Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Sven bajó los escalones de la oficina con un papel en la mano.
—Está junto a Monarch Creek, en la casa de su difunta madre. Dicen que lo ha estado pasando bastante mal. Resulta que solo le trataron durante el primer par de meses en el hospital de aquí y, después, le echaron.
—Qué amables.
Sven ya sabía la mala opinión que ella tenía de Hoffman.
—¿Y para qué lo quieres?
—Quería buscar a su hermana. Pero, si está enfermo, no sé si debo molestarlo. Lo último que supe de ella es que estaba trabajando en Louisville.
—Ah, no. La señora Pfeiffer acaba de decirme que es su hermana la que le está cuidando. Lo más seguro es que si vas hasta allí te la encuentres también.
Cogió el papel y levantó la mirada hacia él. Sven tenía los ojos fijos en ella y su rostro se enterneció por debajo de la capa negra que lo cubría.
—¿Y cuándo te voy a ver?
—Eso depende de que dejes de insistir en que nos casemos.
Él miró hacia atrás por encima de su hombro y, a continuación, la llevó al otro lado de la esquina, la puso de espaldas a la pared y se colocó cerca de ella, todo lo cerca que pudo.
—Muy bien. ¿Qué te parece esto, Margery O’Hare? Te prometo solemnemente que nunca me casaré contigo.
—¿Y?
—Y que no hablaré de casarme contigo. Ni entonaré canciones sobre ello. Y ni tan siquiera pensaré en casarme contigo.
—Eso está mejor.
Él miró a su alrededor y, después, bajó la voz tras poner la boca junto a su oído de tal forma que ella se retorció un poco.
—Pero pasaré por tu casa y le haré cosas pecaminosas a ese bonito cuerpo que tienes. Si me lo permites.
—¿Cómo de pecaminosas? —susurró ella.
—Ah, pues malas. Escandalosas.
Ella deslizó la mano por dentro del mono de él y sintió el leve brillo de sudor sobre su cálida piel. Por un momento, no hubo nada más que ellos dos. Los sonidos y los olores de la mina se desvanecieron y lo único que ella podía sentir eran los latidos de su corazón y el pulso de la piel de él contra la de ella, el permanente redoble de tambor de su necesidad de él.
—A Dios le encantan los pecadores, Sven. —Levantó la cabeza y le besó y, después, le dio un breve mordisco en el labio inferior—. Pero no tanto como a mí.
Él soltó una carcajada y, para sorpresa de ella, mientras volvía hacia el mulo y la brigada de seguridad seguía con sus silbidos, sus mejillas se habían vuelto más que sonrosadas.
Había sido un día largo y cuando llegó a la pequeña cabaña de Monarch Creek, tanto ella como el mulo estaban agotados. Desmontó y echó las riendas por encima del poste.
—¿Hola?
No salió nadie. Había un pequeño huerto de verduras a la izquierda de la cabaña y un minúsculo cobertizo al lado con dos cestos colgados en el porche. Al contrario que la mayoría de las casas que había por esa «hondonada», esta estaba recién pintada, con la hierba recortada y la maleza mantenida a raya. Había una mecedora roja junto a la puerta mirando hacia la ribera.
—¿Hola?
Apareció el rostro de una mujer en la mosquitera de la puerta. Miró hacia fuera, como si comprobara algo, y, después, se dio la vuelta para hablar con alguien de dentro.
—¿Es usted, señorita Margery?
—Hola, Sophia. ¿Cómo estás?
La mosquitera se abrió y la mujer se hizo a un lado para dejar pasar a Margery, con las manos en la cintura y gruesas trenzas de pelo oscuro sujetas a la cabeza. Levantó el rostro como si la examinara con atención.
—Vaya, llevo sin verla desde hace… ¿cuánto? ¿Ocho años?
—Algo así. Pero tú no has cambiado nada.
—Pase por aquí.
Su cara, tan delgada y seria en reposo, mostró una encantadora sonrisa y Margery respondió con otra igual. Durante varios años, Margery había acompañado a su padre en sus viajes de contrabando de alcohol hasta Hoffman, una de sus rutas más lucrativas. Frank O’Hare suponía que nadie prestaría mucha atención a una niña que iba con su padre realizando entregas en el asentamiento y suponía bien. Pero mientras él recorría la zona residencial, vendiendo frascos y sobornando a los guardias de seguridad, ella se dirigía en secreto a la sección de los negros, donde la señorita Sophia le prestaba sus libros de la pequeña colección familiar.
A Margery no le habían dejado asistir a la escuela. Frank se había encargado de ello. No creía que los libros enseñaran nada, por mucho que su madre se lo suplicara. Pero la señorita Sophia y la madre de esta, la señorita Ada, le habían inculcado un amor por la lectura que, muchas noches, la había transportado a millones de kilómetros de la oscuridad y violencia de su hogar. Y no eran solo los libros: la señorita Sophia y la señorita Ada siempre tenían un aspecto inmaculado, con las uñas perfectamente limadas y el pelo recogido en trenzas con una precisión quirúrgica. La señorita Sophia era solo un año mayor que Margery, pero su familia representaba para ella una especie de orden, una idea de que la vida podía vivirse de una forma muy distinta al ruido, al caos y al temor que había en la suya.
—¿Sabe? Siempre pensé que se iba a comer esos libros de tanto como los ansiaba. Nunca he conocido a una niña que leyera tantos y tan rápido.
Se sonrieron. Y entonces, Margery miró a William. Estaba sentado en una silla junto a la ventana y la pierna izquierda de sus pantalones estaba bien recogida por debajo del muñón. Intentó que no se le notara en lo más mínimo en la cara el impacto al ver aquello.
—Buenas tardes, señorita Margery.
—Lamento mucho lo de tu accidente, William. ¿Te duele mucho?
—Es soportable —respondió él—. Pero no me gusta estar sin trabajar, eso es todo.
—Está de lo más irascible —dijo Sophia poniendo los ojos en blanco—. Odia más estar en casa que el hecho de haber perdido la pierna. Siéntese y le traigo algo para beber.
—Me dice que hago que la casa parezca sucia. —William se encogió de hombros.
Margery pensó que la cabaña de los Kenworth era la más limpia en treinta kilómetros. No había ni una mota de polvo ni una cosa fuera de su sitio, testimonio de las temibles aptitudes organizativas de Sophia. Margery se sentó a beber un vaso de zarzaparrilla y escuchó cómo William le contaba que la mina le había despedido después de su accidente.
—El sindicato ha tratado de defenderme pero desde los tiroteos… En fin, ya nadie quiere jugarse el pellejo, mucho menos por un negro. ¿Entiende lo que quiero decir?
—Dispararon a dos sindicalistas más el mes pasado.
—Eso he oído. —William meneó la cabeza.
—Los hermanos Stiller destrozaron a tiros las ruedas de tres camiones que salían del depósito. La siguiente vez que entraron en el economato de Friars para organizar a algunos hombres, una panda de matones les atrapó allí dentro y tuvieron que venir muchos otros de Hoffman para sacarlos. Les está lanzando una advertencia.
—¿Quién?
—Van Cleve. Ya se sabe que él está detrás de casi todo esto.
—Todos lo saben —confirmó Sophia—. Todos saben lo que está pasando en ese lugar, pero nadie quiere hacer nada.
Los tres se quedaron sentados en silencio tanto rato que Margery casi se olvidó del motivo por el que había ido. Por fin, dejó el vaso en la mesa.
—Esto no es solo una visita de cortesía —comentó.
—No me diga —respondió Sophia.
—No sé si te has enterado, pero he abierto una biblioteca en Baileyville. Tenemos cuatro bibliotecarias, muchachas del pueblo, y un montón de libros y revistas que nos han donado, algunos en mal estado. En fin, necesitamos que alguien nos organice y arregle los libros porque no se puede pasar una quince horas al día montada en el caballo y encargarse también del resto.
Sophia y William se miraron.
—No estoy segura de qué tiene eso que ver con nosotros —dijo Sophia.