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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Qué quieres decir?

— Bueno, a veces, cuando leo una profecía tengo una visión de ella. Luego esa visión se cumple y la profecía también, pero no como uno podría imaginarse al leerla. Creo que las profecías están hechas para ser entendidas a través de visiones.

— ¿Lo saben las Hermanas?

— No. Pienso que eso es lo que significa ser un profeta. Richard, si tuviste esa visión, oíste las palabras y viste lo que significaban, es posible que seas un profeta.

— Según la Prelada, poseo un talento distinto. Si tiene razón, tener visiones es una capacidad más de lo que soy.

— ¿Y eso es?

— La Prelada dijo que soy un mago guerrero.

Nuevamente Warren puso unos ojos como platos.

— Richard, los magos guerreros poseen el don para ambos tipos de magia. Hace miles de años que no nace nadie con el don para la Magia de Resta. Tal vez la Prelada se equivoca.

— Ojalá, pero eso explicaría algunas cosas. Por lo que un amigo mío me explicó, la Magia de Suma utiliza lo que ya existe, le añade algo, lo multiplica y lo modifica; resumiendo, crea. Y la Magia de Resta sería lo contrario; destruye.

»Las Hermanas crean los escudos, pero ellas sólo poseen la Magia de Suma. Incluso a quienes poseen el don les cuesta atravesarlos, porque también poseen únicamente Magia de Suma. Es poder contra poder. Pero, por alguna razón yo puedo atravesar los escudos de palacio sin tener que esforzarme siquiera.

»Si tuviera Magia de Resta, lo explicaría. Mi Magia de Resta contrarrestaría la de Suma de los escudos; los destruiría.

— Pero me contaste que trataste de atravesar las barreras que nos impiden marcharnos. Y también son un escudo. ¿Por qué no pudiste atravesarlo si realmente posees Magia de Resta?

Richard enarcó una ceja y se inclinó hacia adelante.

— Warren, ¿quién levantó esos escudos?

— Bueno, quienes conjuraron toda la magia de palacio. Los magos de hace…

— Que, según tú, poseían Magia de Resta. Ese escudo es el único que ellos levantaron y es el único que no puedo atravesar. Es el único que mi Magia de Resta, si es que realmente la tengo, no puede contrarrestar. ¿Ves qué quiero decir?

Warren se sentó sobre los talones.

— Sí… —El joven se frotó el mentón, pensativo—. Sí, tendría sentido. Concordaría con algunas de las profecías sobre ti. Si es que realmente eres un mago guerrero y eres el nacido para la verdad.

— ¿Dicen esas profecías si venceré?

Warren vaciló y echó una mirada a la Espada de la Verdad, colocada en el suelo al lado de Richard.

— ¿Las palabras «hoja blanca» significan algo para ti?

Richard suspiró hondo al recordar.

— A través de la magia puedo volver blanca la hoja de mi espada.

Warren se enjugó con la mano el sudor del rostro.

— En ese caso, me temo que estamos en un buen lío. Hay una profecía que dice: «Si se liberan las fuerzas en juego, se producirá un desgarro, y una aciaga ansia ensombrecerá el mundo. En ese caso, la esperanza de salvación será tan delgada como la hoja blanca del nacido para la Verdad».

— El desgarro es la puerta abierta —razonó Richard.

— En ese caso, la «aciaga ansia» es una referencia al Custodio.

— Warren, tengo que impedir que la profecía sobre la mujer de blanco se cumpla. Es muy importante. ¿Se te ocurre algo?

Warren lo miró como si estuviera tratando de tomar una decisión.

— Sí. No sé si servirá de algo pero… —El joven se frotó los muslos con las manos—. Hay un profeta aquí, en palacio. Nunca lo he visto. Siempre he querido hablar con él, pero las Hermanas no me lo han permitido. Dicen que es demasiado peligroso para mí hasta que no aprenda más. Me han prometido que, cuando sepa lo suficiente, me dejarán verlo.

— ¿Dónde lo tienen?

Warren se estiró un pliegue de la túnica que se le había enganchado bajo las rodillas.

— No lo sé. En una de las áreas restringidas, pero no sé en cuál de ellas, y tampoco sé cómo podríamos averiguarlo.

— Yo sí —declaró Richard, poniéndose de pie.

Richard supo que había recurrido al guardia adecuado cuando Kevin Andellmere palideció como un fantasma al oír mencionar al Profeta. Al principio se resistió y fingió ignorancia, pero cuando Richard le recordó amablemente todos los favores que le debía, Kevin le susurró dónde encontrarlo.

El complejo al que Kevin le remitió era uno de los más protegidos del palacio. Richard conocía la posición de todos los guardias, pues había recogido allí rosas blancas y se había subido al muro para «ver mejor el mar». Asimismo conocía a todos los guardias; eran clientes asiduos de las prostitutas pagadas por Richard.

Al llegar a la verja exterior no se detuvo, sino que simplemente saludó a los guardias con una inclinación de cabeza y un guiño. Los guardias que custodiaban la muralla se mostraron más reticentes; tartamudearon algo y extendieron una mano para detenerlo. Pero Richard los saludó con la mano, fingiendo que tomaba su actitud también por un saludo. Al fin los guardias suspiraron y regresaron a sus puestos, dejando que Richard siguiera adelante. El joven llevaba la capa del mriswith abierta.

Al final de la muralla había una pequeña columnata y, al fin de ésta, una escalera de caracol que descendía hacia los aposentos del Profeta. Quienes custodiaban la puerta eran los dos guardias que más le había costado ganarse y a los que al fin había conquistado regalándoles compañía femenina. Al verlo, se pusieron tensos.

Richard se encaminó con toda tranquilidad a la puerta situada entre ambos.

— Walsh, Bollesdun, ¿cómo os va?

Los guardias le cerraron el paso cruzando las lanzas.

— Richard, ¿qué estás haciendo tú aquí? Las rosas crecen arriba.

— Escucha, Walsh, he venido a ver al Profeta.

— Richard, no nos pongas en un brete. Sabes perfectamente que no podemos dejarte pasar. Las Hermanas nos despellejarían vivos.

El joven se encogió de hombros.

— No les diré que me habéis dejado pasar. Diré que os engañé. Nadie sabrá que he estado aquí y si lo averiguan, diré que me colé a vuestras espaldas. Respaldaré vuestra historia.

— Richard, de verdad que no…

— ¿Acaso he hecho alguna vez algo que os haya causado problemas? ¿Acaso no os he ayudado siempre? Os he invitado a cerveza, os he prestado dinero cuando lo necesitabais, os he proporcionado libre acceso a las chicas, y todo ello sin cobraros ni un penique. ¿Os he pedido alguna vez algo a cambio?

Richard se llevó una mano a la empuñadura de la espada. De un modo u otro, estaba decidido a cruzar esa puerta.

Walsh empujó una esquirla de piedra con una bota. Luego, suspirando profundamente, primero uno y luego el otro alzaron las lanzas.

— Bollesdun, ve a hacer tu ronda. Yo tengo que hacer una visita al excusado.

Richard apartó la mano de la empuñadura de la espada y dio al guardia una palmada en el hombro.

— Gracias, Walsh, te lo agradezco mucho.

Había recorrido medio pasillo cuando notó la resistencia de varios escudos, semejantes a los que guardaban la puerta del despacho de la Prelada, pero solamente lo frenaron un poco. La habitación que encontró al final era tan espaciosa como la suya, pero quizá estaba más elegantemente decorada. De una pared colgaban grandes tapices y en otra se veían largas estanterías con libros. No obstante, la mayoría de éstos estaban esparcidos por la habitación, encima de las sillas y butacas, o encima de las alfombras azules y amarillas que cubrían el suelo.

Richard vio la espalda de un hombre sentado en una silla al lado de la chimenea apagada.

— Tienes que decirme cómo haces eso —dijo el hombre con voz profunda y sonora—. Me encantaría aprender el truco.

— ¿Hacer qué? —quiso saber Richard.

— Atravesar los escudos como si nada. Yo, cuando lo intento, me quemo.

— Si descubro cómo lo hago, te lo haré saber. Me llamo Richard. Si no estás muy ocupado me gustaría hablar contigo.

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