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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Cuando el hombre se hubo marchado, la Hermana sacó de un cajón otro dacra y, apoyando un codo en la mesa, lo observó pensativa mientras le daba vueltas entre los dedos. No le gustaba dejar nada al azar. Sería mejor no dejar ningún cabo suelto.

Alguien tenía que eliminar a Richard Rahl. Alguien que no fuera a acompañarlas. La mujer sonrió; alguien prescindible.

65

Richard estaba sentado muy quieto con las piernas cruzadas y la espada encima de las rodillas. Se había puesto la capa del mriswith para que ni Pasha ni la hermana Verna pudieran localizarlo. Si alguna de ellas descubría que había presenciado la puesta del sol en el bosque Hagen, seguro que iba a buscarlo.

Había hallado un pequeño claro situado a suficiente altura para estar seco, y allí esperaba desde la puesta de sol. A través del denso ramaje distinguía la luna llena; calculó que se hallaba aproximadamente dos palmos sobre el horizonte. Richard ignoraba qué se suponía que les sucedía en el bosque Hagen a quienes el atardecer sorprendía allí, pero por el momento no notaba nada distinto de las otras veces que había estado allí de noche.

Al oír la voz de Liliana se volvió y la vio aparecer por detrás de un grueso tronco de roble. La Hermana miró a su alrededor. No fue un vacilante vistazo sino una mirada de seguridad.

— Lo tengo —anunció, yendo a sentarse frente a él también con las piernas cruzadas—. Tengo el objeto del que te hablé. La ayuda.

— Gracias, Liliana —repuso Richard, muy aliviado.

La Hermana sacó algo de la capa. A la luz de la luna el joven vio una pequeña estatua de un hombre que sostenía algo transparente como el cristal. Lo sostuvo en alto para mostrárselo.

— ¿Qué es?

— El cristal, esta parte transparente de aquí, tiene el poder de ampliar el don. Si realmente tienes Magia de Resta, mi poder de Magia de Suma no basta para quitarte el rada’han. Tú sostendrás esto en el regazo. Cuando unamos nuestras mentes, la estatuilla incrementará tu poder para que yo pueda usarlo y romper el collar.

— Bien. Empecemos.

— Primero tengo que decirte el resto —objetó la Hermana, retirando la estatuilla.

Richard contempló esos pálidos ojos azules salpicados de motas más oscuras.

— Dime lo que sea.

— La razón por la que no puedo quitarte el collar es porque no has aprendido aún a usar tu don. No sabes cómo dirigir el poder. Pero, gracias a esto, podremos soslayar tal dificultad, espero.

— Estás tratando de advertirme, ¿no es eso?

Liliana se limitó a asentir.

— Dado que no sabes controlar el flujo, estarás a merced del objeto mágico. Pero él nada entiende de dolor; simplemente hace lo que debe y lo que yo necesito.

— Si intentas decirme que quizá me dolerá, estoy preparado para soportar dolor. Empecemos.

— Nada de «quizá». —Liliana alzó un dedo en gesto de advertencia—. Richard, lo que vamos a hacer es muy peligroso y te dolerá. Sentirás como si alguien te desgarrara la mente. Aunque sé que estás decidido a probarlo, no quiero engañarte. Sentirás como si murieras.

Richard notó una gota de sudor que se le deslizaba por el cuello.

— Debe hacerse.

— Yo concentraré mi han en tratar de romper el collar. El objeto mágico succionará poder de ti y me lo transmitirá a mí para superar la fuerza del rada’han. Te dolerá muchísimo.

— Liliana, soportaré lo que sea. Debe hacerse.

— Escúchame, Richard. Sé que quieres hacerlo, pero debes escucharme. Tendré que absorber tu don para ayudar a vencer la fuerza del collar. Tu mente sentirá como si tratara de absorberte la fuerza vital. Es posible que tu subconsciente interprete que trato de arrebatarte el don y la vida.

»Tendrás que soportar el dolor de sentir que te arrancan la vida misma. Y tendrás que aguantar hasta que el collar se rompa. Si tratas de detenerme cuando mi poder esté en ti, tratando de ayudarte…

— Lo que me estás diciendo es que si el dolor es excesivo e intento detenerte, no podré. Si trato de evitar que absorbas mi poder, moriré.

— Sí. No debes resistirte. Si lo haces, morirás. —Richard nunca había visto a Liliana tan seria—. Tienes que confiar en mí y no tratar de impedir nada de lo que te suceda, o morirás, y en ese caso Kahlan también morirá. ¿Estás seguro de que podrás resistirlo?

— Liliana, estoy dispuesto a todo, soportaré cualquier cosa con tal de salvar a Kahlan. Confío en ti. Pondría mi vida en tus manos.

Al fin la Hermana asintió y le colocó la estatuilla en el regazo. Entonces lo miró largamente a los ojos, se besó un dedo y posó ese dedo en la mejilla de Richard.

— Muy bien, saltemos ambos al vacío. Gracias por tu confianza, Richard. Nunca sabrás cuánto significa para mí.

— También para mí, Liliana. ¿Qué tengo que hacer?

— Lo mismo que otras veces. Trata de tocar tu han, como siempre, y yo haré el resto.

La Hermana se acercó a él hasta que sus rodillas se tocaron, lo cogió de las manos y las posó sobre sus rodillas. Ambos inspiraron profundamente y cerraron los ojos.

Al principio no fue distinto de otras veces; simplemente se relajó profundamente mientras se concentraba en la imagen de la Espada de la Verdad. Pero lo que era un desagradable hormigueo se fue convirtiendo en un dolor cada vez más intenso localizado en la base de la columna, semejante a una contractura muscular. Lentamente la sensación le fue ascendiendo por el espinazo.

De repente invadió todo el cuerpo. Era semejante al dolor del agiel; una ardiente tortura que le recorría la médula de los huesos. Richard dio en su interior las gracias a Denna por haberle enseñado a soportar el sufrimiento. Tal vez era necesario que soportara eso para salvar a Kahlan.

El rabioso dolor lo dejó sin respiración. La espalda se le quedó rígida y el rostro se le bañó de sudor. Los pulmones le quemaban por falta de aire. Haciendo un supremo esfuerzo, inspiró.

Un terrible dolor explotó en su mente, sumergiéndolo en un lugar de eterno y desgarrador sufrimiento. Richard luchó por no perder la imagen de la espada en su mente. Se le escaparon las lágrimas. Tenía que aguantar.

Era como si todos y cada uno de los nervios de su cuerpo hubieran quedado al descubierto y los quemaran con una llama. Tenía la impresión de que los ojos se le iban a saltar de las órbitas, y el corazón del pecho. El joven se estremecía a cada nueva punzada de dolor. Ni siquiera Denna lo había torturado de ese modo.

Pero resultó que eso no era más que el principio. Richard era incapaz de gritar, ni de respirar, ni de moverse. Sentía como si le arrancaran el alma misma.

Tal como Liliana le había advertido, sentía como si una fuerza le estuviera succionando la vida. Richard se dejó invadir por el pánico al notarse morir. La oscura muerte iba llenando el vacío que dejaba en él esa fuerza. El joven tenía el vago presentimiento de que algo andaba mal. En lo más profundo de sí brotó una sensación de terror, que finalmente también fue arrastrada por el impetuoso torrente que se desbordaba hacia afuera.

Richard deseaba más que nada gritar, como si eso pudiera aliviar de algún modo el tormento. Pero no podía. Era como si también sus músculos se estuvieran muriendo. No podía respirar ni siquiera mantener la cabeza erguida.

«Por favor, Liliana, date prisa. Por favor, por favor.»

Richard luchaba por no resistirse a lo que Hermana le estaba haciendo. Rezaba por no resistirse. Tenía que salvar a Kahlan. Ella lo necesitaba.

Se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos cuando reconoció la estatuilla en su regazo. La cabeza le colgaba. El cristal empezaba a iluminarse con un apagado resplandor naranja. Algo dentro de él pensó que eso debía de significar que estaba funcionando, que el objeto cumplía su función. Sentía como si la cabeza le fuera a estallar. Esperaba ver gotas de sangre que caían, pero solamente vio el resplandor naranja cada vez más intenso.

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