La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— El hechizo frena nuestro proceso de envejecimiento. Por cada año que nosotros envejecemos, los de fuera envejecen entre quince y veinte años.
Richard sentía que la cabeza le daba vueltas.
— Warren, eso no puede ser cierto. Es imposible. —El joven buscaba desesperadamente una prueba—. Pasha. Pasha no puede tener más de…
— Richard, conozco a Pasha desde hace más de cien años.
Richard apartó la silla y se puso en pie. Entonces se pasó los dedos por el pelo.
— Es absurdo —declaró—. Tiene que ser algún tipo de… ¿Por qué debería ser así?
Warren lo cogió por un brazo y lo obligó a sentarse. Entonces acercó su silla a la del Buscador y le habló con el mismo tono de voz suave y preocupada que uno utilizaría para comunicar una noticia calamitosa.
— Cuesta mucho tiempo entrenar a un mago. Fuera, en el mundo exterior, pasaron más de veinte años antes de que aprendiera a tocar mi han. Pero aquí dentro no fueron más de dos. Si la magia de palacio no frenara nuestro proceso de envejecimiento, todos nos moriríamos de viejos antes de ser siquiera capaces de encender una lámpara con nuestro han.
»No sé de ningún mago que haya tardado menos de doscientos años en aprender. Por término general, el entrenamiento dura casi trescientos años y a veces casi cuatrocientos.
»Los magos que crearon este palacio lo sabían, por lo que vincularon la magia que reina en él a los mundos del más allá, donde el tiempo no existe. No sé cómo funciona exactamente, pero lo hace.
A Richard le temblaban las manos.
— Pero… tengo que librarme de este collar. Tengo que volver junto a Kahlan. No puedo esperar tanto. Warren, ayúdame, no puedo esperar tanto tiempo.
Warren clavó la vista en el suelo.
— Lo siento, Richard. Yo no sé cómo se quita el rada’han, ni cómo atravesar la barrera que nos mantiene aquí. Comprendo cómo te sientes. Ese mismo sentimiento es el que me ha impulsado a pasar aquí en las criptas los últimos cincuenta años. A otros parece que no les afecta y se alegran, incluso, porque les da más tiempo para pasarlo con mujeres.
— No puedo creerlo —declaró Richard, poniéndose lentamente en pie.
Warren alzó el rostro hacia él.
— Richard, por favor, perdóname por habértelo dicho. Siento haber sido yo quien te haya causado tanto dolor. Tú siempre has sido…
Richard lo acalló poniéndole una mano en el hombro.
— No es culpa tuya, Warren. Tú sólo me has dicho la verdad. —Su voz sonaba como si hablara desde lo más hondo de un pozo—. Gracias por ser sincero, amigo mío.
Mientras salía, arrastrando los pies, lo único en lo que podía pensar era en que todos sus sueños se morían. Si no conseguía quitarse ese collar todo estaría perdido.
Las hermanas Ulicia y Finella lo recibieron de pie, en actitud alerta, pero al ver la expresión de su rostro retrocedieron tal como lo habían hecho los guardias. Ante la puerta que custodiaban se alzó un brillante escudo. Richard lo atravesó sin detenerse. La puerta se abrió violentamente sin que tuviera necesidad de tocarla, y parte del marco se astilló. Por alguna razón, ni se le había ocurrido usar el tirador.
La Prelada estaba sentada con las manos cruzadas tras la pesada mesa de madera de nogal. Sus solemnes ojos lo observaban. Richard se apretó contra la mesa. Se lo veía muy alto, allí de pie.
— Lamento decir que no me alegra volver a verte tan pronto, Richard —dijo la Prelada en tono sombrío.
— ¿Por qué no me lo dijo la hermana Verna? —preguntó Richard con voz crispada.
— Porque yo se lo ordené.
— ¿Y por qué no me lo dijiste tú?
— Porque quería que primero aprendieras cosas importantes sobre ti mismo, para comprender mejor lo que significas. La carga de un mago y también de una Prelada.
Richard cayó de hinojos delante del escritorio.
— Ann —susurró—, por favor, ayúdame. Tengo que volver junto a ella. Hace mucho que nos separamos. Por favor, Ann, ayúdame, quítame este collar.
La Prelada cerró los ojos un largo instante. Cuando volvió a abrirlos, expresaban un profundo pesar.
— No te he mentido, Richard. Nosotras no podemos quitártelo hasta que tú aprendas lo suficiente para ayudarnos. Y eso llevará tiempo.
— Por favor, Ann, ayúdame. ¿Hay algún otro modo?
Sin apartar los ojos del joven, la Prelada negó lentamente con la cabeza.
— No, Richard. Con el tiempo aprenderás a aceptarlo. Todos los hacen. Para los demás es más fácil, porque al llegar aquí son niños aún y no lo comprenden. Les cuesta darse cuenta de lo que significa. Nunca habíamos tenido que decírselo a un adulto, como tú, que comprende lo que eso implica.
Richard no lograba pensar con claridad. Se sentía como si se hundiera en un oscuro sueño.
— Pero perderemos tanto tiempo que podríamos haber compartido… Será vieja. Todos a quienes conozco serán viejos.
Ann se alisó el cabello y desvió la mirada.
— Richard, cuando acabe tu entrenamiento y puedas marcharte los tataranietos de todas las personas que conoces se habrán muerto ya de viejos y llevarán enterrados más de cien años.
Richard la miró parpadeando, tratando de asimilar el número de generaciones que eso suponía, pero los números se le confundían en la mente. De pronto recordó la advertencia de Shota sobre una trampa en el tiempo. Estaba atrapado.
Las Hermanas le habían despojado absolutamente de todo. Había perdido todo lo que amaba. Nunca volvería a ver a Zedd, ni a Chase, ni a nadie que conociera. Nunca volvería a abrazar a Kahlan. Nunca podría decirle que la quería y que entendía el sacrificio que había hecho por él.
63
Al alzar la vista de donde estaba sentado, en el suelo, vio a Warren en el umbral. No había oído llamar a la puerta. En vista de que nada decía, Warren corrió hacia él y se agachó a su lado.
— Escúchame, Richard, algo que me dijiste me hizo pensar. Dijiste que ibas a casarte con la Madre Confesora.
Richard salió de su aturdimiento y alzó la vista.
— La profecía habla de ella, ¿no es eso? La profecía que debe cumplirse el solsticio de invierno.
— Es posible. Pero no sé lo suficiente sobre ella, sobre las Confesoras, para afirmarlo con seguridad. ¿Viste de blanco la Madre Confesora?
— Sí. Las Confesoras nacen para hallar la verdad. Ella es la última.
Richard recordó la visión que tuvo en una de las Torres de Perdición, recordó el horror de lo que vio. Las palabras de Kahlan se le habían quedado grabadas en la memoria. Se las repitió a Warren:
— «Cuando la amenaza de la sombra desaparezca, de todas tan sólo quedará viva una, nacida con la magia de sacar a la luz la verdad. Pero la aciaga sombra del reino de los muertos acecha. Si la vida quiere tener una esperanza, la de blanco deberá ser ofrecida a su gente, para darles felicidad y jolgorio.»
— ¡Sí, ésa es! Creo que la «aciaga sombra» se refiere tanto al Custodio como al solsticio de invierno. Creo que significa que… Richard, ¿dónde leíste esa profecía?
— No la leí. Me vino en forma de visión.
Warren abrió mucho los ojos, cosa que siempre ocurría cuando estaba perplejo.
— ¿Tuviste una visión de una profecía?
— Sí, ella me dijo las palabras y me mostró con imágenes lo que significaban.
— ¿Y qué significan?
Richard se frotó una pernera.
— No puedo decírtelo. Me dijo que podía repetir las palabras pero que no debía hablar de la visión. Lo siento, Warren, pero no me atrevo a violar esa advertencia sin saber las consecuencias. Pero puedo decirte que, si esa profecía se cumple, ni ella ni yo tendremos felicidad ni jolgorio.
Warren se quedó un momento pensativo.
— Sí. Tienes razón. —Lo miró por el rabillo del ojo antes de añadir—: Richard, hay algo acerca de las profecías que creo que debo decirte. Casi nadie lo sabe, pero las palabras no siempre expresan el verdadero propósito de la profecía.