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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Bueno, me preguntaba si podrías venir a ayudarnos con la organización. Tenemos presupuesto para cinco bibliotecarias y el sueldo es decente. Lo paga la WPA y hay dinero para, al menos, un año.

Sophia apoyó la espalda en su silla.

Margery insistió:

—Sé que te encantaba trabajar en la biblioteca de Louisville. Y podrías estar aquí de vuelta cada día en una hora. Sería un placer contar contigo.

—Es una biblioteca para negros. —La voz de Sophia se endureció. Cruzó las manos sobre su regazo—. La biblioteca de Louisville. Es para gente de color. Eso ya lo debe de saber, señorita Margery. No puedo trabajar en una biblioteca de blancos. A menos que me esté pidiendo que vaya a caballo con usted y le aseguro que no pienso hacer eso.

—Es una biblioteca itinerante. La gente no va allí a pedir libros prestados. Somos nosotras las que se los llevamos.

—¿Y?

—Y nadie tiene por qué saber siquiera que vas a estar allí. Mira, Sophia, necesitamos tu ayuda con desesperación. Necesito que alguien de confianza arregle los libros y nos organice y tú eres, se mire por donde se mire, la mejor bibliotecaria de los tres condados.

—Se lo voy a repetir. Es una biblioteca para blancos.

—Las cosas están cambiando.

—Dígaselo a los hombres con capucha que llaman a nuestra puerta.

—¿Y qué haces aquí?

—Cuido de mi hermano.

—Eso ya lo sé. Te pregunto qué haces para ganar dinero.

Los dos hermanos intercambiaron una mirada.

—Esa es una pregunta muy personal. Incluso viniendo de usted.

William soltó un suspiro.

—No nos va muy bien. Vivimos de lo que tenemos ahorrado y de lo que nuestra madre nos dejó. Pero no es mucho.

—¡William! —le reprendió Sophia.

—Bueno, es la verdad. Conocemos a la señorita Margery. Ella nos conoce.

—¿Y quieres que vaya a que me rompan la cabeza por trabajar en una biblioteca para blancos?

—No voy a permitir que eso pase —dijo Margery con voz calmada.

Fue la primera vez que Sophia no respondió. Ser hija de Frank O’Hare tenía pocas ventajas, pero la gente que le había conocido sabía que, si Margery prometía algo, era del todo probable que así se hiciera. Si había sobrevivido a una infancia con Frank O’Hare, no había muchas cosas más que pudieran suponer un obstáculo.

—Ah, y son veintiocho dólares al mes —dijo Margery—. El mismo sueldo que tenemos las demás.

Sophia miró a su hermano y, después, bajó los ojos a su regazo. Por fin, levantó la cabeza.

—Vamos a tener que pensarlo.

—De acuerdo.

Sophia apretó los labios.

—¿Sigue usted siendo tan desordenada como antes?

—Probablemente, un poco más.

Sophia se puso de pie y se alisó la falda.

—Como he dicho, lo vamos a pensar.

William la acompañó a la puerta. Había insistido, tras levantarse con esfuerzo de la silla mientras Sophia le pasaba su muleta. Hizo una mueca de dolor por el esfuerzo de arrastrarse hasta la puerta y Margery intentó que no se le notara que lo había visto. Se quedaron en la puerta y miraron hacia la relativa paz del riachuelo.

—¿Sabe que están pensando quitar un trozo de la parte norte de la cumbre?

—¿Qué?

—Me lo contó Big Cole. Van a volar seis agujeros en su interior. Creen que ahí dentro hay buenas vetas.

—Pero esa parte de la montaña está ocupada. Hay unas catorce o quince familias un poco más abajo del lado norte.

—Lo sabemos nosotros y lo saben ellos. Pero ¿cree que eso les va a detener cuando huelan el dinero?

—Pero… ¿qué va a pasar con esas familias?

—Lo mismo que pasa siempre. —Se rascó la frente—. Kentucky, ¿eh? El lugar más hermoso de la tierra, y el más cruel. A veces, creo que Dios ha querido enseñarnos todos sus caminos a la vez.

William se echó sobre el marco de la puerta y se colocó bien la muleta bajo la axila mientras Margery digería todo eso.

—Me alegro de verla, señorita Margery. Cuídese.

—Y tú también, William. Y dile a tu hermana que venga a trabajar a la biblioteca.

Él levantó una ceja.

—¿Cómo? Ella es como usted. Ningún hombre le va a decir lo que tiene que hacer.

Margery oyó cómo se reía mientras cerraba la mosquitera.

6

A mi madre no le gustaban los pasteles del día anterior, a no ser que fueran de carne. Era capaz de levantarse una hora antes para hornear una tarta antes del desayuno, pero nunca hacía los flanes, los pasteles de frutas, ni siquiera los de calabaza, el día antes de servirlos. Y, si lo hubiera hecho, mi padre no los habría comido.

DELLA T. LUTES, Farm Journal

Durante sus primeros meses en Baileyville, Alice casi había disfrutado de las cenas parroquiales semanales. Tener a una cuarta o quinta persona sentada a su mesa animaba un poco el ambiente de aquella casa tan lúgubre y, además, la comida que se servía era mejor que los alimentos grasientos que ponía Annie habitualmente. El señor Van Cleve solía mostrar su mejor cara y el pastor McIntosh, su invitado más asiduo, no era un mal tipo, aunque fuera un tanto aburrido. Alice había observado que lo más divertido de la sociedad de Kentucky era la cantidad de historias que contaban: las desgracias familiares, los cotilleos sobre los vecinos… Tenían una forma maravillosa de contar las anécdotas y lo hacían con tal gracia que todos los comensales se partían de risa. Si había más de un contador de historias a la mesa, aquello se convertía de inmediato en un deporte de competición. Pero lo más importante era que aquellos relatos tan animados permitían que Alice se comiera su comida sin que apenas nadie se fijara en ella o la molestara.

O, al menos, así solía ser.

—A ver, ¿cuándo piensan bendecir estos jovenzuelos a mi viejo amigo con uno o dos nietos, eh?

—Yo tampoco dejo de preguntárselo. —El señor Van Cleve señaló con el cuchillo a Bennett y luego a Alice—. Una casa no es un hogar sin un pequeño correteando por ella.

«Tal vez cuando nuestro cuarto no esté tan pegado al suyo como para oír su respiración», respondió Alice mentalmente, mientras removía con la cuchara el puré de patata que tenía en el plato. «Tal vez cuando pueda ir al baño sin tener que cubrirme hasta los tobillos. Tal vez cuando no tenga que escuchar esta conversación, como mínimo, dos veces por semana».

Pamela, la hermana del pastor McIntosh, que había ido de visita desde Knoxville, comentó, como siempre hacía alguien, que su hijo había dejado encinta a su nueva esposa el mismo día de la boda.

—Justo nueve meses después llegaron los gemelos. ¿No es increíble? Eso sí, lleva la casa como si fuera un reloj. Ya verán, al día siguiente de destetar a esos dos, estará encinta otra vez.

—¿No es usted una de esas bibliotecarias itinerantes, Alice? —preguntó el marido de Pamela, que miraba el mundo con recelo por debajo de sus espesas cejas.

—Sí, lo soy.

—¡Se pasa todo el día fuera de casa! —exclamó el señor Van Cleve—. Hay noches que vuelve tan cansada que apenas puede mantener los ojos abiertos.

—Con lo buen mozo que es usted, Bennett. Para empezar, ¡la joven Alice debería estar demasiado agotada como para subirse a un caballo!

—¡Aunque debería tener las piernas arqueadas como las de un vaquero!

Los dos hombres se rieron a carcajadas. Alice esbozó una tímida sonrisa forzada. Observó a Bennett, que removía concentrado las alubias negras del plato. Luego dirigió la vista a Annie, que sostenía la bandeja de boniato y la contemplaba con cara de satisfacción, para su incomodidad. Alice la miró con dureza, hasta que la otra mujer apartó la vista.

«Había manchas del mes en sus pantalones de montar», le había comentado Annie a Alice la noche anterior, entregándole un montón de ropa limpia doblada. «No he conseguido eliminarlas por completo, así que aún queda algún rastro», había continuado, antes de hacer una pausa y añadir: «Como el mes pasado».

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