La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¡Ocupado! —Los hombros del Profeta temblaron cuando se echó a reír con ganas. Al levantarse Richard se quedó un tanto sorprendido ante su estatura. Su larga cabellera blanca le había llevado a pensar que sería un viejo encogido. Viejo sí lo era, pero se veía fuerte y lleno de vitalidad. Tenía una sonrisa acogedora y amenazante al mismo tiempo, y llevaba un rada’han al igual que Richard.
— Me llamo Nathan. Tenía muchas ganas de conocerte, Richard. Pero no esperaba que encontraras el camino tú solo.
— He venido solo para que podamos hablar libremente.
— ¿Sabes que soy un profeta?
— No estoy aquí para que me enseñes a cocer pan.
La sonrisa de Nathan se hizo más amplia, pero no rió. En vez de eso unió las cejas como un halcón.
— ¿Quieres que te hable de tu muerte, Richard? ¿Quieres saber cómo morirás? —preguntó con voz sibilante.
Richard se dejó caer en el sofá y apoyó los pies encima de la mesa. Entonces le devolvió la mirada de halcón y la amenazante sonrisa.
— Pues claro —dijo—. Me encantaría saberlo. Y, cuando termines, yo te diré cómo morirás tú.
Nathan enarcó una ceja.
— ¿Acaso eres un profeta?
— Lo bastante para saber de qué morirás.
Ahora Nathan lo observaba con curiosidad.
— ¿De veras? Dímelo.
Richard cogió una pera de un cuenco colocado encima de la mesa, le sacó brillo frotándola contra el pantalón y luego le dio un mordisco. Mientras masticaba, contestó:
— Morirás aquí mismo, en estas habitaciones, de viejo, sin haber vuelto a ver el mundo exterior.
Las arrugas en el rostro del Profeta se acentuaron al tiempo que expresaba un profundo pesar.
— Parece que eres un profeta, muchacho.
— Eso será si no me ayudas. Pero si lo haces, tal vez pueda regresar y ayudarte a escapar.
— ¿Qué pides a cambio?
— Librarme del collar.
Nathan sonrió de oreja a oreja.
— Diría que tenemos un interés en común, Richard.
— Las Hermanas afirman que sin él moriría.
— Las Hermanas exigen sinceridad a los demás pero raramente se toman la molestia de aplicarse el cuento para sí. Ellas defienden sus propios intereses, Richard. Recuerda que hay más de una senda para salir del bosque.
— Según las Hermanas, no podré quitármelo hasta que aprenda a usar mi han. Pero, aunque lo intentan, son incapaces de ayudarme.
— Sería más fácil que tú enseñaras a una piedra a cantar que una Hermana te enseñara a usar tu han. Tú posees Magia de Resta. Ellas no pueden ayudarte.
— ¿Puedes tú ayudarme, Nathan?
— Es posible. —El Profeta volvió a sentarse en la silla y se inclinó hacia adelante—. Dime, Richard, ¿has leído Las Aventuras de Bonnie Day?
— Es mi libro favorito. Lo leí tantas veces que acabé por gastar las letras. Me encantaría conocer a la persona que lo escribió para decirle lo mucho que me gusta.
Nathan esbozó una amplia sonrisa infantil.
— Pues ya la conoces, muchacho.
Richard se incorporó.
— ¡Tú! ¿Tú escribiste Las Aventuras de Bonnie Day?
Nathan recitó algunos pasajes para demostrar que conocía la obra al dedillo.
— Cuando naciste entregué el libro a tu padre para que te lo diera cuando aprendieras a leer.
— ¿Tú acompañabas a la Prelada? No me lo dijo.
— Dudo que le pasara por la cabeza contarte toda la verdad. Verás, Ann no tiene poder suficiente para entrar en el Alcázar del Hechicero de Aydindril. Yo ayudé a George a entrar para que cogiera el Libro de las Sombras Contadas. Guardan libros de profecías muy interesantes allí.
Richard se quedó mirándolo, atónito.
— Parece que somos viejos conocidos —comentó.
— Somos más que conocidos, Richard Rahl. —Nathan le lanzó una significativa mirada—. Mi nombre completo es Nathan Rahl.
Richard se quedó boquiabierto.
— ¿Tú eres mi… tatara-tatarabuelo o algo así?
— Demasiados tatara para poder contarlos. Tengo casi mil años, muchacho. —El Profeta agitó un dedo en el aire—. Hace mucho tiempo que te sigo con interés. Apareces en las profecías.
»Escribí Las Aventuras de Bonnie Day para algunos muchachos con potencial. Podríamos decir que es un libro de profecías. Como una cartilla de profecías que pudierais entender y que os ayudara. Te ha ayudado, ¿verdad?
— Muchas veces —repuso Richard, que aún no se había recuperado de la sorpresa.
— Bien. Me alegro mucho. Entregamos el libro a unos pocos niños, todos ellos muy especiales. Tú eres el único que sigue vivo. Los demás murieron en accidentes «inexplicables».
Richard se acabó la pera mientras pensaba. Definitivamente no le gustaba la parte relativa a la Magia de Resta.
— Bueno, ¿puedes ayudarme a usar mi poder? —preguntó al fin.
— Piensa, Richard. Las Hermanas no te han causado dolor con el collar, ¿verdad?
— No, pero lo harán.
— Repites la última batalla, Richard. ¿Qué dice Bonnie Day a las tropas de Warwick que vigilan el páramo? Que el enemigo no atacara del mismo modo que la última vez, que son unos estúpidos si malgastan su energía tratando de repetir la última batalla. —Nathan enarcó una ceja—. Parece que no has aprendido esa lección. El hecho de que algo te ocurriera en el pasado no significa que vaya a repetirse. Piensa hacia adelante, Richard, no hacia atrás.
Richard vaciló.
— Yo… tuve una visión en una de las torres. En la visión la hermana Verna usaba el collar para hacerme daño.
— Y eso despertó tu ira.
Richard asintió.
— Conjuré la magia y la maté.
Nathan sacudió levemente la cabeza con aire de decepción.
— La visión era tu propia mente que trataba de decirte algo, te decía que, si trataban de hacerte daño con el rada’han, podrías defenderte y vencerlas. Tu don y tu mente trabajaban juntos para ayudarte. Pero tú estabas demasiado ocupado repitiendo la última batalla para oír el mensaje.
Richard guardó un apesadumbrado silencio. Estaba tan preocupado por que las Hermanas quisieran torturarlo con el rada’han, que no había pensado en nada más. Tanto miedo tenía de que el pasado se repitiera, que no se había dado cuenta del verdadero significado de lo que había hecho Kahlan. Piensa en la solución y no en el problema, le decía siempre Zedd. Pero el pasado le había impedido ver el futuro.
— Comprendo qué quieres decir, Nathan —admitió—. ¿Qué significa eso de que las Hermanas no pueden causarme dolor con el collar?
— Ann sabe que eres un mago guerrero. Yo se lo anuncié casi quinientos años antes de que nacieras. Estoy seguro de que habrá impartido órdenes a las Hermanas. Infligir dolor a un mago guerrero sería como pisar a propósito un escorpión.
— ¿Quieres decir que el dolor es algo así como la clave de mi poder?
— No. Es la consecuencia del dolor: la ira. —Con un gesto señaló la espada que llevaba al cinto—. Tú usas la espada de ese modo; la ira despierta su magia. De hecho, al conjurar su magia, sientes ira, y así es como la magia funciona. ¿Quieres que te enseñe cómo puedes tocar tu han?
Richard se acercó más a la mesa.
— Sí. Nunca creí que llegaría a decir esto, pero sí. Tengo que aprender si quiero salir de aquí.
— Extiende la palma. Muy bien. —El Profeta empezó a emitir un aura de autoridad a su alrededor—. Ahora sumérgete en mis ojos.
Richard miró fijamente esos ojos de un intenso azul y párpados caídos. Los ojos lo atraían irremediablemente. Richard se sintió caer en un cielo azul despejado. Respiraba agitadamente y no por voluntad propia. Más que oír, sintió las órdenes de Nathan.
— Invoca la ira, Richard. Invoca el odio y la furia. —Richard sintió esas emociones, como cuando desenvainaba la espada. Al mismo tiempo era como si otra persona respirara por él y otro le provocara la ira—. Ahora siente el calor de la cólera. Siente sus llamas. Muy bien. Ahora concentra esas sensaciones en la palma de la mano.