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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Esta noche la única conclusión a la que había llegado Heyward era que, después de pedir prestado, debían mantener inmóvil la línea de gastos, dentro de lo que se pudiera, esperando una mejora financiera dentro de poco tiempo.

– Y habría una -satisfactoriamente amplia- si se convertía en presidente del FMA.

En el First Mercantile American, como en la mayoría de los bancos, existía una amplia diferencia en el salario entre la presidencia y los funcionarios inmediatos. Como presidente, Ben Rosselli había estado cobrando 130 000 dólares anuales. Era casi una certidumbre que su sucesor iba a recibir la misma cantidad.

Si esto sucedía para Roscoe Heyward, la cosa significaba doblar inmediatamente su salario actual. Incluso con impuestos más elevados, lo que iba a quedarle eliminaría todos los problemas presentes.

Dejando a un lado los papeles empezó a soñar en esto, un sueño que se prolongó toda la noche.

12

Viernes por la mañana.

En su pent-house en el elegante Cayman Manor, un barrio alto residencial situado a uno o dos kilómetros de la ciudad, Edwina y Lewis D'Orsey desayunaban.

Habían pasado tres días desde el dramático anuncio de Ben Rosselli sobre su próxima muerte, y dos días desde el descubrimiento de una fuerte pérdida en la sucursal principal del First Mercantile American. De los hechos, la pérdida del dinero -por lo menos en ese momento- era el que preocupaba más a Edwina.

Desde el miércoles por la tarde no se había descubierto nada nuevo. Todo el día de ayer, con precisión matemática, dos agentes especiales habían interrogado intensamente a los empleados de la sucursal pero sin resultado tangible. Se sospechaba de la cajera directamente involucrada, Juanita Núñez; aunque no había reconocido nada, seguía insistiendo en que era inocente y rehusaba someterse a un detector de mentiras.

La negativa había aumentado las sospechas generales de culpabilidad, pero, como dijo uno de los hombres del FBI a Edwina: «Podemos sospechar todo lo que queremos de ella, y sospechamos, pero no tenemos ni la punta de un alfiler como prueba. En cuanto al dinero, incluso en el caso de que esté escondido en casa de ella, necesitaríamos alguna evidencia sólida antes de poder conseguir un permiso de registro. Y no tenemos prueba alguna. Naturalmente, seguiremos vigilándola, pero no es el tipo de caso en que el FBI puede mantener una vigilancia total.»

Los agentes del FBI iban a estar hoy nuevamente en la sucursal, aunque daba la impresión de que no podían hacer mucho.

Pero lo que el banco podía e iba a hacer era terminar con el empleo de Juanita. Edwina sabía que hoy debía despedir a la muchacha.

Aunque era un final decepcionante, poco satisfactorio.

Edwina prestó atención al desayuno: huevos ligeramente revueltos y muffins ingleses, tostados, que había servido la criada unos momentos antes.

Al otro lado de la mesa, Lewis, oculto detrás del «Wall Street Journal» gruñía como de costumbre sobre las últimas locuras de Washington, donde un subsecretario del Tesoro había declarado ante un comité del Senado que Estados Unidos nunca más volvería al patrón oro. El secretario había hecho una cita keynesiana al describir el oro como «esa bárbara reliquia amarilla». El oro, afirmaba, estaba terminado como medio de intercambio internacional.

– ¡Dios mío! ¡Qué leproso ignorante! -lanzando chispas sobre sus gafas de media luna y aro de acero, Lewis D'Orsey tiró el diario al suelo, para que se uniera al «New York Times», al «Chicago Tribune» y al «Financial Times» de Londres del día anterior, que ya había recorrido totalmente. Estaba enfurecido con el funcionario del Tesoro:

– Cinco siglos después de que los tarados como él se hayan convertido en polvo, el oro seguirá siendo la única base sólida para el mundo del dinero y del valor. Con los imbéciles que tenemos en el poder no hay esperanza para nosotros, absolutamente ninguna.

Lewis tomó una taza de café, la levantó hasta su flaca y torva cara y la vació de golpe, después se limpió los labios con una servilleta de tela.

Edwina que había estado hojeando el «Christian Science Monitor», levantó la vista.

– Lástima que dentro de cinco siglos no puedas estar ahí para decir: «Ya lo había dicho yo».

Lewis era un hombre pequeño con un cuerpo como una rama, que le daba una apariencia frágil y de muerto de hambre, aunque no era ninguna de las dos cosas. Su cara estaba de acuerdo con su cuerpo y era flaca, casi cadavérica. Sus movimientos eran rápidos, su voz con frecuencia impaciente. A veces Lewis bromeaba sobre su físico insignificante. Golpeándose la frente, afirmaba:

– Lo que la naturaleza omitió en el cuerpo lo ha puesto aquí…

Y era verdad: incluso aquellos que le detestaban reconocían que tenía un cerebro notablemente ágil, particularmente cuando se aplicaba al dinero o a las finanzas.

Sus ataques matutinos rara vez preocupaban a Edwina. En primer lugar, tras catorce años de matrimonio, ella sabía que los ataques rara vez iban dirigidos contra ella; en segundo, sabía que Lewis se estaba preparando para una sesión matinal ante la máquina de escribir, donde iba a rugir como un Jeremías enfurecido y justiciero de acuerdo con el deseo de los lectores de su periódico quincenal financiero.

El periódico, altamente costoso y que daba el consejo financiero de Lewis D'Orsey para inversiones, tenía una lista exclusiva de suscriptores internacionales, y proporcionaba al editor a la vez un rico medio de vida y una lanza personal con la que aguijoneaba a los gobiernos, presidentes, primeros ministros y políticos cuando alguna de las acciones fiscales le desagradaban. Casi siempre era así.

Muchos financieros adheridos a las teorías modernas, incluidos algunos del First Mercantile American, detestaban el periódico noticioso de Lewis D'Orsey, tan independiente, ácido, mordiente, ultraconservador. Pero, en general, la mayoría de los entusiastas suscriptores de Lewis lo consideraban una combinación de Moisés y de Midas, en una generación de imbéciles financieros.

Y con buenos motivos, reconocía Edwina. Si hacer dinero era el objetivo principal de una vida, Lewis era un hombre seguro, a quien había que seguir. Lo había demostrado muchas veces, de manera casi mágica, con consejos que habían dado muy buenos resultados para los que los habían seguido.

El oro era un ejemplo. Mucho antes de que sucediera, y mientras otros se burlaban, Lewis D'Orsey había predicho un dramático aumento en el precio del mercado libre. También había urgido grandes compras de acciones de las minas de oro sudafricanas, en aquel momento a bajo precio. Desde entonces varios suscriptores del «D'Orsey Newsletter» habían escrito diciendo que eran millonarios, nada más que como resultado de haber seguido sus consejos.

Con igual premonición había previsto la serie de devaluaciones del dólar, y había aconsejado a sus lectores que pusieran todo el dinero en efectivo que tuvieran en otras monedas, principalmente en francos suizos y marcos alemanes, cosa que muchos hicieron… con grandes beneficios.

En el último número del «D'Orsey Newsletter», había escrito:

«El dólar norteamericano, que fuera una vez una moneda orgullosa y honrada, está moribundo, como la nación que representa. Financieramente, Norteamérica ha pasado el punto del que no vuelve. Gracias a una loca política fiscal, mal concebida por políticos incompetentes y corrompidos, que sólo piensan en sí mismos y en la reelección, vivimos en medio del desastre financiero, que sólo puede empeorar.

Como nuestros dirigentes son canallas e imbéciles y el dócil público permanece vacuamente indiferente, hay que decir que ya es hora de usar los botes salvavidas financieros: "Sálvese quien pueda".

Si tienen ustedes dólares, guárdenlos sólo para pagar un taxi, la comida y los sellos. Que sean suficientes nada más que para comprar un pasaje aéreo a alguna tierra más feliz.

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