La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Richard asintió y esbozó una sonrisa de agradecimiento.
— Te lo prometo. Hasta esta noche.
Cuando la Hermana se hubo marchado empezó a dar vueltas por la habitación. Ardía en deseos de acabar con todo eso y marcharse. El tiempo apremiaba, especialmente si Rahl el Oscuro ya tenía el hueso de skrin. Pero eso era imposible. ¿Cómo podría haberlo conseguido? No era más que un espíritu. Probablemente Warren tenía razón y raramente confluían todos los elementos necesarios para que una profecía se cumpliera.
Era Kahlan quien le preocupaba. Tenía que ayudarla.
Un golpe en la puerta lo arrancó de sus reflexiones. Pensó que podría tratarse de Liliana, pero al abrir la puerta fue un consternado Perry quien entró sin esperar invitación.
— ¡Richard! Necesito tu ayuda. ¡Mira esto! —exclamó, mostrándole la túnica que llevaba—. ¡Me han ascendido!
Richard contempló la sencilla túnica marrón que llevaba el joven.
— Felicidades, Perry. Es estupendo.
— ¡Es un desastre! ¡Richard, tienes que ayudarme!
— ¿Por qué es un desastre? —inquirió Richard, extrañado.
Perry alzó ambos brazos como si la respuesta fuese obvia.
— ¡Porque ya no puedo ir a la ciudad! ¡Con esta túnica ya no se me permite cruzar el puente!
— Bueno, lo siento, Perry, pero no veo qué puedo hacer yo.
Perry inspiró hondo, tratando de calmarse. Entonces miró a Richard con expresión de súplica.
— Hay una mujer en la ciudad… Alguien a quien he estado viendo regularmente en los últimos tiempos. Richard, me gusta de verdad. Esta noche tenemos una cita. Si no me presento ni hoy ni ningún otro día, pensará que no me importa nada.
— Perry, sigo sin comprender qué puedo hacer yo.
Perry lo cogió por la camisa.
— Se han llevado toda mi ropa. Richard, préstame tú algo. Así nadie me reconocería y podría escabullirme para ir a verla. Por favor, Richard, te lo suplico.
Richard se quedó un momento pensativo. No le importaba si quebrantaba alguna oscura norma de palacio —era insignificante comparado con lo que estaba a punto de hacer—, pero le inquietaba Perry.
— Todos los guardias me conocen. Se darán cuenta de que eres tú vestido con mi ropa y se lo dirán a las Hermanas. Te meterías en un buen lío, Perry.
El muchacho desvió la mirada, buscando desesperadamente una solución.
— La noche. Esperaré hasta que anochezca para ir a la ciudad. Así no se darán cuenta de que soy yo. Por favor, Richard, por favor.
Richard suspiró.
— Bueno, si estás dispuesto a correr el riesgo, adelante. Pero procura que no te cojan. No soportaría saber que te castigan en parte por mi culpa. Ahí está el armario —añadió, indicando con un gesto la alcoba—. Coge lo que quieras. No eres exactamente de mi talla, pero supongo que mi ropa te servirá.
Perry acompañó con una amplia sonrisa la mirada de soslayo.
— ¿Me prestas el manto rojo? Seguro que a ella le gusta vérmelo puesto.
— Pues claro. —Richard condujo a un atolondrado Perry hacia la alcoba—. Si te gusta, cógelo. Me alegro de que alguien disfrute llevándolo.
Perry empezó a rebuscar en el armario tratando de seleccionar unos pantalones y una camisa que le dieran un gallardo aspecto.
— Vi a la hermana Liliana salir de tu habitación —comentó mientras cogía una camisa blanca con volantes—. ¿Es una de tus maestras?
— Sí. Me gusta. Es la más amable de todas.
Perry sostuvo la camisa ante él.
— ¿Cómo crees que me sentaría?
— Mejor que a mí. ¿Conoces a Liliana?
— Personalmente no. La verdad es que esos extraños ojos que tiene me producen escalofríos.
Richard pensó en los ojos de Liliana, que eran de un azul muy pálido con motas violeta, y se encogió de hombros.
— A mí también me parecían extraños al principio. Pero es tan amable y alegre, que ahora ya ni me fijo en ellos. Tiene una sonrisa tan cálida que te hace olvidar todo.
La mujer observó al capitán, de pie frente a su escritorio. Estaba exigiendo un precio escandaloso, aunque, ¿qué más daba tratándose del oro de palacio? Ella ya se habría ido cuando se echara en falta.
Tal como se había temido, el muchacho era difícil de domar, por lo que se imponía pensar en otras opciones. Había otros modos de satisfacer los deseos del Custodio, otros modos de mantener su juramento.
— De acuerdo. De hecho, te entregaré el doble de esa suma para asegurarme tu lealtad.
La mujer empujó la bolsa sobre la mesa. El capitán Blake se humedeció los agrietados dedos mientras contemplaba cómo se acercaba a él. Finalmente extendió una mano, la cogió, y después de sopesarla, se la guardó en el abrigo.
— Sois muy generosa, Hermana. No hay duda de que sabéis cómo ganaros la lealtad de un hombre.
— ¿No piensas contarlo, capitán?
El hombre esbozaba una servil sonrisa que no se reflejaba en sus fríos ojos.
— Pues claro, cuando esté de nuevo a bordo del Lady Sefa. ¿Cuándo deseáis partir?
Aún quedaban algunos asuntos pendientes, unos cuantos flecos por resolver.
— Pronto. Lo que te he pagado basta y sobra para que estés a punto hasta que esté preparada.
— Como gustéis, Hermana. —El marino se rascó el desaliñado mentón—. Por mí, encantado de esperar. No tengo ninguna prisa por levar anclas hacia vuestro destino.
La Hermana se inclinó hacia adelante.
— ¿Estás seguro de que podrás completar la travesía?
— Pues claro. No será la primera vez que el Lady Sefa hace ese viaje, ni la última. Admito que cuanto más tarde surquemos esas aguas, mejor. —El capitán se alisó el andrajoso abrigo e inquirió—: ¿Cuántas damas os acompañarán? Tengo que saberlo para preparar camarotes adecuados —explicó con una sonrisa de disculpa en su curtido rostro.
La Hermana se recostó en el asiento e hizo rechinar los dientes al pensar en que Liliana le había levantado la capucha en el ritual de unión. Por su culpa ahora todas las demás Hermanas conocían su identidad y, lo que era aún peor, lo había hecho desoyendo su advertencia. No era un simple error; era arrogancia. Liliana había demostrado que no era de fiar. Quién sabe de qué era capaz. Desde luego no había ninguna razón para llevarse a Liliana.
En cuanto a las otras, ¿por qué llevárselas a todas? La Prelada había cometido un error al expresar en voz alta sus sospechas, pensando que un escudo de Magia de Suma la protegía. La Prelada tenía razones para sospechar de seis Hermanas pero, si muriera, nadie, ni siquiera Liliana, sospecharía de las otras. ¿Por qué llevárselas cuando podían ser útiles en palacio?
Cada vez le gustaba más el nuevo plan.
— Iremos yo y otras cinco —contestó.
— ¿Os importaría explicarme qué puede impulsar a unas damas tan distinguidas como vosotras a navegar alrededor de la gran barrera? ¿Acaso el Viejo Mundo no es de vuestro agrado?
La Hermana miró amenazadoramente al capitán.
— He comprado tu barco, tu tripulación y a ti mismo por todo el tiempo que desee, cualesquiera que sean mis propósitos. Responder a tus preguntas no entra en el trato.
— No, Hermana, yo sólo pensaba que…
— Pero tu silencio sí. —Sin apartar los ojos del hombre, la Hermana hizo un gesto con la muñeca y en su mano apareció un cuchillo—. Siempre me ha parecido que la muerte es una lección demasiado breve. A mí me gustan las lecciones largas. Si siquiera sospecho que has roto tu parte del trato, sea lo que sea, te encontrarán aún con vida, pero sin un milímetro de piel sobre tu carne. ¿Nos entendemos?
El capitán Blake miró furioso la alfombra azul y amarilla que pisaba.
— Sí, Hermana.
— En ese caso, eso es todo, capitán. Nos veremos pronto. Estate preparado para zarpar tan pronto veas a seis Hermanas.