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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard canalizó la cólera de su magia hacia su mano, dirigió el flujo y sintió su fuerza. Era tanto el poder, que le hizo rechinar los dientes.

— Mira tu mano, Richard. Míralo en ella. Mira qué sientes.

Lentamente la mirada de Richard se posó en su mano. Una bola de fuego azul y amarillo giraba despaciosamente por encima de su palma extendida. El joven notaba cómo la energía fluía de su interior hacia el fuego. Aumentó el flujo de ira, y la bola de airadas llamas creció.

— Ahora lanza hacia la chimenea la furia, el odio y la cólera.

Richard impulsó la mano. La esfera de fuego que giraba lentamente se quedó sobre su palma. El joven miró la chimenea y concentró en ella su rabia, alejándola de sí.

La luz líquida aulló mientras volaba rauda hacia la chimenea, donde explotó con un fuerte estallido semejante a un relámpago.

Nathan sonrió orgulloso.

— Así es como se hace, muchacho. Dudo que las Hermanas pudieran enseñártelo ni en un centenar de años. Tienes un talento natural, no hay duda de eso. Eres un mago guerrero.

— Pero Nathan, no he sentido mi han. No he sentido nada fuera de lo normal, sólo furia, como cuando uso la espada. O como cuando me engancho un dedo en una puerta.

Nathan asintió.

— Ya lo sé. Eres un mago guerrero. Otros poseen sólo un tipo de magia y usan lo que les rodea, ya sea aire, calor, frío, fuego, agua o lo que necesiten.

»Pero los magos guerreros son distintos. Ellos usan el poder que poseen en su interior. Lo que debes hacer no es dirigir tu han, sino tus sentimientos. Las Hermanas enseñan el «cómo» de todo, pero el cómo es irrelevante en tu caso. Para un mago guerrero sólo cuentan los resultados, porque extrae el poder de su interior. Es por eso por lo que las Hermanas no logran enseñarte.

— ¿Qué quieres decir con eso?

— ¿Has visto alguna vez a una costurera que no acierte el alfiletero? Las Hermanas pretenden que observes tu mano, la aguja y el alfiletero, porque así es como los demás magos usan la magia. Pero los magos guerreros no observan sino que actúan. Su han actúa de un modo instintivo.

— ¿Eso que he creado era… fuego de hechicero?

Nathan se rió entre dientes.

— Se parecía tanto al fuego de hechicero como una polilla a un toro enfurecido.

Richard volvió a intentarlo, pero esta vez no consiguió nada. La ira no brotaba. Podía conjurar la cólera de la espada, pero era distinta de la que había brotado de su interior con la ayuda de Nathan.

— No me sale. ¿Por qué no puedo hacerlo?

— Porque antes yo te estaba ayudando, te guiaba con mi propio poder. Aún no eres capaz de hacerlo solo.

— ¿Por qué?

Nathan alargó una mano y le dio golpecitos en la cabeza.

— Porque debe surgir de aquí dentro. Todavía tienes que aceptar quién eres. No crees. Sigues luchando contra ti mismo. Hasta que no te aceptes, hasta que no creas, no podrás acceder a tu han, a tu poder, excepto cuando sientas una gran rabia.

— ¿Qué me dices de los dolores de cabeza que acompañan al don? Las Hermanas me dijeron que sin el collar me matarían.

— Las Hermanas mordisquean alrededor de la verdad como si fuera cartílago en una pieza de carne. Sólo lo comen cuando no tienen otro remedio. Quieren que seamos sus prisioneros para usarnos en su provecho.

»Lo que tratan de conseguir cuando practican contigo es lo que yo acabo de hacer. Los dolores de cabeza son peligrosos, pero sólo en el caso de que un joven mago no tenga a nadie que le ayude a desarrollar su poder. Cuando tenías los dolores de cabeza, ¿lograbas que a veces desaparecieran?

— Sí. A veces, cuando me concentraba en disparar flechas o cuando algo dentro de mí me avisaba de un peligro o cuando estaba enfadado y usaba la magia de la espada, desaparecían por un tiempo.

— Eso era porque creaban una armonía entre el don y tu mente. Para que el don no te perjudique solamente necesitas a alguien que te enseñe, como yo acabo de hacer.

»Nadie debería enseñar a un mago sino otro mago. Para un mago resulta simple armonizar tu mente y tu don, porque es el han masculino que enseña a otro han masculino. Lo que acabo de hacer contigo basta para evitar que el don te perjudique durante mucho tiempo, sin necesidad del rada’han.

»En el futuro, unirte con un mago te llevará al próximo paso y te protegerá durante otro tiempo más. Lo importante es tener ayuda a mano cuando la necesites. Las Hermanas hubieran necesitado cien años para enseñarte lo que yo acabo de hacer.

»Usan el collar como excusa para mantenernos prisioneros y servir a sus propósitos. Tienen ideas propias acerca de cómo entrenar a magos. Su idea es controlarlos.

— ¿Por qué?

— Porque creen que los magos son responsables de todo el mal acaecido a la humanidad. Manteniendo el poder prisionero, lo controlan, lo indoctrinan y llevan la luz de su teología a la gente. Son fanáticas que se creen en posesión de la única verdad, la que conduce a la recompensa eterna del Creador. Y, para conseguir ese fin, creen que cualquier medio está justificado.

— ¿Quieres decir que lo que acabas de enseñarme, con mi poder, basta para evitar que el don me mate si no llevo collar?

— Basta para evitar que el don te mate, pero nos costaría muchas más lecciones hacer de ti un verdadero mago. Yo me he limitado a sujetar el bocado del caballo para evitar que te tire al suelo, pero no te he enseñado a cabalgar con estilo.

Richard notó que los músculos del rostro se le tensaban.

— Si lo que dices es cierto, entonces están pisando un escorpión. Gracias por ayudarme. Nathan —añadió, frotándose los dedos—, un gran peligro se cierne sobre nosotros. Necesito saber algunas cosas. ¿Conoces la Segunda Norma de un mago?

— Claro. Pero debes aprender la Primera antes de pasar a la Segunda.

— Ya conozco la Primera. Maté a Rahl el Oscuro con la Primera. Dice que la gente es capaz de creer cualquier mentira ya sea porque quiere creerla o porque teme que sea cierta.

— ¿Y cuál es la vacuna contra ello?

— El secreto es que no hay ninguna vacuna. Debo estar siempre vigilante, ser consciente de que también yo soy vulnerable y nunca caer en la arrogancia de pensar que soy inmune. Debo estar siempre alerta, pues puedo ser víctima.

— Excelente.

— ¿Y la Segunda Norma?

Las níveas cejas del Profeta ensombrecieron sus ojos azules.

— La Segunda Norma se refiere a los resultados inesperados.

— ¿En qué sentido?

— Dice que de las mejores intenciones puede resultar un gran mal. Suena paradójico, pero la amabilidad y las buenas intenciones pueden ser un insidioso camino hacia la destrucción. A veces, hacer lo que parece bien está mal y puede perjudicar. El único modo de impedir que eso suceda es el conocimiento, la sabiduría, la previsión y la comprensión de la Primera Norma. Pero en ocasiones ni siquiera con todo eso basta.

— ¿Las buenas intenciones o hacer el bien pueden perjudicar? ¿De qué modo?

Nathan se encogió de hombros.

— Por ejemplo, en principio parece una buena cosa dar un caramelo a un niño, porque les encantan. Pero el conocimiento, la sabiduría y la previsión nos dicen que si prolongamos esa «amabilidad» a expensas de otros alimentos, el niño se pondrá enfermo.

— Es obvio. Cualquiera lo sabe.

— Pongamos que alguien se hace daño en una pierna y tú le llevas comida durante la convalecencia, pero después de un tiempo esa persona ya no quiere levantarse, porque al hacerlo le duele. Así pues, tú continúas siendo compasivo y le proporcionas alimentos. Con el tiempo, las piernas se le agarrotan y siente cada vez más dolor cuando trata de levantarse, por lo que tú te muestras amable y le sigues llevando comida. Al final se convierte en un inválido y es incapaz de caminar, y todo a causa de tu amabilidad. Tenías buenas intenciones, pero no le has hecho ningún bien.

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