas tapas en la cafetería Pablos, ante la que indicó al taxista le dejara. En aquel momento hacía mucho más calor, tras haberse producido uno de esos cambios que daban fama a Madrid y que permitían una subida de quince o veinte grados centígrados entre la madrugada y el comienzo de la tarde.

Se puso a beber un gin-tónic y a picar de un platito de mejillones en escabeche, mientras por los escaparates de cristal ahumado contemplaba a los niños que jugaban en los Jardines del Arquitecto Ribera, que estaban al otro lado. Barceló era una de las calles más agradables del centro, se decía, pero con la condición de que el ayuntamiento no enviara a sus obreros para abrir socavones.

Fue al teléfono, sito al fondo, y llamó a Eugenia para decirle que no iría a comer. Pidió luego el plato combinado número cinco, que consistía en filete de ternera, huevos fritos, tres croquetas de jamón y ensalada de lechuga y tomate. Tras tomarse el café y la copa de coñac, abonó la cuenta y se dirigió, calle abajo, a la casa donde tenía su piso secreto. Encontró allí a Consuelo, que se hacía una sopa de sobre, ocupación que dejó para abrazarle.

– Ya he leído lo de los crímenes, Luchi -dijo-. Y he resuelto no ir en Metro por ahora.

– Ése es el tipo de pánico que, al parecer, quiere provocar el asesino, querida -dijo Bernal con cansancio-. En realidad, por lo que sabemos, no ha matado a nadie en el Metro. Simplemente, ha dejado allí los cadáveres.

– ¿Y cuántos van ya? -preguntó la mujer-. Los periódicos insinúan por lo bajo que hay más de los que habéis hecho públicos.

– Dos cadáveres y dos maniquíes por ahora.

– ¿Maniquíes?

– Sí, muñecos de tamaño natural, hechos de modo que parecen víctimas auténticas. Tenemos buenos motivos para sospechar que hay una tercera víctima, cuyo cadáver aún no hemos encontrado. ¿Estás segura de que quieres que hablemos de todo esto mientras te tomas la sopa?

– Me imagino que te parecerá más propio contármelo después, en la cama -retrucó ella-. Pero yo preferiría conocer los detalles lúgubres con la sopa.

Tras escuchar el recuento de los hechos tal y como éstos los había ido sabiendo la policía, así como de las investigaciones que se llevaban a cabo, la joven guardó silencio, pensativa, durante unos momentos, y luego preguntó:

– ¿Se te ha ocurrido pensar cómo se las apañó para atraer a las chicas al lugar donde las mató?

– Creo que tuvo que parecerles a ellas muy normal. A fin de cuentas, esperó a Mari Luz Cabrera como si tuvieran una cita.

– ¿Qué me dices del detalle de las drogas? ¿No será un traficante?

– Ya he hecho que el comisario Tomás consulte los archivos de Narcóticos: las chicas no tienen ficha y, según él, no parece que estén relacionadas entre sí. Pero diré a Elena y a Carlos Miranda que se fijen bien en el retrato robot que se ha hecho, aunque sólo le vieron disfrazado. La secretaria de Peláez también podría intentarlo; ella le vio sin barba.

– ¿Y esa Elena, a quien el sospechoso le dio esquinazo? -preguntó agriamente Consuelo, que estaba resentida de la competencia que ella suponía representaba la nueva inspectora-. No es más que una novata.

– No está bien que la culpes a ella -replicó Bernal con paciencia-, ella se limitó a señalárselo a Miranda, que es nuestro mejor seguidor.

– Si no es de drogas -murmuró Consuelo-, ¿no podría tratarse de un lío abortista?

– Según Peláez, no había rastros recientes de operaciones ilícitas y ninguna de las jóvenes estaba embarazada. En cualquier caso, la familia Cabrera tiene tanto dinero que con gusto lo habría soltado para que se fuese al extranjero a operarse legalmente.

– ¿Político, pues? Las dos chicas trabajaban para partidos de izquierda. Quizá se trate de un fanático de la derecha que las elige arbitrariamente de cualquier grupo promarxista -Consuelo se estremeció-. Harías bien en acompañarme al mitin socialista que se celebra el lunes que viene en El Portazgo, en el campo de fútbol del Rayo Vallecano. Quiero oír el discurso preelectoral de Felipe González y podrías estar allí para protegerme.

– No me gusta que vayas a las reuniones políticas, Consuelo. Todo el país se ha vuelto loco, como si la revolución estuviera a la vuelta de la esquina; deberías darte cuenta de que no durará ni cinco minutos cuando sobrevenga la desilusión postelectoral. Lo mismo ocurrió en 1931.

– Seguro que tú estabas allí, agitando una bandera roja, con los mejores, Luchi -Bernal pensó que Consuelo se había hecho una idea demasiado romántica de su juventud-. Vamos, confiesa tu pasado trotskista.

– Imposible, sólo tenía doce años entonces. Pero sí -admitió-, he de reconocer que nos sentíamos un poco como los jóvenes de hoy, esperando que las cosas cambiaran radicalmente de la noche a la mañana. Pero ya tienes demasiada experiencia para dejarte entusiasmar hasta tales extremos.

1 ... 20 21 22 23 24 25 26 27 28 ... 47
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)