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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— No creo que eso suceda lo suficientemente a menudo como para preocuparse.

— Te estoy poniendo unos ejemplos muy obvios, Richard, para que lo extrapoles a problemas más complicados y comprendas un principio bastante confuso.

»Las buenas intenciones, la amabilidad pueden alentar a los holgazanes y convertir a mentes sanas en indolentes. Cuanta más ayuda les das, más ayuda necesitan. Mientras tu amabilidad tenga una duración indefinida, nunca aprenderán a ser disciplinados, a tener dignidad ni a confiar en sí mismos. Tu amabilidad empobrece su humanidad.

»Si das una moneda a un mendigo porque te dice que su familia se está muriendo de hambre, pero usa el dinero para emborracharse y luego mata a alguien, ¿sería culpa tuya? No. Ha sido él quien ha cometido el acto. Pero si le hubieras dado a él y a su familia comida en lugar de dinero, no habría cometido el asesinato. Es otro ejemplo de buena intención que al final perjudica.

»Segunda Norma: de las mejores intenciones puede resultar un gran mal. La violación de esta norma puede causar desde una simple inconveniencia hasta un desastre o la muerte.

»Algunos líderes preconizan la paz y rechazan incluso la violencia en defensa propia. Sus intenciones son intachables, de eso no hay duda. Pero, al final, tal postura suele conducir a una matanza, porque la amenaza de la violencia hubiera prevenido el ataque y, por tanto, un acto violento. Esos líderes ponen sus buenas intenciones por encima de las realidades de la vida. Acusan a los guerreros de estar sedientos de sangre cuando, en realidad, los guerreros hubieran podido prevenir un derramamiento de sangre.

— ¿Estás diciendo que no debería sentirme avergonzado por ser un mago guerrero?

— ¿De qué le sirve al cordero predicar las virtudes de una dieta vegetariana si los lobos piensan de otro modo?

Richard se sentía como si estuviera teniendo una conversación con Zedd.

— Pero la amabilidad no siempre es contraproducente —objetó.

— Claro que no. Aquí es donde interviene la sabiduría. Necesitas ser sabio para prever las consecuencias de tus acciones.

»Sin embargo, el problema con la Segunda Norma es que uno no siempre sabe cuándo la está violando o cuando hace un bien. Y lo que es peor, la magia es peligrosa. Si añades magia a las buenas intenciones e incumples la Segunda Norma, puedes provocar una verdadera catástrofe.

»Usar magia es fácil. Lo difícil es decidir cuándo usarla. Cada vez que usas magia, involuntariamente puedes causar un desastre.

»¿Eres consciente de que basta con el peso de un copo de nieve de más para provocar un alud? Sin ese último copo, no se hubiera producido ninguna catástrofe. Cuando usas magia, Richard, tienes que saber qué copo de nieve es el que puede provocar el alud. No hay proporción entre el peso de ese simple copo de nieve que invocas y la avalancha que provocas.

Richard frotó el pulgar contra la empuñadura de la espada.

— Nathan, creo que es posible que haya rasgado el velo porque violé la Segunda Norma.

— Sí, lo hiciste.

— ¿Qué es lo que hice?

— Usaste tu magia, a través de la Primera Norma de un mago, para vencer. Pero, al hacerlo, alimentaste la magia de las cajas, la puerta, y rasgaste el velo. Lo hiciste por ignorancia. No sabías que actuando de un modo que te parecía justo pudieras causar involuntariamente la destrucción de toda vida. Fue un copo de nieve de más. La magia es peligrosa.

— ¿Cómo puedo arreglarlo?

— Es preciso apresar de nuevo al Custodio con la piedra de Lágrimas. Hay que colocar de nuevo la cerradura, el sello. Debes enviar de nuevo la piedra al lugar que le corresponde, en el inframundo, donde limite el poder del Custodio en este mundo. Para ello se necesitan ambos poderes.

»Luego hay que cerrar la puerta con llave, por decirlo de algún modo. Para ello también se precisan ambos tipos de magia. Si se usa solamente Magia de Suma o Magia de Resta, el velo se acabará de romper. Así pues, alguien como yo, que sólo poseo Magia de Suma, es inútil en este caso. Sólo alguien como tú puede hacerlo.

»Hasta entonces, corremos un terrible peligro. Si actúas equivocadamente y usas la piedra por razones egoístas, destruirás el equilibrio y acabarás de romper el velo, lo que nos hundiría a todos en la noche eterna.

Richard se quedó mirando fijamente la mesa, pensativo.

— ¿Sabes qué es un «agente»? —preguntó.

— Ah. Te refieres al problema del solsticio de invierno que se avecina. Un agente es alguien que hace tratos con el Custodio, por ejemplo le entrega las almas inocentes de niños a cambio de conocimientos sobre cómo usar la Magia de Resta.

El Profeta lanzó a Richard una sombría mirada.

— Pero eso no debe preocuparte, pues enviaste a Rahl el Oscuro al inframundo, donde no tiene poder. Porque Rahl el Oscuro está en el inframundo, ¿verdad?

Richard sintió un lacerante dolor en la boca del estómago. No solamente había rasgado el velo sino que, al violar de nuevo la Segunda Norma de un mago, había permitido que un agente, Rahl el Oscuro, regresara al mundo de los vivos, desde donde poder liberar al Custodio. Todo era culpa suya. Se sentía acalorado y mareado, y le parecía que iba a empezar a devolver.

— Nathan, tengo que quitarme este collar.

El Profeta se encogió de hombros.

— Yo no puedo ayudarte en eso.

Richard había ido a ver al Profeta por una razón determinada. Buscaba una respuesta. Así pues, se aclaró la garganta y dijo:

— Nathan, hay una persona muy importante para mí, una mujer. Está en peligro y debo ayudarla. Hay una profecía sobre ella que está escrita, pero yo la vi en una visión.

— ¿Qué profecía?

— «Cuando la amenaza de la sombra desaparezca, de todas tan sólo quedará viva una, nacida con la magia de sacar a la luz la verdad. Pero…»

Con voz grave y profunda, Nathan completó la profecía.

— «…Pero la aciaga sombra del reino de los muertos acecha. Si la vida quiere tener una esperanza, la de blanco deberá ser ofrecida a su gente, para darles felicidad y jolgorio.»

— Ya veo que la conoces. Nathan, vi el significado de esa profecía. Tengo prohibido hablar de ello, pero en lo que a mí respecta no tiene un final feliz.

— Es decapitada —dijo Nathan con voz queda—. Ése es el verdadero significado de la profecía.

Richard se apretó con un brazo el estómago, que sentía revuelto. Eso era lo que había visto en su visión. El mundo empezó de nuevo a dar vueltas a su alrededor.

— Nathan, tengo que salir de aquí. Debo impedir que eso suceda.

— Richard, mírame. —Richard alzó la vista. Con un esfuerzo contuvo las lágrimas—. Richard, debo decirte la verdad. Si la profecía no se cumple, todo acabará. Todos nosotros moriremos. Será el fin de toda vida. Todos caeremos en las garras del Custodio.

»Si usas tu poder para impedir que se cumpla, partirás el velo por la mitad y permitirás que el Custodio engulla el mundo de los vivos.

Richard se levantó de un salto.

— ¡Por qué! ¿Por qué tiene ella que morir para salvar a los vivos? ¡Es absurdo! —La mano del joven se cerró en torno a la espada—. ¡Voy a impedirlo! ¡No es más que un estúpido acertijo! ¡No permitiré que muera por un acertijo!

— Richard, llegará el día en que tendrás que elegir. Hace mucho tiempo que confío en que, cuando ese momento llegue, tendrás la sabiduría suficiente para elegir bien. Si te equivocas, nos destruirás a todos.

— No pienso quedarme aquí escuchando cómo me dices que debo dejar que muera. Los buenos espíritus no han hecho nada por ayudar. Pero yo debo ayudarla, y lo haré.

Richard salió en tromba de la habitación. Mientras avanzaba por el pasillo se iban formando grietas en las paredes y llovían trozos de yeso. El joven apenas se daba cuenta y tampoco le importaba, pues ardía de furia. Al atravesar el escudo la pintura de las paredes a ambos lados se chamuscó y empezó a desprenderse.

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